Espiritualidad

Nacer es abrirse al mundo de las paradojas. Por: Juan Rosasco.

Nacer es abrirse al mundo de las paradojas

Por: Juan Rosasco. Hogar de Cristo Enrique Angelelli, Formosa, Argentina.

El niño en el vientre de la madre experimenta una unidad amorosa. No hay esfuerzo, todo llega puntualmente, la temperatura está regulada, no hay ruidos molestos… Es la experiencia de plenitud y de comunión que todo ser humano lleva grabado hasta en los huesos. Nacemos, se abre un mundo inmenso y maravilloso, lleno de colores, sabores, sonidos, sensaciones jamás soñadas. También se acaba la experiencia de unidad y comenzamos a descubrir la diversidad, a los otros, las otras, lo otro. Podríamos decir que nacer es la primera experiencia de opuestos que necesitan ser armonizados en uno: la unidad y la diversidad. Y el drama es que necesitamos los dos, no podemos quedarnos solamente con la unidad o con la diversidad, cada persona hace una síntesis original y única.

Para los que creemos Dios, no importa desde que tradición sagrada, estamos desafiados a otra síntesis que define nuestra fe: El Creador Eterno Padre Universal, que nos ama con ternura y puso en nosotros esa sed de eternidad, y pegadito a eso la experiencia de la fragilidad, el tiempo que pasa, el juego de libertades en el que estamos metidos cotidianamente, poner todos nuestros esfuerzos y que las cosas no salgan. El drama de poder y no poder y Dios que no cambia las cosas mágicamente, sino que nos invita a ser responsables de nuestra pequeña historia y la universal.

Puede ser mucha introducción para lo que queremos compartir. Como diría una amiga construiste una pista de aterrizaje y bajó una cajita de fósforos. Simplemente les queremos compartir el nacimiento del Centro Barrial Enrique Angelelli, en Ingeniero Juárez, Formosa.

Todos sabemos que lo único bueno que tiene el narcotráfico y el negocio de las adicciones es que no discrimina a nadie, no hace diferencias de culturas ni de clases sociales. En cada lugar tiene sus particularidades. No es igual en una villa de Capital, en la periferia desindustrializada, en un pueblo chico o en una gran concentración urbana, no es igual, pero es lo mismo.

Unas pinceladas para que tengan el paisaje de esta zona. Los pueblos indígenas (Wichí, Qom, Pilagá y Nivaclé) habitan estos territorios desde por lo menos 7.000 años. Tierra de abundancia, de comunión, todo estaba allí al alcance de la mano: el pescado, los animales, los frutos del monte, la madera… Nadie amontonaba para mañana, cada día tenia lo necesario. Juntar más de lo necesario significaba que luego habría hambre. Los bienes eran simplemente para gozarlos, compartirlos o intercambiarlos. No existe la palabra pobre o rico en la lengua de estos pueblos.

1900 primeros ingenios, primer doloroso desencuentro, familias enteras trasladadas a trabajar en la zafra. Volvían los sobrevivientes endeudados para la siguiente cosecha. Pero el monte seguía siendo el refugio para sus vidas y su alegría.

1930 la llamada conquista del desierto verde. Avanza el ferrocarril, el ejército, la gendarmería, los comerciantes, los criadores de animales, las iglesias… una gran invasión a sus territorios. Para que comprendamos es como si  un día llega un grupo de gente y te expulsa de tu casa, te pone alambres y te dice que no podés pasar, destruye los supermercados, almacenes y farmacias, que en ese tiempo era el monte. Ya no hay dónde ni cómo vivir. Mucho dolor, mucho enfrentamiento, matanzas, más de lo que nosotros podemos pensar. Lo profundo del monte volvió a ser el refugio de la vida y la alegría. Todavía había espacios de libertad.

La vida continuó, nacieron ciudades con sus escuelas, hospitales, comercios, agua potable, las primeras horas de luz eléctrica. Todos bienes atractivos. Muchos dejaron el monte para mal vivir en los bordes de las ciudades. Es la atracción de la ciudad, junto con  un monte empobrecido por los emprendimientos extractivos que lo desbastaba. Desaparecían los quebrachos centenarios para convertirse en durmientes de ferrocarril y postes de alambrado. Otras maderas eran convertidas en carbón. Los animales ya no abundan, los ríos contaminados en sus nacientes por las empresas mineras.

De hijos de la Madre tierra pasaron a ser despreciados caminantes de las calles de los pueblos, ofreciendo artesanía, trabajando por unas monedas, insultados al pasar… se sumaron a los “nadie, los que no tienen idioma sino dialecto, los que no hacen arte sino artesanía, los que no tienen religión sino religiosidad… “.

Y llegó esta nueva generación de políticos que les quitaron lo que quedaba de ciudadanía para ser clientes, beneficiarios de indignos subsidios que los considera inválidos.

Primero llegó el vino, el alcohol, el cigarrillo, el azúcar con sus gaseosas, las harinas, los fritos, los solventes, los porros, los fasos, la pasta…

Perdón, lo que querían ser unas pinceladas terminó siendo un mural, algo desprolijo.

Y aquí estamos naciendo como Centro Barrial, nuestro embarazo duro como tres años. Nos juntábamos, hacíamos diagnósticos, pensábamos metodologías, escribíamos cartas abiertas, participamos de los encuentros de discusión sobre la problemática de la droga. Con todos los vecinos sufrimos la impotencia cuando niños, casi adolescentes, por las noches apedreaban casas, gritaban enloquecidos  bajo el efecto de distintas substancias. Grupos descontrolados pero comandados, así permanecían impunes los verdaderos autores de robos y casas quemadas. Pobres enfrentados con pobres, río revuelto ganancia de pescadores. Y los pescados van siempre a la misma canasta… a los bolsillos de los que siguen enriqueciéndose más y más.

Ya cansados del embarazo sin parto, llegó la invitación… hay un encuentro, en Ramos Mejía, la Familia Grande del Hogar de Cristo, vamos es todo pago, va a estar bueno… Una oración sintetiza todo: si ellos pudieron, ¿por qué nosotros no?

En una semana presentamos papeles, expedientes… Entrevistas, visitas y supervisiones. Nos faltaba casi todo, pero empezamos con lo que hay. Sacamos sillas del templo, unas cajas de tiza, marcadores, unos lápices de color a medio usar, la libreta del almacén (yerba, azúcar, galletitas, una garrafa, una hornalla, una pava, una olla, unas jarras, unos vasos de plástico… ¿qué más?

Esa primer semana nos movimos entre las certezas y las intuiciones, entre lo programado y lo que irrumpe, entre lo ideal y lo posible. Cada día es volver a inventarse. Como en los juegos de cartas, terminaba la mano, se juntaban las cartas y se volvía a dar. Hubo días de 33 de envido siendo mano, pero nadie vino a jugar, y otros que había que mentir con dos 4 y un ancho falso.

Igual cada día lo celebramos. Vino uno, ese ya vale la pena… todas estas mañanas caminando y esperando se llenaban de sentido con una pregunta o con los primeros grupos que se juntaron para el taekwondo, una película o un chocolate. Visitamos las instituciones, los vecinos… Saber vivir y gozar con lo pequeño y lo grande, con los aciertos y los intentos.

Un punto aparte merecen los misioneros de la Familia Grande de los Hogares de Cristo. Cada uno, que regalo. Hermoso verlos… Nos revolucionaron y los revolucionamos. Están llenos de fuerza, entusiasmados, es decir llenos de Dios. La fuerza de ellos de donde viene, de la fragilidad, de reconocerse necesitados, de haber tocado fondo. Eso es lo que los hace tan atractivos, uno puede acercarse sin miedos, favorecen el encuentro de igual a igual. En este contexto de tanto dolor y tanta discriminación, su presencia es buena noticia, nos ayudan a renovar la certeza que es posible y que la última palabra siempre es la vida abundante que el Padre Dios nos prometió y se comprometió.

También decimos que los revolucionó, no porque esta realidad sea más fuerte que otras que hayan conocido, los conmueve profundamente lo que se esconde a las miradas cegadas por los lentes de los prejuicios: pocas cosas son necesarias para ser felices, llenarnos de cosas nos distrae de lo importante; para encontrarnos necesitamos tiempo, para que las almas dancen, en la vida apurada confundimos el encuentro con estar cerca un rato;  la tierra es nuestra Madre, no somos dueños de ella, somos parte, el asfalto, las veredas, el ruido nos limita percibir la comunión con la creación. La tierra, el agua, el fuego y el viento, los cuatro elementos esenciales, que están presentes en todo, aquí tienen plenitud de significado.

 

 

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Un camino de esperanza en medio de tanto dolor. Por: José Melitón Chavez, Obispo de Añatuya

Un camino de esperanza en medio de tanto dolor

 

  1. Nos ponemos en movimiento

En el verano de 2009 el barrio de la Costanera[1]llegó a la tapa de los diarios por las muertes conectadas a la venta y consumo de paco, y otras sustancias de escaso valor monetario y de alto nivel de destrucción. Se trataba de la vida de chicos empujados a la calle y sometidos a toda clase de riesgos. Estos niños, adolescentes y jóvenes, que representan un peligro para su propia existencia y para la del prójimo, presos de la desesperación y el vacío interior, sin horizontes de esperanza, caían en la salida del suicidio.

Por más que el adicto no se matase, su aspecto lo asemejaba a un muerto en vida. Esa expresión se ajusta perfectamente porque, como consecuencia de la droga, mueren los vínculos del consumidor y, de una forma u otra, este queda en la calle. El mismo estado de un drogadependiente ya dice mucho. Día y noche, los adictos se reúnen en las esquinas donde escenifican un paisaje de destrucción. Entonces, como en el presente, quizá haya chicos entrando en el paco mientras otros salen de él, en el peor sentido de la palabra.

En 2009 no se sabía a ciencia cierta cuántas víctimas se cobraba la droga. Esos datos siguen faltando mientras la percepción indica que el drama se agrava, extiende y empeora[2]. Y el problema del déficit de información es tan grave como la circunstancia de que raramente se anota que el deceso de un adicto obedeció a la droga. Si no se quitan la vida a sí mismos o son asesinados en forma violenta, los adictos mueren porque los chocó un auto o por una enfermedad propia de su condición de extremada vulnerabilidad.

“A ambos lados del río Salí habría cerca de 3.000 adolescentes y jóvenes. Los expertos calculan que el 80 % consume paco, desecho que se obtiene de los distintos procesos para la elaboración del clorhidrato de cocaína. Esta sustancia es muy adictiva y altamente nociva. Es por eso que los vecinos aseguran que la mayoría de los habitantes de entre 10 y 24 años muestra graves deterioros físicos: tienen signos de desnutrición y problemas respiratorios. Las adicciones, según los médicos, afectan principalmente a los varones, aunque también ya hay muchas mujeres que consumen estupefacientes. La mayoría de los adolescentes ni siquiera van a la escuela, porque no hay secundarios en la zona. Y terminan usando su tiempo en las calles, adonde conocen la droga, la prueban y la incorporan a sus vidas”, decía el informe publicado en la edición del 2 de enero de 2009 del diario La Gaceta[3].

En los días previos, otra nota del mismo matutino[4]describía el paisaje de chicos mareados, con ojos perdidos, que alucinaban y se reían en una ronda a la vera del río. El texto prosigue así: “en medio de la basura y del olor a derrames cloacales, dos jóvenes sacan otro papelito metalizado que contiene un polvo amarillento. Lo ponen adentro de una lata vacía, que calientan con un encendedor. Meten una pajita en el preparado y lo fuman. A pocos metros de allí, Ana María Suárez, comienza a llorar. Acaba de ver a su hijo, otra vez, drogándose. La mujer, al igual que muchos de sus vecinos del barrio Costanera y de los médicos y especialistas que trabajan allí, afirma que la zona se ha convertido en la ‘Ciudad del Paco’ (…). ‘Son cadáveres caminantes. Los vemos morir lentamente todos los días’, dice Ana María. ‘Los que eran gordos están muy flacos; los que eran delgados ahora son piel y huesos’, describe su hermana, Luisa, que tiene tres hijos adictos”.

La Costanera empezaba a hacerse conocida como emblema de la marginalidad. En este vecindario ganado por la pobreza había chicos que robaban a sus padres para comprar droga y, en ese tren, llegaban a desvalijar sus propias casas. Cuando agotaban a sus familias, los adictos comenzaban a tomar bienes de sus vecinos y a salir a asaltar más allá del barrio. Algunos de ellos terminaban detenidos mientras los vendedores de paco (o “transas” o “dealers”) seguían captando clientes a sus anchas y repartiéndose el territorio. Las “cocinas” –lugares donde se fabrica la droga- se habían convertido en una forma de vida para muchas familias. En 2009 se decía que había hasta cuatro “kioscos” de paco por cuadra, y que la actividad había crecido al amparo de la corrupción policial y de la indiferencia de las autoridades públicas[5].

En aquella época yo estaba cumpliendo mi ministerio sacerdotal en el Seminario Mayor, adonde acudían frecuentemente los fieles de la Capilla de la Virgen del Rosario a pedir que alguien fuera a celebrar la misa porque el cura asignado a ese lugar no estaba bien de salud. Entonces pensé en la tremenda desprotección que vivía esa gente carente de todo, hasta del instinto vital. En medio de todas las faltas, tampoco tenían el auxilio de la Palabra de Dios y de los sacramentos. Y esto era ante todo un deber de la Iglesia. Por eso sentí algo así como una vergüenza pastoral: me sentí llamado por el Señor para ir a acompañar a esa comunidad.

Fue así como en marzo de 2009, con un grupo de seminaristas, empezamos a ir todos los fines de semana a la Costanera. Nuestro propósito inicial era ocuparnos de lo concerniente a la atención espiritual de los vecinos, sin involucrarnos en sus problemas sociales -como si tal desvinculación fuese posible-. Obviamente la gente nos hablaba de sus dificultades, y nos pedía consuelo, ayuda e intercesión con sus hijos. Y el drama de la droga seguía en aumento[6]. Las cosas siguieron así hasta que un día vi a una chica de un poco más de 20 años proporcionándole droga a un chico de alrededor de 12 años. Entonces la llamé y vino. Nos sentamos en el umbral de la capilla. Me contó su historia y su forma de vida: dos hijos, uno internado y el otro en las manos de su mamá. Ella había perdido las esperanzas. La animé y le ofrecí ayuda. Mientras hablábamos, tomó confianza; sacó una dosis de paco y la puso en la pipa; la encendió y se puso a fumar. Yo estaba al lado de ella y ella estaba drogándose. Ese día me sentí llamado por Jesús a no mirar para otro lado; a hacerme cargo y a no dejar sola a esa gente con su tragedia. Ahí comenzó el camino de acompañamiento de los chicos y familias de la Costanera.

 

Testimonio de un vecino

El paco avanzó entre 2009 y 2015, cuando me fui de Tucumán para hacerme cargo del Obispado de Añatuya. Al respecto, vale el testimonio de Ángel Santos Villagrán, uno de los primeros pobladores de la Costanera[7].Según ese vecino, el consumo de drogas empezó hace 10 años y no paró de aumentar. Villagrán dijo que nada había crecido en este barrio como la venta de paco: “desde el año pasado hasta ahora se han duplicado los puntos de venta. Detienen al ‘dealer’ y después empieza la esposa, un primo… Es muy duro. La responsabilidad es del Estado. Una vez, un funcionario me dijo hace varios años que no era culpa suya si un chico consumía, pero yo le respondí que él sí era culpable por el que vende. ¿Qué es el paco? Es la miseria de la gente que vive en la miseria. Eso es lo que aumentó y lo que hace que La Costanera sea noticia siempre por tragedias. Los chicos fueron absorbidos por el narcotráfico y por la droga. Nos dio esta fama. Es muy triste, de cada 10 chicos de acá, te diría que sólo tres no probaron esa cosa. Acá madre y padre salieron a buscar trabajo, lo que sea, y cuando los chicos quedaban solos, el paco los absorbió. Hay muchos chicos que fueron llevados a centros de rehabilitación, pero si el paciente vuelve al barrio y acá la situación es igual, volverá a enfermarse. Por eso muchos vuelven a caer o se suicidan”.

Las experiencias que acumulaba en el terreno luego eran puestas en común con el equipo de sacerdotes que me acompañaban en la tarea del Seminario y con el arzobispo, monseñor Luis Villalba. Esto de “abrir el juego”; de trabajar poniendo en común las inquietudes y de consultar a quienes podían brindar una mirada menos “contaminada” con la realidad del paco se convirtió en un método de trabajo. Porque desde el principio debía tratarse no de una gestión individual o cerrada, sino de que toda la comunidad eclesial y de que toda la sociedad al fin pudiese tomar conciencia y dar respuesta a este desafío. En esto es de destacar la extraordinaria aunque fugaz actuación misionera de las Hermanas Mínimas de Nuestra Señora del Sufragio, una presencia de amor, de acción y denuncia. Tuvieron que marcharse en abril de 2013, pero su huella permanece. Son ellas quienes pusieron en la tapa de los diarios el camino de esperanza que se abría en La Costanera[8].

Para entonces ya existían contactos con la Fazenda de la Esperanza e, incluso, algunos jóvenes tucumanos habían ingresado en sus programas de recuperación. También se había formado el grupo Esperanza Viva, que comenzó a reunirse en la Catedral, luego en la Parroquia de Fátima y, por fin, en una dependencia del monasterio de las Hermanas Carmelitas.

La Fazenda de la Esperanza es una asociación de fieles, una organización eclesial surgida en Guaratinguetá (San Pablo, Brasil) hace 34 años por inspiración de un joven y de un sacerdote franciscano que se sintieron llamados a “hacer algo” para salvar a los chicos del barrio atrapados en el círculo de la droga. El proyecto encontró un lugar en el garaje del la casa parroquial: todo comenzó allí. La Fazenda se configuró luego como un método de recuperación de las adicciones fundado en la convivencia; la vivencia de la Palabra de Dios en las cosas concretas de cada día, y el trabajo como disciplina y como medio de sustento. Este tratamiento duraba un año: al cabo de este, el caminante debía adquirir los medios espirituales y racionales para cambiar en forma radical de vida y enfrentar otra libre de la droga[9]. Se trata de un objetivo muy difícil, que necesita mucho acompañamiento posterior y, eventualmente, algún tratamiento psicológico[10]. Los grupos Esperanza Viva están pensados para ese fin: para que los recuperados (llamados ES, embajadores de esperanza) perseveren en la oración, la vivencia de la Palabra de Dios y el testimonio de sanación, y se conviertan en un modelo inspirador para los que se acercan pidiendo ayuda.

 

La esperanza está viva

Durante las conversaciones que mantenía con monseñor Villalba surgió la inquietud de pedir la instalación de una Fazenda en nuestra diócesis, ya que cada vez más tucumanos debían viajar a las sedes de Córdoba y de La Rioja, y a otras partes del país en busca de ayuda, como consecuencia de que la primera Fazenda de la provincia, la de Aguilares, no daba abasto. Villalba me encargó entonces que me pusiera en campaña para encontrar el lugar y así, sin buscar mucho, la Providencia de Dios quiso que en el día de la Virgen, un 8 de diciembre, una señora y su familia nos ofreciesen la donación de un terreno amplio en las cercanías de El Cadillal. Se trataba de un sitio óptimo para plantar la Fazenda: un inmueble de 30 hectáreas en El Saladillo. Luego de completar los trámites correspondientes para edificar en medio de las yungas y de otras gestiones para captar recursos económicos, empezamos la construcción de la Fazenda de la Esperanza Virgen de la Merced, Redentora de Cautivos en mayo de 2014. En el puntapié de la obra fue importante el aporte del Estado provincial, que proporcionó el dinero suficiente para la construcción de la primera casa[11]. Esta contribución tuvo lugar mediante una ley aprobada en forma unánime por la Legislatura provincial y la fundación tuvo el cuidado de rendir cuentas de cada una de las partidas destinadas a este fin.

Al cabo de un año y medio, el 15 de agosto de 2015, también fiesta mariana, pusimos en funcionamiento la obra con mucha alegría e ilusión. La crónica del diario dijo entonces: “después de siete días de lluvia y frío, el sol derrochó luz y tibieza sobre la Fazenda de la Esperanza, que se inauguró en medio de una multitud emocionada y feliz. En su homilía, el cardenal Villalba destacó que el de la droga ‘es un problema de toda la sociedad’, pero dejó en claro que ‘las autoridades son las primeras responsables en responder a este desafío. Para ello debe concientizar a la sociedad y luchar contra el tráfico de drogas. Son deberes ineludibles’”[12]. Al acto de apertura concurrieron frayHans Stapel[13]y Nelson Giovanelli, cofundadores de la Fazenda de la Esperanza en Brasil; el obispo de Concepción, monseñor José María Rossi, promotor de la primera Fazenda de Tucumán instalada en Monte Redondo (Aguilares) y numerosos sacerdotes de la arquidiócesis.

La participación popular tanto en el acto de colocación de la piedra basal como en la misa de inauguración demostró una adhesión generalizada de parte no solo de la Iglesia sino de toda la sociedad tucumana. Ello nos permitió confirmar la profunda necesidad de un camino y de una salida para esta herida proferida a nuestra comunidad hace ya tiempo.

Mucha de esa adhesión fue madurada en los grupos Esperanza Viva que, para entonces, habían llegado a dieciocho y funcionaban en distintas parroquias de la capital y del interior de la provincia. Estos espacios siguen siendo una expresión viva de la Iglesia Madre que no deja solos a sus hijos. Los grupos se reúnen todas las semanas del año para acoger, escuchar y acompañar a las familias y a los chicos que buscan recuperarse (caminantes). Con la participación de los voluntarios, gente de corazón grande que vive la Palabra de Dios, todos forman una comunidad de amor, al modo del Buen Samaritano de la parábola. En estos ámbitos impera la mirada compasiva y el acercamiento valiente a una realidad que nos interpela. Según mi criterio, esta es la gran fortaleza de todo el movimiento. Porque la misma Fazenda, que no deja de ser necesaria como un verdadero santuario de esperanza, resulta insuficiente para llegar allí donde las heridas están abiertas: barrio, pueblo, ciudad. Los grupos Esperanza Viva son realmente, como dije, el rostro de la Iglesia Madre, o, parafraseando a Francisco, “la Iglesia en salida, de puertas abiertas, como un hospital de campaña”. Un grupo Esperanza Viva es una posición más cercana, incisiva y capilar de la misericordia de Dios en medio de esta realidad de dolor[14].

Para ejecutar la construcción de la Fazenda y, más allá de ella, sostener el trabajo de la Pastoral de las Adicciones, constituimos una organización no gubernamental que llamamos Fundación Virgen de la Merced, Redentora de Cautivos[15]. Sus integrantes originales fuimos quienes ya estábamos comprometidos en esta pastoral. La finalidad de la fundación es gestionar los recursos para levantar la Fazenda y, luego, para generar programas de prevención de las adicciones a la droga, el alcohol y el juego mediante campañas, cursos, jornadas, etcétera[16].

En paralelo y con aquella convicción de que había que avanzar en comunión, no aisladamente, un grupo de sacerdotes comenzó a reunirse para compartir inquietudes relacionadas a las adicciones. De ese ámbito surgieron nuevas ideas y apoyos recíprocos. Los párrocos se encuentran todos los meses en distintas comunidades. Su diálogo y voluntad de compartir es otro signo esperanzador para la lucha contra los males que desgarran al cuerpo social.

De estas reuniones y con el acompañamiento del arzobispo Alfredo Zecca salió un documento de denuncia y de compromiso con la tragedia de las adicciones, en la víspera de la apertura de la Fazenda. La carta “Consuelen, consuelen a mi pueblo…”, del 12 de agosto de 2015, dice: “al encontrarnos en cada recodo de nuestros barrios, y hasta en la salida de hospitales y escuelas, con la venta impune de drogas y la insensibilidad perversa de quienes ponen veneno en las manos de nuestros niños y jóvenes, nos preguntamos por el accionar de los organismos públicos encargados de combatir y sancionar este delito (…). Nos preocupa igualmente que gran parte de la sociedad no sienta este problema como propio y sólo espere que otros tomen cartas en el asunto. Se trata de una realidad que nos involucra a todos y no podemos ‘tercerizar’ el compromiso con la vida de nuestros niños y jóvenes. Ante la esclavitud y la destrucción de tantas personas ‘también es funcional y cómplice quien pudiendo hacer algo se desentiende, se lava las manos y mira para otro lado’. Como miembros de la Iglesia nos duele reconocer que muchas veces tampoco hemos oído la llamada que esta situación nos dirige a gritos y hemos vuelto la mirada hacia otro lado. Ante el dolor y la impotencia que la droga trae consigo, afirmamos sin dudar que este callejón tiene salida. Estamos a tiempo. Realmente, ¡se puede!”.

 

Un hogar posible

Sergio, Juan, Lorena, Javier, Cinthya y muchos más. Me refiero a los chicos que fueron y volvieron una y otra vez a las distintas fazendas y a centros similares, y que no terminaron de encajar. Su casa seguía siendo la calle, donde vivían “a los tumbos”. Eso sí, habíamos establecido con ellos vínculos de amistad sincera. Nuestros encuentros ocasionales eran motivo de mutua alegría: una esperanza renacía. Un grupo de voluntarios universitarios de la Costanera a menudo planteaban la inquietud de hacer algo por los chicos que se habían quedado afuera. Así surgió el Hogar de Cristo[17].

Había que buscar un espacio que los contuviese afectivamente al menos unas horas del día, donde encontraran un trato humano, y acceso a servicios básicos de salud, de educación y de asesoramiento legal. Sobre todo buscábamos que los chicos de la calle tuviesen un punto de referencia, una familia de pertenencia, un hogar.

La Municipalidad nos había ofrecido un espacio en la antigua escuelita que funcionaba abajo de las tribunas del Autódromo en la época en la que nosotros estábamos abocados a la construcción de la Fazenda. Dos días después de inaugurarla, el 17 de agosto de 2015, cuatro sacerdotes viajamos a Buenos Aires a conocer in situ la experiencia de los hogares de Cristo de los curas villeros. Pasamos tres días allí recorriendo y compartiendo ese obra maravillosa en medio de la pobreza y la marginación. Se trata de verdaderos puntos de amor y de acogida para “el sobrante” de la ciudad opulenta, al decir del papa Francisco.

El proyecto de los curas villeros[18]nos animó a emprender lo que veníamos soñando en Tucumán. Por supuesto que este debía estar adaptado a la realidad provincial, pero la esencia era la misma: un hogar, con todas las connotaciones que esta palabra tiene. Así, el 23 de setiembre de 2015, luego de recorrer los semáforos de la zona del parque 9 de Julio, y de invitar a los muchachos que limpiaban parabrisas y vendían lo que podían para consumir droga, abrimos el Hogar con una merienda bien servida; una ducha para el que quisiera tomarla;un lavarropas y ropa limpia, y, sobre todo,un grupo de voluntarios, en su mayoría mujeres, con mucho cariño y deseo de prodigar un buen trato. A esta estructura básica se sumaron quienes acompañaban con escucha, amistad, canciones, alfabetización, juegos y la Palabra de Dios. De pronto ese lugar, ese momento de unas horas diarias, se convirtió en una experiencia que se podía resumir en una palabra: fiesta.

La iniciativa del Hogar de Cristo fue compartida con la comunidad parroquial para que todos tuviesen la oportunidad de acompañarnos, ya sea con la oración o con lo que pudiesen aportar. Allí mismo, frente al parque, está la comunidad del Divino Maestro, un barrio que es testigo y, a veces también, víctima de la presencia sin rumbo de estos chicos que deambulan por las esquinas. Cuando les conté sobre el nuevo proyecto, se alegraron mucho y se ofrecieron a colaborar. Sé que hasta hoy siguen allí.

Muchos de los chicos que acudían al Hogar eran de barrios aledaños al parque mientras que algunos procedían de otras ciudades o provincias. Ninguno tenía un lugar. Hay quienes pidieron ayuda para salir de la droga, e iniciaron un camino de la recuperación en el grupo Esperanza Viva de la parroquia o en la Fazenda.

Un fruto importante del Hogar son los vínculos de amistad verdadera establecidos entre los chicos y los voluntarios. Es decir, que se estaba dando aunque sea en esta escala mínima lo que aspiramos siempre: la reconstitución del tejido social a partir del lazo de fraternidad que soñamos.

La corta trayectoria del Hogar de Cristo nos viene enseñando que si bien la droga y el narcotráfico son la revelación real y visible de un mal que hay que combatir, en el fondo, nuestra sociedad está enferma de la indiferencia y del miedo que paralizan y nos vuelven impotentes, y cada vez más distantes los unos de los otros. Y esto se vence con amor y cercanía, sin pretender soluciones espectaculares sino trabajando barrio por barrio, persona por persona, en forma capilar. Es increíble lo que se logra solamente escuchando. Se puede sacar a la gente de la tristeza y el sinsentido con la incondicionalidad de nuestra amistad. La herida es de amor y sólo con amor se cura. La droga y las distintas adicciones son sólo el síntoma; la enfermedad está en el alma y aflora en algunos, pero el mal es de todo el cuerpo de la sociedad, de este planeta que ha sido malogrado por quienes eligieron el egoísmo y la indiferencia como forma de vida.

En la encíclica Laudato Si’, sobre el cuidado de la casa común, Francisco apela a la espiritualidad de la esperanza. Lo mismo que puede decirse respecto del daño que ocasionamos al planeta vale para el daño que nos ocasionamos a nosotros mismos por medio de las adicciones: “no todo está perdido porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse, más allá de todos los condicionamientos mentales y sociales que les impongan. Son capaces de mirarse a sí mismos con honestidad, de sacar a la luz su propio hastío y de iniciar caminos nuevos hacia la verdadera libertad. No hay sistemas que anulen por completo la apertura al bien, a la verdad y a la belleza, ni la capacidad de reacción que Dios sigue alentando desde lo profundo de los corazones humanos. A cada persona de este mundo le pido que no olvide esa dignidad suya que nadie tiene derecho a quitarle”.

Seguramente muchos chicos que hoy se drogan lo seguirán haciendo, otros no. Pero nuestra presencia al lado de ellos no está condicionada por eventuales “resultados”, sino que estamos al lado de ellos con la convicción de que no hay otra forma de vivir que no sea siendo solidarios, sobre todo con los que menos posibilidades tienen, con los que hoy perdieron significación para la sociedad. Son ellos –increíblemente- nuestro camino para recuperar la auténtica manera de existir como cristianos y seres humanos.

 

 

 

 

 

  1. La realidad que nos golpea

A nadie se le escapa que el drama de las adicciones -droga, alcohol y juego- constituye un problema extendido y enquistado en nuestra sociedad: sin distinción de clases, agrede de modo diverso, pero igualmente dañino y mortal. Una atención especial merece el consumo de estupefacientes en los medios más empobrecidos donde ello se suma a situaciones gravísimas como el deterioro proveniente de la mala alimentación o, directamente, la desnutrición; la falta de contención de la infancia y su escolarización deficiente, y la violencia. Los chicos que padecen esta realidad suelen terminar en la calle, donde su vida frágil queda a merced de cualquier tipo de abuso y sistema criminal: los riesgos son enormes para ellos y para quienes se cruzan en su camino. El daño cerebral causado por las drogas llega en muchos casos a ser irreversible. El consumo de estupefacientes es siempre peligroso, pero, cuando está ligado a estos problemas sociales de fondo, se hace tristemente mortal. Basta acercarse a las esquinas de nuestros barrios más pobres o a los lugares donde se juntan los adictos para ser testigos de un espectáculo sombrío y macabro. Muertos en vida, en lo poco de vida que les va quedando. Se trata de un verdadero desastre humanitario.

Esta situación catastrófica forma parte de la vida cotidiana de la Costanera, aunque otras zonas pobres del Gran San Miguel de Tucumán están igual o peor. La paradoja es que no se puede hablar de un Estado ausente. Hay una situación de abandono aunque haya muchos agentes públicos trabajando en la Costanera. Vemos gente cumpliendo horarios, pero no metida con el corazón en una realidad que exige un compromiso personal inmenso. El abordaje estatal de la pobreza carece, en general, de la profundidad necesaria para producir una transformación. Tenemos dos escuelas y una tercera -secundaria- en construcción. Pero el hecho de que haya más hospitales no implica más salud; como el hecho de que haya más escuelas no significa que haya más educación. Los subsidios-ayudas-programas-políticas de seguridad oficiales no consiguen resultados porque no parten de la realidad que tiene La Costanera. “Sólo tienen posibilidades de prosperar las intervenciones sensibles con la crisis social y humana que hay en el barrio. La clave, en todos los casos, es el acompañamiento.

Por ejemplo, los centros sanitarios distribuyen leche para los niños, pero ocurre que algunas madres la venden. Entonces, hay que seguir entregándola, pero sin dar por supuesto que llegará a los chiquitos. Es necesario hacer un acompañamiento del adulto para que la ayuda estatal cumpla su objetivo. Este debería ser el modelo para todo tipo de asistencia programada: no se puede dar por supuesto que los subsidios subsidian.

 

El problema se ramifica

Se escucha a los especialistas hablar de los distintos tipos de sustancias psicotrópicas y que la liberación de su ingesta podría ayudar a disminuir el problema. Ante eso y sin necesidad de ser experto en la materia, es posible afirmar que cualquiera sea la dosis, esta nunca resulta inocua. Por eso es perverso proponer desde el Estado una legislación que tácitamente admita lo que atenta contra la salud de la población, sobre todo en los sectores más frágiles: niños, jóvenes y excluidos.

La opinión pública es cada vez más crítica respecto de la inacción de las fuerzas de seguridad para controlar y combatir el narcotráfico, tanto a gran escala como en la venta al menudeo en los “kioscos” barriales. También se comenta mucho acerca de la ausencia del Estado a la hora de proporcionar los medios, espacios, recursos humanos y presupuestos suficientes para el tratamiento de las adicciones.

Una constante es abordar el problema desde un solo ángulo, y suponer que la eliminación del narcotráfico o el incremento de ámbitos de internación podría ser la solución. Quizá la mejor estrategia sea apostar por la prevención,que es la clave de todo proceso educativo integral. Esa educación, tanto formal como informal, implica acompañar, escuchar y brindar las herramientas que permitan resolver los conflictos diarios. Esta dinámica debe tener lugar en los espacios básicos de socialización: la familia, la escuela, la parroquia, el club barrial, el centro cultural o vecinal. Se trata de estimular para evitar que los niños caigan en un ensimismamiento a veces demasiado precoz, y que terminen siendo como “ese terreno baldío, esa tierra de nadie” que todos quieren usurpar y abusar.

La época parece empeñada en acentuar el consumo en soledad. Si ya ni nos miramos a los ojos porque preferimos mirar la pantalla del teléfono; si ya la comunicación se dirime en un intercambio de mensajes de texto. Si no somos capaces de hablar, mucho menos podremos involucrarnos en la vida de esa “gente marginal”, que gran parte de la comunidad ve como una amenaza que hay que erradicar y no como un síntoma de que ha fracasado la promesa democrática de la igualdad de oportunidades. Es importante mencionar que muchos están convencidos de que los adictos no tienen arreglo y que, por eso, prefieren “deshacerse” de ellos o encerrarlos antes que tratar de curarlos. ¿Acaso una vida no vale la pena? Ese chico condenado por sus circunstancias, ¿perdió también su derecho a un futuro digno?

El informe de marzo de 2016 del Barómetro de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) vincula el deterioro de las lazos sociales con el uso abusivo de estupefacientes, lo que condiciona el desarrollo de las futuras generaciones: “los permanentes cambios sociales y culturales alrededor del consumo de sustancias han modificado las representaciones y creencias entorno al tema, especialmente en los jóvenes. Las relaciones familiares, sociales y comunitarias más amplias, en tanto transmisoras de afectos, creencias, valores y hábitos, influyen de manera directa en el consumo de sustancias psicoactivas. Las adicciones entablan una red de circunstancias que trasciende no sólo a la persona que padece propiamente el síntoma, sino que repercute en todos los lazos afectivos que integran su red social y, de manera especial, en su familia. Asimismo, el consumo problemático al interior de grupo social incide de manera negativa sobre sus vínculos y relaciones. En este sentido, las variables que refieren a la vulnerabilidad familiar han tenido un lugar importante a la hora de entender los modelos que mejor explican las adicciones. Desde un modelo familiar de comprensión de las adicciones, estas son más que patologías individuales ya que se trata de una modalidad en la que participan todos los familiares.El sostenimiento de síntomas son indicadores de una complicada adaptación social que se observa de manera intergeneracional”.

El papel central de las instituciones básicas y más inmediatas no implica desligar al Estado, máximo  responsable del bien común. En este sentido hubo muchos intentos para lograr una política seria de asistencia y prevención. Reuniones, cursos de capacitación, firmas de convenios a todo nivel: nacional, provincial, municipal, organizaciones no gubernamentales y la misma Iglesia. Pero el problema, lejos de atenuarse, ha crecido a un ritmo alarmante.

 

Afrontar el desafío

Los índices aportados por el Barómetro de la Deuda Social de la UCA dan cuenta de ese avance y de las distintas formas que el drama va tomando en nuestros barrios: aunque la incidencia es mayor en las áreas periféricas o pobres, el fenómeno se extiende por las zonas residenciales medias y altas (según la última edición del informe, cinco de cada diez hogares identifican la venta o tráfico de drogas en su calle, manzana o vecindario). Falta una política sostenible, incisiva, dotada de recursos y de un presupuesto suficiente que exprese la existencia de voluntad política real de afrontar el problema.

Quienes trabajamos en contacto con este drama tenemos la convicción de que es necesario crear una conciencia social de inclusión, para escuchar y acompañar a las familias víctimas, que no deben enfrentar directamente el accionar de los que distribuyen y venden las drogas, ya que ello puede atentar contra su propia integridad. Es conveniente, más bien, dejar esa tarea al Estado, para quien la persecución del delito es una misión indelegable. Corresponde sí a todos los ciudadanos reclamar a las autoridades el cumplimiento del deber de control y sanción en función de la ley vigente.

En noviembre de 2013, la Conferencia Episcopal Argentina emitió el documento “El drama de la droga y el narcotráfico”. Vale la pena recordar algunos fragmentos de este texto:

“La complejidad de este tema es tal que solo será abordado eficazmente por medio de amplios consensos sociales que deriven en políticas públicas de corto, mediano y largo alcance. Pero perseguir el delito es tarea exclusiva e irrenunciable del Estado. Recogemos también la preocupación por la desprotección de nuestras fronteras, y por la demora en dotar de adecuados sistemas de radar a las zonas más vulnerables.

Hace una década, los obispos argentinos manifestamos nuestra conmoción por ‘los rostros sufrientes de quienes están atrapados y condenados por una de las calamidades más grandes de estos últimos tiempos, como es el consumo y las adicciones a la droga’. Hoy nadie duda de que el narconegocioestá ampliamente instalado en la Argentina. No es una sensación, y mientras se discute si el país entero es una ruta de paso, de consumo o si ya tenemos producción, lo cierto y tristemente comprobable es que un silencioso y perverso mal social se extiende con progreso geométrico, y sigue matando y destruyendo familias a su paso. Negar la realidad de esta miseria humana que aspira a corromperlo todo nos puede llevar a una inacción que favorecerá el avance de esta sombra luctuosa sobre nuestra geografía.  El ciudadano común sigue diciendo: ‘a esta situación de desborde se ha llegado con la complicidad y la corrupción de algunos dirigentes’. La sociedad a menudo sospecha que miembros de las fuerzas de seguridad, funcionarios de la justicia y políticos colaboran con los grupos mafiosos. Esta realidad debilita la confianza y desanima las expectativas de cambio. Pero también es funcional y cómplice quien pudiendo hacer algo se desentiende, se lava las manos y ‘mira para otro lado’.

En un cuerpo social debilitado en sus instituciones, la organización narco se hace endémica y tiende a corromperlo todo. No obstante, por más que quieran lavar su imagen con dádivas a los carenciados, sus dineros están manchados con la sangre de sus víctimas. Los códigos mafiosos, basados en la violencia y fortalecidos con riquezas mal habidas, contrastan con la firme voluntad de vivir en un Estado de derecho. Por eso hemos afirmado que ‘el narcotráfico está en contradicción con la naturaleza del Estado. Si el primero busca el beneficio de algunos pocos, el segundo debe velar por la justicia para todos. Instalando su propia ley, el narcotráfico va carcomiendo el Estado de derecho. Progresivamente los conflictos van abandonando la legislación y los tribunales, para resolverse con la ley de la fuerza y la violencia’.

Con los padres que padecen semejante dolor, decimos: no queremos lamentarnos más de perder a generaciones de jóvenes, adolescentes y no pocos niños –edades muy vulnerables ante la oferta inescrupulosa e ilegal de estupefacientes–, que, atrapados por las adicciones, abandonaron vínculos familiares y amigos, estudios, trabajos, muchas veces con grave compromiso para su salud, cuando no la temprana pérdida de sus vidas. Lo grave es que no podemos hablar de hechos pasados porque hoy siguen matando con una crueldad creciente. Insistimos en decir que la Argentina está corriendo el riesgo de pasar a una situación de difícil retorno. Si la dirigencia política y social no toma medidas urgentes, costará mucho tiempo y mucha sangre erradicar estas mafias que han ido ganando cada vez más espacio. Es cierto que el desafío es enorme, y el poder de corrupción y extorsión de los grupos criminales es grande. Pero no es verdad que nada se puede hacer. La esperanza cristiana nos enseña que todo es rescatable y estamos invitados a participar. No nos compete sugerir estrategias para contrarrestar esa fuerza oculta y perversa (…), sí nos mueve a acompañar a las familias heridas por la droga y a ‘alentar en la esperanza a todos los que buscan una respuesta sin bajar los brazos’.

Nos une la convicción de que ‘es perverso vivir del sufrimiento y de la destrucción del prójimo’. Las familias de las víctimas, la sociedad civil y organizaciones privadas, diversas instituciones católicas sumadas a las iniciativas de otras iglesias cristianas y comunidades religiosas se han organizado para asistir a los caídos, formando desde hace décadas una enorme red solidaria para la recuperación de las personas que sufren la esclavitud de las drogas. Pero sin la intervención del Estado, sus esfuerzos corren el riesgo del desaliento y la indefensión ante el avance y la dañina acción de las drogas en todo el territorio argentino. No es sólo un reclamo, pues los poderes del Estado tienen que saber que son muchísimos los hombres y mujeres que están dispuestos a acompañar las iniciativas del Gobierno, legisladores y jueces, para dar una contundente respuesta al drama nacional del narcotráfico. Además, hay que considerar que estas organizaciones criminales frecuentemente se dedican también a la trata de personas para la explotación laboral y sexual, y al tráfico de armas”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  1. Abramos el juego

 

Nuestro camino y nuestra propuesta tienenuna identidad y métodos, según lo propio de esa identidad a la que llamamos “pastoral”. Conviene dejar en claro que este encuadramientopresenta posibilidades pero, también, límites.

Las experiencias pastorales no pretenden sustituir ni mucho menos competir con el Estado, sino que constituyen un aporte más. A los tres poderes del Estado les compete abordar integralmente la problemática de la drogaa partir de sus propias políticas, y herramientas jurídicas y legales. Amén de ello, nos animamos a sugerir algunas líneas para elaborar y ejecutar políticas públicas en función de nuestra percepción y conocimiento de la realidad. Políticas que deben, como decimos más adelante, respetar tanto la singularidad de cada persona como a su entorno social, con todas las connotaciones que implica. Políticas que sean permanentes, aunque siempre sujetas a revisión y cuyo impacto pueda ser medido: políticas que no estén sujetas a los avatares electorales. Se trata de aprovechar al máximo el potencial de profesionales y auxiliares, que son claves para el tratamiento de los afectados y de sus familias.

 

Propuestas inclusivas

Los lineamientos generales para atacar el consumo de drogas y el narcotráfico fueron esbozados por la Conferencia Episcopal Argentina en 2013, cuyos principios son reproducidos a continuación, junto con un cuadro de ideas concretas segmentadas por efecto y plazo.

 

  • En el centro del problema de la drogadicción está la persona, el ser humano y la necesidad de condiciones sociales para el desarrollo personal y familiar, como así también la búsqueda de sentido de la vida. Es necesario fortalecer el tejido social mediante la creación de un contexto que permita superar la marginación y la exclusión.
    Se deben consolidar redes de cohesión social para evitar que se enquiste en cualquier lugar la trama de la droga y el delito.
  • Las políticas públicas deben orientarse de manera clara a desalentar el consumo de drogas.
  • Hace falta un abordaje integral que tome en cuenta las características de la enfermedad, y el impacto que esta tiene sobre el individuo y sobre su entorno familiar.
    Al adicto no hay que criminalizarlo, sino acompañarlo y ayudarlo a recuperar su libertad.
  • Las actuales políticas públicas deben orientarse a resultados tangibles y auditables. Esto quiere decir que, para que sean eficaces, deben alcanzar el objetivo para el cual fueron diseñadas, con mediciones que determinen la eficacia de la inversión y el impacto real en la resolución del problema.
  • Los modelos tradicionales de asistencia, prevención y promoción como esquema básico continúan vigentes: aún cuando se intentaron innovaciones y metodologías diferenciales, estas no lograron en conjunto el resultado esperado.
  • Las acciones y propuestas deben ser integrales, sistémicas y, fundamentalmente, partir de potenciar el rol y la función de la familia como formadora de personas y principal organizadora social.
  • Por otro lado, es urgente dar participación activa a los gobiernos locales (municipios y comunas): su proximidad con las comunidades donde ocurren los problemas, los transforma en actores relevantes con posibilidades de actuar en tiempo real. Un problema social se masificacuando las redes de contención local fallan o no funcionan, cuando la dispersión impera en el conglomerado que forman el gobierno local, las escuelas, los centros de atención sanitaria y las familias.
  • En el tema específico de las adicciones en cualquiera de sus formas, resulta imprescindible un sinceramiento colectivo que asuma el problema desde parámetros reales: daños personales y familiares; estadísticas; intereses económicos; roles de las distintas fuerzas y agencias públicas; controles del espacio geográfico; agilidad en los juzgados pertinentes; revisión, modernización y adecuación de legislaciones vigentes; articulación integral de los programas, y de proyectos de asistencia y de fomento al empleo y al uso del tiempo libre; etcétera. Actualmente existen muchos instrumentos ( secretarías, programas y propuestas), pero,por desgracia, trabajan de manera desarticulada y compitiendo entre sí. Desinteligencias entre los sectores público y privado, e intereses económicos y políticos impidensuperar la falta de organización y los déficits de calidad. Sólo cuando tales falencias desaparezcan habrá una auténtica política de Estado para atender un mal que condiciona el porvenir de nuestra sociedad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El siguiente cuadro de sugerencias es un aporte de la licenciada Graciela Salazar,  de la Cooperativa GENERAR, de Tucumán.

Acciones Asistencia Prevención Promoción / Reparación Ámbitos de actuación /roles
Movilizadoras

( corto y mediano plazo)

Equipar los centros de atención, fundamentalmente con recursos humanos calificados y con compromisos éticos, que trasciendan la burocracia del sistema. Contar con Equipamiento exclusivo para esta problemática.

 

Llevar un registro confiable de las asistencias directas, orientando d su seguimiento. Identificar el paso de consumidores- adictos.

 

Registrar las muertes directas o indirectamente vinculadas al problema de adicciones.

 

Ampliación de las coberturas de las obras sociales y de los posibles tratamientos de reinserción social.

Incorporar a la encuesta permanente de hogares la temática de las adicciones.

(aun cuando el resultado sea sesgado por la resistencia en la respuesta).

 

Realizar estadísticas y mediciones anuales.

Identificar y georreferenciar los mapas de riesgo y los actores involucrados. (demanda y oferta) . Publicarlos.

 

Utilizar los datos para diagnósticos basados en evidencias y que permitan diseñar las propuestas.

(es imprescindible contar con datos reales ).

 

Interactuar con el Observatorio de la Deuda Social Argentina (Universidad Católica Argentina).

Unificar los planes, programas y proyectos socialescon un registro único. Garantizar la igualdad de derechos.

 

Acompañar y fortalecer a las familias, especialmente a las mujeres madres en su rol de formadoras de personas.

 

Presencia de equipos técnicos en las comunidades; con roles de asistencia técnica y capacitación. No es suficiente el subsidio o la asistencia. Es imprescindible reconstruir el tejido social; ponernos al lado, caminar juntos.

 

Incorporar las nuevas tecnologías para el abordaje del problema y a los programas : internet; redes sociales, whtsapp etc.

 

 

 

 

 

Gobierno Nacional y Provincial. SEDRONAR en articulación con los Ministerios.

 

Deben ser acciones masivas y simultaneas.

De manera aislada no tiene impacto.

Sistemas agiles de derivación, estandarizados y con protocolos unificados de intervención.

 

Incorporación de tecnologías para la derivación. (aplicaciones telefónicas)

 

 

Redes de seguridad humana; diseñar e implementar en los barrios un programa de alerta vecinal (denuncias anónimas y protección).

 

Organización y educación comunitaria continúa.

Foros de participación barrial y vecinal – Líderes locales involucrados.Consejos. Hablar del tema. Visibilizarlo.

Campañas masivas de comunicación social, con contenidos pedagógicos e informativos.

Involucrar a los medios de comunicación y concientizar para evitar la estigmatización de la prensa. Penalizar /o multar la exposición de menores.

 

Desalentar el consumo

 

Campaña única Nacional – Mensajes unificados.

 

Gobierno Nacional – Provincial – Gobiernos Locales ( sistemas Provinciales de Salud, desarrollo y educación articulados).

 

Medios masivos y multimediales de comunicación.

Estructurales

(mediano y largo plazo)

Incorporar en los CAPS (centros de atención primaria) Provinciales y Municipales, equipos técnicos calificados para contención – atención derivación. Incluir programas de atención a la familia.

 

Definir y destinar partidas presupuestarias para creación y consolidación de los centros de tratamiento con modalidad residencial.

Incrementar los talleres de oficio y uso del tiempo libre a nivel de los barrios y de las organizaciones comunitarias.

 

 

 

 

Incorporar en los centros existentes, en los hogares de menores y centros penitenciarios,programas sistemáticos de deporte,

música, recreación y  oficios.

Programas de fomento al empleo y al autoempleo y a las alternativas de economía social y gestión asociada; que incorpore a los Jóvenes iniciados en el problema, sin descremación.

 

 

Microcréditos con sistemas de reintegro solidario para los jóvenes y la familia.  Que contemplen todas las etapas: producción, difusión y comercialización.

Gobiernos Locales – Organizaciones de la Sociedad Civil

SEDRONAR.

Adecuación y cumplimiento de las Ley  Nº 26.045 (Ley de Registro de Precursores Químicos.

Legislación y protocolos de intervención sobre las “cocinas” barriales y comunitarias.

Equipamiento y legislación adecuada para la intervención de las fuerzas y agencias de seguridad.

Crear instrumentos para que los gobiernos locales puedan actuar de manera directa (poder de policía); o en derivaciones en tiempo real.

Diagnóstico, análisis de viabilidad, estadísticas y diseño de propuestas integrales para los países limítrofes (MERCOSUR – PARLASUR) Gobierno Nacional y Provincial

CooperaciónInternacional – Cancillería – Parlasur – Mercosur

Implementación sostenida y masiva de la Ley Nº 26.586 -Programa Nacional de Educación y Prevención sobre las adicciones y el consumo de drogas. Alertas escolares  –  trabajo con los pares, entre amigos y compañeros. Jóvenes protagonistas de su autocuidado. Diseño de campañas desde los jóvenes. Desarrollar paquetes pedagógicos – estratégicos sobre: valores- proyecto de vidamecanismos de autocuidado- ejercicios de convivencia – oportunidades – futuro productivo. Gobierno Nacional  y Provincial

Ministerio de educación – Centros de formación.

 

Involucrar al sector académico para que realicen investigaciones y propuestas de nuevas metodologías de abordaje tanto en la atención directa al adicto y su familia, como en las propuestas de politicas públicas.

 

Sistematizar la información de todas las experiencias existentes.

 

 

Recuperar los espacios públicos, en coordinación con la sociedad civil, impulsando acciones de participación ciudadana y de prevención anticipada.

 

CIC /O SUM espacios dialogo y debates públicos sobre la cultura de la legalidad y las estrategias de prevención.

 

 

 

Fortalecer las redes intersectoriales que trabajan en la temática, destinando presupuestos específicos y mecanismos de auditoría y control de resultados.

 

Institucionalizar y Difundir las acciones del Registro Nacional y Permanente de Efectores Asistenciales.

Gobiernos Provinciales y Locales Sector académico

Organizaciones de la Sociedad Civil

SEDRONAR

 

Añatuya, Santiago del Estero, 19 de Agosto de 2016

José Melitón Chavez

Obispo de Añatuya

[1]En los últimos 40 años, el barrio ubicado a la vera del río Salí adquirió el perfil decidido de villa de emergencia. Algunos dicen que es la más grande de Tucumán; el Programa de Mejoramiento de Barrios (Promeba) calcula que cubre una extensión de 85,6 hectáreas y que cobija a más de 3.000 hogares. Según esa repartición, los habitantes de la Costanera están expuestos a la contaminación hídrica superficial y subterránea permanente por la falta de desagües cloacales, y a la presencia de basurales en espacios públicos y cauces de agua. Además, el Promeba destaca la existencia de animales de tiro, de corrales y de roedores, y define a sus vecinos como “población de recolectores-recuperadores informales”. El organismo afirma que el 77% de los habitantes tiene necesidades básicas insatisfechas y que el índice de “calidad de la situación habitacional” en el área es dos veces más bajo (0,10) que en San Miguel de Tucumán (0,37).

 

[2]Hace un año, una integrante del colectivo Madres del Pañuelo Negro calculaba que el paco se llevaba a un chico por semana. “Nadie lleva la cuenta de las bajas que produce el consumo de la pasta base (de la cocaína). Estamos viviendo un genocidio. Nuestros chicos son los desaparecidos de la democracia”, dijo. Ver “Hoy en la Costanera hay más droga que nunca” en La Gaceta del 2 de agosto de 2015.

[3]La misma nota cita el testimonio de Verónica Alí, directora del centro asistencial “Soldado Tucumano”, quien reconoció que este estaba saturado de casos de embarazadas y niños. “Lamentablemente, no damos abasto para atender la problemática de los adolescentes. No obstante, sabemos que la zona es muy conflictiva: hay familias numerosas y muchos adolescentes sin futuro, y se registra una alta deserción escolar”, detalló la médica. Alí comentó que, aunque tenían una psicóloga en el centro asistencial primario de la salud, no contaban con programas para asistir a los adictos. “La psicóloga tiene muchos otros problemas. Estamos más abocados a resolver los dramas de desnutrición: hace cinco años teníamos 500 casos de esta patología y ahora 150”, indicó. La doctora destacó que, pese a que el problema de las adicciones está naturalizado entre los habitantes de la Costanera, muchas madres saben que sus hijos se drogan y se acercan al centro asistencial a pedir ayuda. “Pero no podemos asumir este drama. No tenemos los medios para sostener un tratamiento que incluye a toda la familia del enfermo”, especificó. “Sería interesante que se formara una red solidaria para asistirlos”, concluyó.

 

[4]Ver “En la Costanera, los jóvenes parecen cadáveres” en La Gaceta del 28 de diciembre de 2008.

[5]Desde hace por lo menos una década se dice que la Policía “tolera” o consiente el accionar de los vendedores de paco. En enero de 2009, autoridades de la Comisaría Seccional 11 manifestaron que no podían ingresar a la Costanera porque los atacaban a pedradas. Pero algunos vecinos consultados por La Gaceta sostenían que los agentes policiales que patrullaban por el barrio brindaban protección a los “dealers”. Esa clase de testimonio recurrente consta en la nota titulada “Afirman que por día llega a la Costanera 1,5 kilos de paco”: “’Todos sabemos quién vende. Pero no podemos ni abrir la boca, porque se van a desquitar con nuestras familias’, expresó un vecino. El hombre agregó: ‘uno se da cuenta porque ellos vivían en una casita humilde, y de la noche a la mañana aparecen con tremendos autos y casas. No me caben dudas de que la Policía está prendida; si no, el negocio no funcionaría’. El vecino aseveró que hay punteros políticos que captan votos de los vecinos a cambio de drogas. ‘Eso es verdad. Acá se desesperan por un bolsón; mucho más por una bolsita con drogas. Por esa porquería darían mucho más que un voto’, concluyó”. (Ver edición del 6 de enero de 2009 de La Gaceta).

 

[6]En el compartir con los vecinos, sobre todo con los que realizan trabajo comunitario, suele manifestarse el dolor de ser “marcados” o estigmatizados como malvivientes y peligrosos. Ello ocurre, justamente, cuando los taxistas no quieren entrar al barrio. Los pobladores de la Costanera reconocen el mal presente, pero les duele la generalización y “que se meta a todos en la misma bolsa”. Pero este orgullo o resistencia también sirve como argumento falaz para los gobernantes que quieren demostrar que todo está bien y meten “abajo de la alfombra” lo que prefieren no ver ni enfrentar. Llegó un momento en el que no hubo alfombra capaz de tapar tanta muerte y tanto abandono, tanta manipulación de la gente para fines propios de punteros, dirigentes y políticos encumbrados.Uno de los hechos que más me marcaron fue el asesinato de José  Palavecino, “Tachuela”, el chico al que su mamá había encadenado a la pata de la cama para que no saliera a drogarse y a cometer robos en la calle para comprar sus dosis. Un viernes, su mamá se descuidó y se olvidó de sujetarlo, y este se escapó y encontró la muerte en una vereda del barrio. Es especial me dolió que, al cabo de unos meses, cuando su familia ya había sido reubicada junto a otras de la Costanera en un barrio nuevo, todo iba camino al olvido. Habíamos conseguido un abogado para que siguiera la causa y patrocinara a la querella, pero esta cada vez manifestaba menos interés. Ya habían dado la vuelta la página. Necesitaba, obviamente, seguir viviendo: venía otro bebe. Así que todo quedó ahí. Después no supimos más. Es decir, que la muerte había inundado no solamente las calles sino que se había robado la más elemental sensibilidad de nuestra gente. Por eso insisto: la droga es un mal difundido en todas las clases sociales y en todas ellas causa estragos, pero es en la gente más frágil, con menos recursos sociales e institucionales, donde se cobra más vidas con la mayor impunidad. Duele, ¿no?

 

[7]Ver “En 40 años vio prosperar y sufrir a la Costanera” en La Gaceta del 1 de septiembre de 2015.

[8]Las hermanas Patricia Silva, Ada Fiorini y TeresiaMartinello se establecieron en la Costanera en 2009, luego de sostener durante 23 años la capilla de la Santa Cruz, de avenida Las Américas al 600 de San Miguel de Tucumán. Después de levantar un templo, la congregación italiana de Hermanas Mínimas de Nuestra Señora del Sufragio se pusieron a disposición del entonces arzobispo de Tucumán, monseñor Luis Héctor Villalba. Así fue cómo emprendieron la misión que las convirtió en “las monjitas villeras”. “Trabajamos con los chicos para lograr que entren a la Fazenda de la Esperanza (instituciones de rehabilitación), la de Aguilares o las de otras provincias, porque en el barrio es muy difícil que dejen la droga. Es un largo camino de preparación, tienen que ir por propia voluntad. Pero no es fácil. Una vez enviamos a un chico a una fazenda de Buenos Aires, y cuando llegó lo primero que hizo fue sacar droga de la mochila. Ahí nomás lo mandaron de vuelta. Es duro; sin embargo, no nos decepcionamos. Hay que seguir insistiendo porque en algún momento se produce ese clic que los ayuda a querer abandonar la droga. Entonces, vale la pena esperar, como se espera a un amigo”, comentó la hermana Fiorini a La Gaceta, según la nota publicada el 27 de septiembre de 2012. En 2013, las “monjitas villeras” trasladaron su misión a Orán, Salta.

 

[9]Las labores son centrales para un proceso de recuperación que prescinde de los fármacos y de los tratamientos médicos. El método se funda en el acompañamiento y la contención que proveen los adultos responsables (suelen incluir a un sacerdote y monjas) y los voluntarios, entre los que hay adictos recuperados. “No es una clínica sino una comunidad de vida donde se enseña a vivir distinto porque en un mes ya se está deshabituado de las drogas, pero dejar atrás al ‘hombre viejo’ lleva más tiempo”, reflexionó la “fazendera” Romina Roda. Ver “Una nueva fazenda agranda la esperanza para los adictos” en La Gaceta del 6 de agosto de 2015.

 

[10]El modelo “Fazenda”, que nació en Brasil en 1983, se apoya sobre tres pilares: la espiritualidad, la convivencia y el trabajo (hay 107 casas en 17 países y más de 30.000 caminantes recuperados). “Es un espacio de puertas abiertas e ingreso voluntario, que se sostiene a partir de la producción de los caminantes. Estos elaboran bienes que, luego, sus familias venden para contribuir a los gastos de la institución”, explicó Roberto Mohedano, “fazendero” tucumano. En la Fazenda ideal hay una panadería y talleres para el aprendizaje de diversos oficios, además de una huerta, un criadero de porcinos, etcétera. Ver “Una nueva fazenda agranda la esperanza para los adictos” en La Gaceta del 6 de agosto de 2015.

 

[11]La otra casa fue donada por la familia que cedió las tierras. Cuando abrió sus puertas, la Fazenda Virgen de la Merced, Redentora de Cautivos tenía capacidad para albergar a 40 varones caminantes, como se llama a quienes se proponen mudar de hábitos y de vida en el plazo de un año.

 

[12]Ver “Tengan el coraje de buscar la oveja perdida” en La Gaceta del 16 de agosto de 2015.

 

[13]“¿Cuál es el origen de la drogadicción en los jóvenes?”, se le preguntó a fray Hans Stapel. Este respondió: “la falta del sentido de la vida. El consumo entró de una manera muy fuerte en las familias y creó división, sacó del corazón lo esencial. Por eso los chicos que vienen a la Fazenda logran muy rápido la alegría porque la droga no es el mayor problema, porque encontraron una paz que no tenían. Lo más difícil es aceptar que tengo que cambiar, no mi familia ni el mundo. Debo cambiar mi mentalidad, mi estilo de vida, desterrar el consumismo y el egoísmo. Es un proceso que exige trabajo, pero que sirve para toda la vida”.

 

[14]Los grupos Esperanza Viva son espacios de apoyo destinados a aquellos que quieren comenzar un camino de recuperación junto a sus familiares y amigos, y a aquellos que ya se recuperaron de las adicciones. Acompañados por voluntarios, los grupos se reúnen para profundizar la espiritualidad vivida en las fazendas por medio de la meditación y de la vivencia diaria de la Palabra de Dios. El objetivo de los grupos es ser sostén del “nuevo modo de vivir” aprehendido en la Fazenda.

 

[15]Ver fundacionvirgendelamerced.org

 

[16]La Fundación Virgen de la Merced, Redentora de Cautivos carece de fin de lucro, y tendrá por objeto la prevención de adicciones y recuperación de adictos, permitiendo que cada individuo que se acerque, pueda encontrar herramientas que  le faciliten su “liberación” de las adicciones, una inserción social y laboral, el bienestar familiar y una mejor calidad de vida humana y cristiana de ser creyente.

Para lograr su objetivo podrá realizar las siguientes actividades:

  1. a) Creación de una comunidad de vida para la recuperación de toda persona que sufra distintos tipos de adicciones;
  2. b) Gestionar y administrar subsidios y ayudas pecuniarias, públicas y privadas para la realización de los proyectos de recuperación de adictos;
  3. c) Brindar un espaciopropicio para el voluntariado y padrinazgo;
  4. d) Ofrecer la posibilidad de contención y acompañamiento a aquellos que habiendo terminado su período de recuperación, desean volver y pasar algún tiempo para el fortalecimiento;
  5. e) Ayudar a la reinserción laboral y social de las personas recuperadas de adicciones;
  6. f) Realizar actividades en forma conjunta o asociada con otras instituciones que trabajan en la recuperación de adicciones;
  7. g) Educar sobre la problemática de las adicciones y modos de prevención;
  8. h) Trabajar en la propuesta y el desarrollo de políticas públicas tendientes a prevenir y curar adicciones, e instalar una agenda de discusión y difusión de la problemática, sin sobrepasar autoridad oficial alguna.

[17]El formato “Hogar de Cristo” nació en octubre de 1944, de la mano del sacerdote jesuita Alberto Hurtado, quien fuera declarado santo en el 2005 por el papa Benedicto XVI. En Argentina, el Hogar de Cristo se dio a conocer gracias al compromiso de sacerdotes como el padre José María “Pepe” Di Paola, quien impulsó un programa de inclusión y acompañamiento integral de consumidores de paco en Barracas (Buenos Aires), en 2008.

 

[18]“Son los curas villeros del conurbano, los ‘caballeros derrotados de una causa invencible’”. Ver “Curas villeros: en la cruzada por recuperar a los adictos” en el diario La Nación del 12 de mayo de 2015.

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Gestión Institucional Comunitaria. Por: Mirta Tejerina y Yolanda Galka

GESTIÓN INSTITUCIONAL COMUNITARIA

¿Por qué en el encuentro de los Centros Barriales hablamos de este tema? Buscamos armar algo insólito: una gestión institucional a estilo de Jesús, una institución que sea una Buena Noticia, el signo del Reino

 

  1. ¿Quiénes somos y qué estamos haciendo?

Nuestro compromiso con los Centros Barriales surge de nuestra fe en Jesús y de ella se alimenta.

  • Somosdiscípulos misionerosde Él que lo seguimos, que aprendemos de Él,

tratando de pensar, sentir, tomar decisiones, relacionarse con los demás, trabajar, tomar

iniciativas, dar respuestas a los desafíos de la vida – como Él lo hacía y cómo lo haría hoy.

  • Nuestra misión es hacer presente su Reinoque es la plenitud de vida para todos

Y en eso están los Centros Barriales, eso es lo que estamos haciendo día a día. Es importante tener la claridad acerca de los objetivos, qué es lo que queremos hacer, adónde queremos llegar, pero también es importante verlo con más detalle: cómo lo estamos haciendo.  Porque si lo descuidamos, podemos sin darnos cuenta perdernos en el camino. No se puede armar una cooperativa con la mentalidad capitalista, neoliberal. Un Centro Barrial en su estilo de organización y gestión debe reflejar el estilo de Jesús. ¿Es espiritualidad, es gestión? – uno y otro. (el contenido es método y el método es contenido – p. J. Marins)

  1. La propuesta de Jesús que nos puede iluminar:

Pero ustedes no esperen que la gente les llame maestros,  porque ustedes son como hermanos, y tienen solamente un maestro. No le digan padre a nadie porque el único padre que ustedes tienen es Dios que está en el cielo. Tampoco esperen que la gente los trate como líderes, porque yo, el Mesías, soy el único líder. Mt 23, 8-11

  • El desafío de las relaciones igualitarias, circulares
  • Formar comunidades de iguales, instituciones que intentan romper el modelo verticalista que conocemos, dentro del cual trabajamos y que – conscientemente o no – reproducimos, porque esto es lo que conocemos y que nos sale del alma.
  1. modelo verticalista, piramidal               modelo circular

 

  1. ¿Cómo hacer para que nuestro modo de llevar adelante el Hogar de Cristo, un Centro Barrial, no sea reflejo de un juego de poderes, de una estructura jerárquica de los gobiernos (por más democráticos que se llamen…), de las empresas, de la Iglesia (¡!)…, sino que tenga como paradigma la propuesta de Jesús: una comunidad de iguales?

 

Con esta mirada comunitaria e igualitaria miremos algunos aspectos de nuestros CB:

  1. El CB al que pertenezco, ¿es de gestión comunitaria o personal, individual?
  2. ¿Estamos trabajando en equipo? ¿Qué es para nosotros trabajar en equipo?
  3. En nuestro modo de hacer las cosas, ¿qué es lo que buscamos: eficiencia o inclusión (el Reino)?
  4. ¿Qué diferencias estamos haciendo (consciente o inconscientemente) dentro del mismo equipo, con los que vienen…?
  5. ¿Cómo circula la información?
  6. ¿Cómo se toman las decisiones?
  7. ¿Cómo se manejan las diferencias y los conflictos?
  8. ¿Cómo se encaminan las gestiones?
  9. ¿Cómo se establecen y se mantienen los contactos?
  10. ¿Cómo es el manejo de los fondos?
  11. ¿Qué es lo que se comparte con todos, qué es lo que queda reservado para algunos (para quiénes, por qué): los espacios, las decisiones, el saber, las capacidades, los contactos…?
  12. Los roles, ¿son rígidos o flexibles, cambiantes? (forma rotativa, pero también teniendo en cuenta los carismas personales)
  13. La animación, ¿es vertical o circular? ¿es fija o rotativa?

 

  1. La comunidad de iguales = la Buena Noticia de Jesús para las relaciones interpersonales

                                                 = el signo del Reino de Dios

Pero en la vida cotidiana no es fácil vivirlo. Algunos de los obstáculos:

  • desdelocultural:individualismo, culto a la eficiencia, visión jerárquica de las relaciones humanas;
  • desdelo personal: personalidades fuertes que se imponen – personalidades sumisas –

infantilización –  incapacidad de trato de adulto a adulto;

  • desde lo organizativo-estructural: eficiencia como criterio supremo, animación verticalista,

rigidez y perpetuación de roles, falta de reflexión sobre las                                                                                                   prácticas institucionales (tiempos acelerados, no se le da importancia…)

 

  1. ¿Cómo llegar a un Centro Barrial con gestión institucional comunitaria?

No nos nace del alma y no se va a hacer solo. A eso se llega haciendo un camino:

  • Haciendo una reflexión crítica(personal y comunitaria) sobre nuestras propias actitudes y miradas, sobre nuestras prácticas institucionales, sobre el funcionamiento cotidiano, para ver si realmente vamos adonde queremos ir y cómo queremos ir;
  • Dejándonos corregir y corrigiendo a otros – ayudarse mutuamente

 

Como ayuda nos pueden servir las preguntas que hemos visto.

…y que en esos pasos, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados –  seamos una comunidad que celebra y festeja cada pequeña victoria.

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Algunas reflexiones sobre el trabajo de inclusión en la Iglesia

Algunas reflexiones sobre el trabajo de inclusión en la Iglesia

 

Cuatro principios que el Papa Francisco propone en la Evangelii Gaudium para la construcción del bien común y la paz social (EG 217-237)

 

A continuación les ofrezco algunas de las respuestas que fuimos encontrando en el Hogar de Cristo. El Hogar no es un lugar sino una comunidad, un pueblo que se hace familia en diversos ambientes marginales de nuestro país. Las cosas que vamos entendiendo no tienen el orden sistemático de la teoría, llegan como llega la experiencia, desgranado el tiempo, un poquito acá y otro poco allá, sin ser demasiado lineal, como es el aprendizaje que va respondiendo al ritmo de la pregunta. Aún así, en este espacio intento ordenar un poco el pensamiento para ofrecerles algunos trazos gruesos de lo encontrado. Me valgo para el propósito de los cuatro principios que el Papa Francisco propone en la Evangelii Gaudium para la construcción del bien común y la paz social (EG 217-237).

 

El tiempo es superior al espacio

El samaritano de la parábola ejemplifica el deber religioso de socorrer al hombre caído. Como vemos, se detuvo a vendar sus heridas, compartió con él el aceite y el vino, la montura, su propio tiempo y el dinero para pagar la posada. Seguramente el hombre estaba apurado, y debió posponer sus planes propios. Sin celular no habría tenido cómo avisar que no llegaba, y es probable que alguno se ofendiera por la demora. Sin embargo, hizo lo que debía hacer, eso está claro. ¿Pero hasta cuándo debía quedarse en la posada? ¿Hasta cuándo seguir posponiendo sus propias actividades familiares y laborales? ¿Cuánto dinero debía dejarle y cuánto debía guardar para su propio viaje?

Si, como sabemos, nuestro compromiso social es una respuesta religiosa, entonces no podemos resolver estas preguntas al margen de nuestra relación con Dios. Todos los que de un modo u otro nos comprometemos desde la fe en el trabajo social nos llenamos de preguntas similares. El punto de partida está claro: hay que comprometerse. Pero, conocer la medida y la forma de nuestra acción, eso es otro cantar. Es necesario discernir.

San Alberto Hurtado señala que no debemos ir más rápido ni más lento que Dios, porque nuestras obras son suyas, y en esa sujeción a su tiempo se juega nuestra fidelidad.[1]Priorizar el tiempo es apostar al proceso. El espacio es la imagen de lo realizado, el deseo de plenitud consumado. El proceso en cambio es el recuerdo que para llegar todavía debemos caminar, que no se alcanza la meta con solo desearla. ¡Pero con qué facilidad nos olvidamos del tiempo y qué difícil es transmitir esto! Cuando una mamá llega a nuestros centros pidiendo ayuda para su hijo que se complicó con la droga, es muy común que venga buscando una solución mágica: “Padre intérnemelo” como si con solo internarse al pibe le alcanzara para salir adelante. La solución no está a la vuelta de la esquina, no hay una intervención salvadora que resuelva los problemas complejos. La solución no es un sistema, ni una terapia, ni una espiritualidad aunque todo eso pueda ayudar.

Para instalarnos en el tiempo y aceptar los procesos debemos desarrollar una actitud fundamental, un rostro del amor que es el acompañamiento paciente.

 

La unidad prevalece sobre el conflicto

El conflicto se encuentra casi en la definición de la marginalidad, porque brota como un emergente de la complejidad. Por eso, estamos convencidos que cuando una comunidad intenta responder a los desafíos que Dios le propone debe saber de antemano que el conflicto es parte del camino. “Hijo, si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba.” Eclo. 2, 1.

A nadie no le gustan los conflictos, y nuestras comunidades no están exentas de ese rechazo. Queremos las cosas en orden, no nos gusta la violencia, ni que no roben el celular, ni que desestructuren nuestros tiempos, ni que nuestros espacios sagrados estén sucios. Abrir nuestras comunidades a la marginalidad traen esas dificultades y otras. Tal vez porque nos ve titubeantes el Papa Francisco nos propone entrar en el conflicto sin ignorarlo, aunque nos advierte que no debemos quedarnos entrampados en él.

Entrando en el conflicto descubrimos que no hay salida si no lo atravesamos, que muchas veces el momento más doloroso se puede volver una oportunidad privilegiada para reflexionar, cambiar actitudes, o corregir el rumbo. La calle, la cárcel, el hospital, una pelea, una herida, una pérdida se pueden convertir así en la ocasión de un nuevo amanecer. Pero para eso hace falta acompañamiento. Acompañar es entrar de la mano del otro en el conflicto. No hace falta tener la solución al problema, hace falta acompañar con amor, no sacarle el cuerpo a la cruz.[2]

Acompañar de ese modo no se hace de cualquier manera, enseña siempre Jean Vanier. La imagen de Moisés descalzándose para acercarse a la zarza es bien sugerente. Debemos descalzarnos nosotros también, no podemos entrar en el dolor del otro desde la fortaleza de nuestra ciencia o la posición que alcanzamos. Debemos despojarnos de nuestras expectativas y nuestros deseos de ayudar, abandonar nuestras “dignidades”. Un verdadero encuentro nos conecta con nuestra pobreza y fragilidad. En ese lugar nos sabemos hermanos, unidos desde nuestra pequeñez con el otro que sufre. La solidaridad verdadera es saber que somos profundamente iguales, profundamente hermanos, responsables los unos de los otros.

La realidad es más importante que la idea

Para los que trabajamos en las trincheras de la marginalidad cualquier teoría nos resulta insuficiente porque las ciencias siempre aportan desde su propia lente y la realidad se manifiesta más compleja, multifocal. Se propone la interdisciplina y la transdisciplina, pero a menudo ese encuentro de saberes termina arrojando diagnósticos y propuestas enrarecidos. Tenemos entonces la tentación de refugiarnos en nuestras prácticas que se legitiman en los aciertos que vamos alcanzando. No nos sentimos cómodos con algunos teoricismos universitarios pero eso no significa que debamos renunciar a la ciencia. El pragmatismo tampoco es para nosotros una señal saludable.

En medio de esa tensión surge un camino posible: el ejercicio de contrastar constante y comunitariamente la realidad, la teoría y las prácticas. Encontramos, entonces, que las distintas ciencias, corrientes y escuelas presentan elementos de las filosofías de la época en que nacieron, y que a veces son contradictorios. Entonces ¿cómo armonizar todos esos pensamientos? ¿Cómo armar un rompecabezas único con tantos fragmentos de la explicación? ¿Cómo alcanzar una síntesis que no sea solamente la sumatoria de los distintos saberes, y por supuesto, que no entre en contradicción con la experiencia directa que tenemos de la realidad?[3]Sin lugar a dudas, el encuentro se va a dar para nosotros en nuestra propia mirada del ser humano y del mundo, es nuestra antropología cristiana la matriz que puede integrar todos esos elementos fragmentados.

Ese ejercicio de contemplación en la acción, de reflexión en la praxis es para nosotros muy importante, sobre todo cuando es comunitario, porque la sistematización hace sustentable en el tiempo el proyecto. Cuando todos sabemos porqué hacemos las cosas como las hacemos, y cuando sabiendo eso participamos en las decisiones, entonces nuestras instituciones ya no dependen de una sola persona. Puede cambiar de parroquia el cura o de trabajo la psicóloga que el proyecto estará sólido, porque el conocimiento está donde debe estar para seguir adelante.

El todo es mayor que la parte

El día que empezó el Hogar de Cristo, el entonces Card. Bergoglio nos dijo: “hay que recibir la vida como viene”. Recibir todas las vidas como vienen era aceptar la diversidad, no poner filtros ni excluir a nadie. Recibir toda la vida como viene, la vida íntegra. Por eso nuestro abordaje llega de la persona al tema puntual. Por ejemplo, cuando me acerco a Lourdes con sus 14 años, que vive en la calle donde sufre todo tipo de violencias, consume pegamento, no va a la escuela ni ve a su familia; yo no puedo decir que el tema puntual de mi interés es su adicción al pegamento. A mí lo que me importa es Lourdes, toda ella: dónde va a vivir, con quién, cómo va a volver a la escuela, qué pasó con su familia (si la tiene o si tiene sentido buscarla), cómo hacer para que deje la calle, cómo vamos a festejar sus 15 años y muchas otras cosas que para ella son importantes, y también cómo hacer para que supere su adicción al pegamento. Miramos como mira la familia, íntegra e inespecíficamente a la persona.

La fragmentación epistemológica que señalábamos en las ciencias y la fragmentación administrativa de nuestros gobiernos invierten el orden y llegan del tema a la persona, llevando a una respuesta asistencial fragmentada. Alcanza con mirar el organigrama de la administración gubernamental para entenderlo. Los ministerios tienen secretarías, que a su vez se dividen en subsecretarias, direcciones, áreas, programas específicos con presupuestos específicos para el tema específico que deben resolver; aun cuando muchos trabajadores del Estado son muy comprometidos y con su esfuerzo intentan salvar la fragmentación el problema es estructural. Es por eso que comprendemos que nuestras acciones no reemplazan a las del Estado, sino que las complementan. Quien mira íntegramente no puede tener todas las respuestas, debe salir a buscarlas, trabajar en red. Y quien mira de modo específico no puede acompañar todos esos recorridos.

Las respuestas de la Iglesia no están tan enfocadas a resolver un problema puntual como a crear comunidad, a hacer familia, porque en la familia se aloja la persona, se estructura y reestructura la personalidad, y se responde a la necesidad más importante que tenemos las personas, para la cual nunca vamos a encontrar un ministerio: la necesidad de amar y ser amados.

 

[1]      San Alberto Hurtado. (2012). Un Fuego Que Enciende Otros Fuegos, palabras escogidas de San Alberto Hurtado. Santiago de Chile: Centro de Estudios San Alberto Hurtado Pontificia Universidad Católica de Chile.

[2]“Los verdaderos problemas no se resuelven con pensamiento y acción, sino que se resuelven con contemplación y padecimiento. Jesucristo no rehuye a la cruz, la atraviesa, la redime. Redención no es otra cosa que sufrir con amor.” Pablo D’Ors. (2014). El arte de la meditación: la aventura del silencio interior. 21/06/2016, de Dominicos de España Sitio web: https://www.youtube.com/watch?v=BY5JqRJv5Wk

[3]      Cfr. Francisco Leocata. (2010). Filosofía y Ciencias Humanas, para un nuevo diálogo interdisciplinario. Buenos Aires: EDUCA

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El jubileo de la misericordia nos invita a soñar en una Parroquia en clave preventiva…

El jubileo de la misericordia nos invita a soñar
en una Parroquia en clave preventiva…

 

Por: Gustavo Oscar Carrara.

 

La pastoral de drogadependencia que nos ocupa es una pastoral que está llamada a ser reflejo del Dios Misericordioso que vendrá a enjugar toda lágrima (cf. Ap. 21,4). Hace unos días el Papa Francisco decía: “Cuántas lágrimas se derraman a cada momento en el mundo; cada una distinta de las otras; y juntas forman como un océano de desolación, que implora piedad, compasión, consuelo. Las más amargas son las provocadas por la maldad humana…”[1]

En esta pastoral decimos por ejemplo, que el consumo de paco ha hecho explotar la marginalidad en las periferias urbanas, que nos ha enrostrado la exclusión en la que viven tantos niños, adolescentes y jóvenes. Y acto seguido nos es necesaria la humilde confesión de que esto no debería haber pasado, de que en un sentido se ha llegado tarde. No conviene apurarse a deslindar responsabilidades. Es necesaria como Iglesia la instancia de ‘acusarnos a nosotros mismos’ por haber descuidado gravemente en la práctica pastoral la vía de la misericordia.

¿No podría haberse evitado tanto sufrimiento, tantas lágrimas? La tarea de prevención hay que concebirla entonces como una acción de misericordia. En un sentido tal vez la mayor obra de misericordia, porque busca llegar antes, busca primerear.

La parroquia es la Iglesia entre las casas, el barrio es la parroquia.

En orden a poner a la parroquia en clave preventiva es importante volver a redescubrir a la misma, como la Iglesia entre las casas y volver a decirnos: el barrio es la parroquia. Y es así que cuando caminamos nuestro barrio estamos conociendo distintas facetas de nuestra parroquia. Y como no hay miradas neutras elegimos mirar el territorio con la mirada de la fe. Una fe que sea capaz de misericordia, ya que si no se encarna en acciones concretas de misericordia, termina en ideología. Necesitamos reconocer el barrio —y por lo tanto todos los espacios donde se desarrolla la vida de los vecinos y vecinas— desde una mirada contemplativa.[2]Y así observaremos como muchas veces se representa en el territorio la parábola del trigo y la cizaña. No es tiempo de ansiedades, pero sí de convicciones claras y de tenacidad.[3]

Animarse a correr las fronteras pastorales…

La pastoral ante todo es un modo de pararse frente a la realidad y esta nos está pidiendo más Misericordia. La  Misericordia preventiva –si es posible hablar en estos términos-, es Misericordia en camino, “una Misericordia que cada día busca el modo de dar un paso adelante, un pasito más allá, avanzando sobre las tierras de nadie, en las que reinaba la indiferencia y la violencia.”[4]Y evidentemente estas tierras de nadie están en nuestras Parroquias y hacia ellas hay que correr nuestras fronteras pastorales con creatividad y audacia. La Misericordia preventiva tiene que tener por consiguiente un claro despliegue territorial. Y frente a una iniciativa en este sentido, aguantarnos la pregunta: ¿eso que estás haciendo pertenece, es algo realmente pastoral? ¿Qué beneficio pastoral trae?  Un ejemplo la creación de un club barrial a partir de la Parroquia.

La Misericordia preventiva que corre las fronteras pastorales, tiene como inspiración para pensar y ensayar nuevos caminos la parábola de la oveja perdida y acechada por los peligros más diversos.

Prevención es brindar oportunidades reales…

Al reconocer el barrio-parroquia, y al asomarnos a esos problemas provocados por la maldad humana,  podemos quedarnos atrapados por una de las más fuertes tentaciones, la desesperanza. Y que se instale entre nosotros ese mal espíritu quejumbroso que nos susurra acá nada se puede hacer. Frente a esta tentación hay redoblar la apuesta: si una comunidad se organiza en torno al principio de la misericordia hay lugar para la esperanza. Hay que salir de la queja amarga con acciones concretas, solo ellas nos dan la real dimensión de los problemas y a su vez nos dan mayor legitimidad a la hora de pedir la intervención necesaria de otros actores como por ejemplo el Estado. Un ejemplo puede ser la creación de un espacio educativo.

Prevención es facilitar los liderazgos positivos…

Cada uno de los que estamos aquí hoy de una u otra manera somos pastores de grandes rebaños, “con el sueño misionero de llegar a todos”[5], porque Dios no quiere que ninguno de sus hijos se pierda.

Ahora bien, es propio del que conduce pastoralmente, formar los cuadros pastorales del mismo pueblo, para animar y fortalecer el anuncio del evangelio de la misericordia en medio del pueblo. Por consiguiente hay que dedicarle tiempo a descubrir potencialidades en los agentes pastorales. Descubrir potencialidades sobre todo entre nuestros adolescentes y jóvenes, no puede hacerse sin confiar en ellos y sin darles responsabilidades.

Sería conveniente tener como horizonte la formación de liderazgos positivos en cada sector de nuestra parroquia. Podría ir generándose por ejemplo la creación de un movimiento infantil-juvenil que desarrolle liderazgos centrados en el servicio. Que se constituya en una  invitación a descubrir que “las alegrías más intensas de la vida brotan cuando se puede provocar la felicidad de los demás, en un anticipo del cielo”[6]

Tal vez sea conveniente considerar aquí la distinción entre “conducción pastoral estratégica” y “conducción pastoral táctica”. A la primera le corresponde la mirada global, las decisiones y acciones de fondo –acompañados por otros sacerdotes y por el consejo pastoral-; a la segunda le corresponde la mirada sobre temas particulares, las decisiones y acciones que colaboren en este caso a llevar adelante la estrategia pastoral fijada. A muchos agentes pastorales les corresponde entonces este segundo tipo de conducción. Por otro lado no hay que dejar de tener presente que muchos de estos agentes pastorales, llevan adelante una familia o tiene responsabilidades de conducción en su ámbito laboral. No los tratemos entonces como niños. En todo caso tenemos que cambiar la tentación de controlar todo, por la acción de cuidar a los que cuidan la fragilidad de nuestro pueblo.

 

Prevención es generar espacios sanos y dichosos que den identidad y pertenencia…

En nuestro reconocer el barrio-parroquia muchas veces nos encontramos con los pibes de la esquina. Esa esquina les da identidad, pertenencia. Pero muchas veces el mundo adulto que se acerca no les trae propuestas buenas. Es importante visualizar que sería necesario generar “programas” para abordar a estas chicas y chicos que están muchas horas, todos los días de la semana allí. Pero esto nos hace pensar que es necesaria la creación de espacios sanos y dichosos que den identidad y pertenencia. En determinados contextos es importante visualizar que no alcanza solo con una propuesta para el fin de semana. Es necesario iniciar procesos de acompañamiento que se den a lo largo de la semana y que se sostengan en el tiempo. Es necesario de alguna manera institucionalizarlos, sobretodo en contextos donde el narcotráfico es una “institución” que todos los días y a toda hora pone el riesgo la vida de nuestros chicos y chicas.

Prevención es frente a la orfandad de vínculos: la Iglesia como familia…

Cuando por ejemplo nos encontramos con un chico que consume paco. No nos encontramos solamente con alguien que consume una sustancia, nos encontramos también con un sobrante de un sistema que excluye[7]. Chicos y chicas sin estudios terminados, sin trabajo, con enfermedades que parecían que ya no existían más, en la calle. Pero si miramos más en profundidad nos encontramos con chicos y chicas huérfanos de amor. Por eso prevención es que la Iglesia en medio de las casas se constituya como familia grande que hace lugar, que abre puertas, que tiende puentes, que se transforma en familia extendida que se ocupa de sus miembros más frágiles. Iglesia familia que se expresa a través de la Misericordia preventiva.

 

Padre Gustavo Oscar Carrara.

8 de mayo de 2016    

 

 

 

[1]Papa Francisco. Vigilia de oración para enjugar las lágrimas. 3 de mayo de 2016.

[2]Cfr. EG Nº 71

[3]Cfr. EG Nº 223

[4]Homilía Jueves Santo 2016. Misa Crismal.

[5]EG Nº 31.

[6]AL Nº 129.

[7]Cfr. EG Nº 53-58.

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Institucionalizar la misericordia en las obras de atención a la Infancia y Adolescencia de Cáritas San Isidro

Institucionalizar la misericordia en las obras de atención a la Infancia y Adolescencia de Cáritas San Isidro.

Por Ma. Guadalupe Sonego. Texto elaborado respondiendo a la pregunta de qué significa Institucionalizar la Misericordia y la relación justicia – misericordia en las obras de atención a la infancia y adolescencia de Cáritas San Isidro. Nov. 2015

 

Después de varios encuentros de la Subcomisión de atención a la Infancia y Adolescencia de Cáritas San Isidro, en los que se conversó acerca de las situaciones que se viven en los centros, la creciente complejidad social y cómo ésta repercute y/o sale a la luz en los niños y adolescentes que participan de dichos centros, fuimos viendo que como instituciones muchas veces generamos justificaciones que de algún modo “nos protegen”  y nos evitan el  tener que dar una respuesta distinta, un giro a nuestras prácticas. Frente a la interpelación de la realidad compleja la respuesta suele ser: ”En esto no nos podemos meter porque no estamos preparados”, “Este tipo de casos(que en realidad son personas y generalmente niños) no lo podemos abordar porque nos falta personal”, etc. Pareciera que la queja es la reacción frente a lo que nos interpela y nos descoloca, a lo que nos pone de cara al “no saber” en la intervención. Buscamos cambiar al otro o nos refugiamos en posturas nostálgicas en vez de replantearnos nuestro modo de vincularnos y acercarnos a esa realidad. La pregunta es entonces para qué estamos, cuál es nuestro aporte específico como centros educativos comunitarios de caritas. Cuál es nuestra novedad en el modo de pararnos frente al misterio del otro, frente a la vida que late en las comunidades, frente a la fragilidad de la vida amenazada. Si no podemos abordar la complejidad que hoy aparece en los centros y sólo reaccionamos desde posturas defensivas por ej. seleccionando a los pibes con los que vamos a trabajar y dejando fuera a los otros, ¿cuál es la novedad de Jesús que queremos presentar?.

En este sentido la idea de “institucionalizar la misericordia”, que nos proponía Mñor. Martín Fassi (Obispo Auxiliar de San Isidro) en el Retiro para directivos de colegios diocesanos en Agosto 2015 se me presentaba como la propuesta de materializar en lo concreto de cada práctica institucional un modo de hacer, un modo de mirar al otro y de vincularse con él, donde la exclusión o el descarte no sea una alternativa. Donde no nos estanquemos en la queja por como son “los pibes de ahora”, o por “las familias que no se ocupan”, sino que nos pensemos como parte de una sociedad en transformación, con subjetividades que cambiaron y asumiendo esas nuevas subjetividades y modos de ser, podamos repensarnos como instituciones y como educadores en esos nuevos contextos.

En este punto me resuena un diálogo entre Elina Aguirre y Diego Sztulwark, en el libro Des-armando Escuelas de Silvia Duschatzky:[1]

 

“E.A -Por momentos percibo un abismo de incomprensión entre los docentes y los chicos. Un gran signo de pregunta en los chicos cuando miran a los adultos y en los adultos cuando miran a los chicos (…). 

…Es como si los adultos no terminaran de entrar en el juego y se guardaran en la manga las normas y la expulsión. Otra vez la pregunta ¿cómo sería estar con ellos sin contar con la “ventaja” de sacarlos del juego cuando ya no podemos lidiar con lo que se presenta? “

 

En este sentido el “institucionalizar la misericordia” podría ser entendido desde la necesidad de incluir a todos y de generar prácticas que sean activas en el salir al encuentro del otro, “recibiendo la vida como viene”, como nos propone Monseñor Ojea. Que en nuestras propuestas pedagógicas no nos paremos desde el lugar de la seguridad, la moral, el saber, trazando líneas que nos separen, sino desde la fragilidad, la incertidumbre, la reciprocidad, la necesidad de construir con el otro, de caminar a la par, de aprender unos de otros.

Creo que como instituciones tenemos que gestarnos como espacios contraculturales, es decir espacios que se planten frente a la cultura hoy hegemónica del descarte, del individualismo y del consumismo, asumiendo algunas tensiones:

  • Inclusión – exclusión de los que nos desestructuran y desordenan
  • Gratuidad – cultura del mérito, del merecimiento y esquemas de premios y castigos
  • Misericordia, como reconocimiento de nuestra propia necesidad de ser sanados, de ser perdonados, frente a esquemas simplistas o moralistas del Bien y el Mal.
  • Reciprocidad como respuesta a la idea de una cultura superior- capitalista y cultura inferior- popular y comunitaria

Es importante señalar que la idea de “institucionalizar” no la planteamos desde el estructurar, rigidizar, sino lo contrario, el hacer carne en los equipos y en el ser institucional: la misericordia, la gratuidad, la ternura, la reciprocidad. Modos de ser que acojan la vida, la alojen con toda su complejidad.

En los centros experimentamos diariamente que no hay transformación posible sin vínculo, sin afecto y sin afectación personal. La formación y la transformación siempre se dan a través de los vínculos, de lo que se vive como experiencia personal en el propio cuerpo, lo que nos impacta porque nos interpela, nos sorprende, nos devuelve una mirada más amigable de nosotros mismos, una narrativa de nuestra propia identidad que muchas veces no alcanzamos a ver sin la ayuda de otros. Lo discursivo no sirve o al menos no es suficiente si luego no se respira en lo cotidiano de un hacer. Y posiblemente mucho más cuanto más herida se encuentra la persona. Pienso en los chicos que a veces han sido tan dañados que no puede creer que alguien se acerque a ellos gratuitamente, que los quiera sin pedirles nada a cambio. Alguna vez un chico del barrio que estaba internado en una comunidad terapéutica nos decía “yo no entendía porque ustedes nos buscaban, porque se preocupaban por nosotros, me generaba desconfianza”.

Pensando en el trabajo desde los centros educativos comunitarios creemos también que no basta con que los valores o el modo de vincularse, en este caso la mirada y el gesto misericordioso, se encarne en algunas personas. Es decir que la misericordia sea una práctica personal, que dependa de las características o afinidades personales de cada uno, sino que sea el modo de ser institucional. Que se plasme en las normas y pautas del centro, en el modo de vincularnos, en las respuestas a las transgresiones dentro y fuera de la institución, en la forma de mirar al otro, a las familias, a la comunidad. Una mirada que no parta de una postura de superioridad, sino que comprenda, reconozca, valore y aloje al otro en sus circunstancias, con sus límites y posibilidades, luchas, búsquedas y dificultades.

En el trabajo con los jóvenes vamos viendo que la vida no es prolijita ni entra en nuestros esquemas morales o éticos, la vida todo el tiempo nos desconcierta, nos obliga a ensancharnos para poder contenerla y no dejar nada afuera. Y esto no sólo a título personal, sino comunitario e institucional. La concepción de que los bienes que nos hacen posible la existencia (el amor, el cuidado, el alimento, el abrigo, la educación, la asistencia de la salud, etc) no se merecen según categorías morales sino que son derechos inalienables del ser humano resulta a veces tan contraria a nuestro sentido común urbano y capitalista (que pone precio a todo lo recibido gratuitamente como la tierra y el agua), que hay que recordarlo una y otra vez.

Resulta necesario gestar una Mística Institucional que dé forma a los valores en los que se quiere vivir y educar. Plantearnos qué valores estamos propugnando con las acciones que llevamos adelante, con los criterios, acuerdos, normas, sanciones que proponemos, los criterios de ingreso y permanencia, con el clima que se vive en el centro, con el modo de relacionarnos con los chicos y sus familias, etc. Y para esto diría el hno. Juancho Fuentes que hay que tener como institución una estrategia de transmisión de esa mística a los que se van sumando, ya que esto no siempre se da espontáneamente. Hay que diseñar acciones concretas en este sentido.

Algunos ejemplos que se me ocurren a partir de nuestra experiencia en un centro juvenil en olivos:

– Pasar de la cultura del mérito y la supuesta “justicia”, a la de la gratuidad y sostener esos criterios a pesar de que generen ruido. Ej,. Alumnos de gastronomía que cocinan solidariamente para los jóvenes que participan del grupo GABA (grupo de autoayuda en adicciones).

Los jóvenes del taller de gastronomía habitualmente se llevan lo que producen a sus casas, pero en un momento les propusimos que cocinaran un poco más y dejaran una parte para que almuercen los jóvenes de un grupo para el tratamiento de problemáticas de consumo que había comenzado a funcionar, ya que en el centro comunitario no tenemos cocinera/o. Esto al principio generó molestia en algunos chicos y en el profe ya que les parecía injusto que chicos que estaban “estudiando” tuviesen que trabajar para otros que “eran unos vagos, no hacían nada en todo el día y encima se drogaba”. (Lo digo exagerando pero algo de eso había). La respuesta institucional fue: ustedes reciben un curso en forma gratuita, se llevan lo producido a sus casas o se quedan acá y comparten la cena. Tienen el centro juvenil a disposición para lo que necesiten. Sólo les pedimos que compartan eso bueno que ustedes reciben y hagan su aporte para otros chicos que tal vez no están pudiendo aprovechar esto que ustedes sí pueden. Uno de los chicos dijo: “entonces voy a ir al GABA”. A lo que le respondimos que buenísimo, que lo esperábamos si el espacio le hacía bien. No hubo más quejas.

– Incluimos a todos y hacemos los cambios que hagan falta para garantizar esa inclusión, o hacemos nuestro camino y el que no encaja en nuestros esquemas o pautas queda afuera.

Ej. Discusión en el equipo porque los chicos con problemas de consumo se anotan en los cursos de Formación Profesional[2]pero después no sostienen la asistencia regular. De nuevo el pedido de dejar afuera a los que no se adaptan a las exigencias del sistema. La respuesta fue que participar de los cursos es una oportunidad, una posibilidad que se les ofrece. Que si vienen todos los días aprovecharán mucho mejor esa oportunidad porque aprenderán mucho más y los que no puede sostener esa asiduidad probablemente no puedan aprender tanto y hasta quizás no obtengan el certificado, pero que cada vez que vienen es una oportunidad de trabajar con ellos y conectarlos con algo del deseo de vida, más allá del título que el curso les pueda otorgar. Que la casa de los jóvenes está sobre todo para esos chicos con mayores dificultades y eso es un principio irrenunciable porque hace a la identidad institucional y sueño de origen.

La idea es poder adaptarnos a las distintas posibilidades y situaciones personales y pedirle a cada uno lo máximo que puede dar en su situación particular de vida, y no  poner una regla y dejar afuera a los que no la cumplen.

La gran pregunta es: Cómo construimos proyectos educativos que broten de la misericordia y que no se planteen desde lo aparentemente “justo”, entendido como dar a todos por igual,¿Estamos abiertos a modificarnos como institución para albergar la vida que no se amolda a nuestros esquemas y necesidades, a dar siempre una nueva oportunidad, más allá de nociones de merecimiento?

Creo que el desafío es trabajar permanentemente al interior de cada equipo y de nosotros mismos nuestra mirada, lo que creemos, lo que soñamos, nuestra concepción de persona, de comunidad, cuál es el tipo de sociedad que queremos construir, el lugar dado a la trascendencia, etc. para que la mística institucional se sostenga y se revitalice a lo largo del tiempo en un ida y vuelta con las exigencias de la realidad pero fiel a sus valores esenciales. Que sea el modo de ser institucional, que sea nuestro sello propio, el clima que se viva, que se respire, sea con quien sea que uno se vincule dentro del ámbito del centro comunitario.

Mirada que trascienda las acciones para ir al ser de las personas, mirada que intuya el misterio que cada uno alberga dentro, la potencialidad que espera ser desplegada. Pensar estrategias o modos de intervención específicos para cada uno en función de sus necesidades y capacidades. No perdernos a la persona confundiéndola con lo que hizo o hace. Volver a dar siempre una nueva oportunidad. Confiar, aunque no tengamos elementos para hacerlo, algo así de apostar en la oscuridad. Diría Agarrate Catalina: “quiero pelear en cada una de las batallas por perder”. Muchas veces nos ha pasado que el chico que menos esperamos hace un vuelco en su vida que nos sorprende.

Relación justicia y misericordia

En cuanto a la relación Justicia Misericordia podemos decir que muchas veces se nos ha criticado en nuestro trabajo en el barrio, acusándonos de alojar a los “chorros y drogadictos”. Y se nos pide dejar afuera precisamente a esos chicos con mayores dificultades, muchos de los cuales suelen estar en conflicto con la ley penal. Al respeto nosotros pensamos que nuestra sociedad, que tanto pide seguridad, se olvida de la desigualdad y al respecto hacemos nuestras las palabras del Papa Francisco:

Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la sociedad —local, nacional o mundial— abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad…” (Evangelii Gaudium 59)

A nuestro modo de ver muchas veces se apela al concepto de justicia dando por sentado que todos somos iguales y tenemos las mismas posibilidades, la igualdad parecería entonces lo más justo. En nuestro caso creemos que en una sociedad tan desigual esa visión no alcanza, se queda demasiado corta. Lo deseable sería en todo caso dar a cada uno lo que necesita en función de sus circunstancias.

En lo concreto del trabajo intentamos sostener una mirada que no condena, que no juzga, sólo acompaña, tratando de comprender al otro en sus circunstancias y ayudarlo a conectarse con su ser más hondo, con su verdad más genuina, con el sueño de Dios que vive en él. Frente a lo que el otro trae como carga, lo escuchamos en su dolor, en su relato, en su fragilidad. Lo aceptamos como es, aunque a veces nos genere contradicción interna. Buscamos que pueda en primera instancia sentirse alojado con todo lo que es, aún con su oscuridad. Que sepa que uno apuesta por él, porque él en sí mismo es un regalo.

Esta visión no quita que también se trate de ayudarlo a discernir sus acciones, sobre todo si lastima a otros y a sí mismo. Tratar de conectarlo con lo que esas acciones provocan en él, de que pueda reconocer su responsabilidad en las elecciones de su vida más allá de los condicionamientos, que se reconozca como sujeto libre, que pueda ponerse en el lugar del otro, reconocer en su historia las heridas, sentimientos, los lugares desde donde actúa. En este sentido es muy lindo conversar con los chicos que están internados y que en la calle se han mandado toda clase de macanas y sin embargo cuando se desintoxican y pueden encontrarse con quienes son, con sus valores, con sus sentimiento y emociones, descubren su necesidad de reconciliarse con los que dañaron y con ellos mismos, su necesidad de reparar y la alegría de poder hacer algo por otros, de poder, a partir de su experiencia, invitar a otros a recuperarse.

 

 

[1]Des-armando Escuelas. Silvia Duschatzky – Elina Aguirre. Ed. Paidós, 2013.

[2]Cursos de oficios dependientes de la Dirección de Formación Profesional de la Pcia de Buenos Aires.

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Amistad Social. Por: Gustavo Carrara

Panel sobre Amistad social…

La verdadera grieta…

En nuestro país resulta imprescindible para la amistad social superar la grieta con los últimos, con los más pobres. Esta grieta – si se puede llamar así- es más profunda que las grietas políticas o ideológicas. “Sobre todo  será necesario abandonar una mentalidad que considera a los pobres –personas o pueblos-, como un fardo, o como molestos e inoportunos, ávidos de consumir lo que otros han producido.”[1]

Como dice Adela Cortina, la aporofobia, el rechazo al pobre, es un desafío para la democracia.  Es que vivimos un proceso de deshumanización acelerado. Se niega al prójimo. Se elige quien es prójimo y quien no lo es. Se levantan muros.

En su visita a un barrio precario en el campo de Kangemi, Kenia, el Papa Francisco afirmó: “El camino de Jesús comenzó en las periferias, va desde los pobres y con los pobres hacia todos.” [2]La Iglesia de Jesús es enviada a llevar la alegría del Evangelio a los pobres y desde los pobres y con los pobres, como por un efecto cascada su anuncio de la Buena Noticia debe derramarse a todos los hombres.

Los pobres le han sido confiados por Jesús a su Iglesia como un tesoro a cuidar. Este pedido recibió Pablo de los Apóstoles: “Que nos acordáramos de los pobres” (Gal 2,10). Y la Iglesia perseguida no descuidó tampoco este pedido, de ello da testimonio el diácono-mártir San Lorenzo. “A él, como responsable de la asistencia a los pobres de Roma, tras ser apresados sus compañeros y el Papa, se le concedió un cierto tiempo para recoger los tesoros de la Iglesia y entregarlos a las autoridades. Lorenzo distribuyó el dinero disponible a los pobres y luego presentó a éstos a las autoridades como el verdadero tesoro de la Iglesia”[3].

Acusación de nosotros mismos…

La deuda social es la gran deuda de los argentinos, no se trata solamente de un problema económico o estadístico. Es principalmente un problema ético que nos afecta en nuestra dignidad más esencial. Detrás de las estadísticas –nunca hay que olvidarlo- hay rostros e historias. La deuda social genera graves daños sobre la vida concreta de personas, las hiere profundamente en su dignidad.[4]Se derraman lágrimas. Como decía el padre Lucio Gera: “La pobreza se convierte en lágrima cuando, haciéndose lúcida a sí misma, se reconoce… La lágrima es el momento más intenso de la pobreza. Porque es el punto en que la pobreza se enfrenta a uno mismo, a la propia conciencia y comienza de este modo a lastimar”[5]

Ante este sufrimiento es necesario afirmar que esto no debería haber pasado, y que en un sentido se ha llegado tarde. No porque hoy no se pueda hacer nada, sino porque es un sufrimiento que podría haber sido evitado. No conviene apurarse a deslindar responsabilidades. Y decir rápidamente es responsabilidad de tal o de cual. Ciertamente las hay, pero a su vez es necesaria como Iglesia la instancia de ‘acusarnos a nosotros mismos’por haber descuidado gravemente en la práctica pastoral la vía de la misericordia.

Una página cristológica…

Es verdad que como Iglesia hacemos obras a favor de los pequeños y pobres, pero es imprescindible dejarse interpelar por el evangelio: «Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, en la cárcel y vinieron a verme». En Gaudete et Exsultate Francisco nos dice: “El texto de Mateo 25,35-36 «no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo». En este llamado a reconocerlo en los pobres y sufrientes se revela el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales todo santo intenta configurarse.”(GE 96)

Familia grande en torno a la mesa…

Y con este texto de Mateo podemos acercarnos a otro pasaje evangélico que nos interpela a la conversión pastoral y misionera. Vale la pena releerlo y tomarlo con mucha seriedad:  “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos, no sea que ellos a su vez te inviten y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos, y serás dichoso, porque ellos no te pueden corresponder. Y se te recompensará en la resurrección de los justos”(Lc. 14, 12-14). Este Evangelio habla de sentarse a la mesa y de sentar a la mesa, con la fuerza que tienen los encuentros en torno a la mesa para Jesús.

Aquí no se habla de un momento de generosidad, sino de entrar en comunión, se trata de amistad. “Una Iglesia capaz de ponerse al servicio de su Señor en el hambriento, en el preso, en el sediento, en el desalojado, en el desnudo, en el enfermo… (cf.Mt. 25,35). Un servicio que no se identifica con asistencialismo o paternalismo, sino con conversión de corazón. El problema no está en darle de comer al pobre, o vestir al desnudo, o acompañar al enfermo, sino en considerar que el pobre, el desnudo, el enfermo, el preso, el desalojado tienen la dignidad para sentarse en nuestras mesas, de sentirse «en casa» entre nosotros, de sentirse familia. Ese es el signo de que el Reino de los Cielos está entre nosotros. Es el signo de una Iglesia que fue herida por su pecado, misericordiada por su Señor, y convertida en profética por vocación.”[6]

La credibilidad de nuestro anuncio pasa principalmente por nuestra capacidad de hospitalidad. “Cuántas veces imaginamos la evangelización en torno a miles de estrategias, tácticas, maniobras, artimañas, buscando que las personas se convirtieran en base a nuestros argumentos. Hoy el Señor nos los dice muy claramente: en la lógica del Evangelio, no se convence con los argumentos, con las estrategias, con las tácticas, sino simplemente aprendiendo a hospedar.” [7]

La palabra de Jesús es clara, no admite comentarios y excusas que le quiten fuerza (Cf. GE 97). Hay que permanecer cerca del pueblo, especialmente de aquellos que están solos, débiles y necesitados. Ser su amigo, su hermana, su hermano, hacernos prójimos, hacernos familia y dejarnos anunciar la alegría del Evangelio. Como dice el documento de Aparecida: “Sólo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe. La opción por los pobres debe conducirnos a la amistad con los pobres” (DA 398). “La misma adhesión a Jesucristo es la que nos hace amigos de los pobres y solidarios con su destino” (DA 257).

Estos pobres y pequeños viven la espiritualidad popular y confiesan: “Dios es importante en nuestras vidasporque nuestras vidas son importantes para Dios.”En palabras del salmista: “Este pobre gritó y el Señor loescuchó”(Sal. 34,7) Se trata del cristianismo de quienes han sido llamados a la cruz. Y cuando nos preguntamos ¿Cómo hablarle de Dios a los pobres que sufren? Nos encontramos con que ellos nos hablan de Dios a nosotros.

El Señor Jesús ofrece vida plena para todos. La Iglesia de Jesús tiene como misión estar cerca de modo preferencial de aquellos que tienen la vida amenazada de una u otra manera. Una Iglesia que ve con el corazón y padece en sus entrañas la lejanía de sus hijos de esa vida plena, es necesariamente misionera. Renuncia a lo meramente burocrático o funcional –a eso que le va quitando vida y por consiguiente pone en grave peligro la vida de sus hijos– y deja ver su corazón mariano.

Aquí nuevamente es muy luminosa la palabra de Francisco: “Veo la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas… Y hay que comenzar  por lo más elemental… ser misericordiosos, hacerse cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano que lava, limpia y consuela a su prójimo. Esto es Evangelio puro”[8]

La vía de la Misericordia…

Misericordia: es esa acción creativa que hace historia.  Misericordia en camino, “una Misericordia que cada día busca el modo de dar un paso adelante, un pasito más allá, avanzando sobre las tierras de nadie, en las que reinaba la indiferencia y la violencia.”[9]  Y evidentemente estas tierras de nadie están en nuestras diócesis y hacia ellas hay que correr nuestras fronteras pastorales con creatividad y audacia. “Como biensupo verlo santo Toribio, no alcanza solamente llegar a un lugar y ocupar un territorio, es necesario poderdespertar procesos en la vida de las personas para que la fe arraigue y sea significativa… Es necesario llegarahí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos másprofundos del alma de nuestras ciudades y de nuestros pueblos. La evangelización de la cultura nos pideentrar en el corazón de la cultura misma para que ésta sea iluminada desde adentro por el Evangelio.”[10]

Proyectos puentes con los descartados…

Es necesario correr fronteras pastorales para acompañar a los que sufren y para ello primeramente hay que escuchar. “Las preguntas de nuestro pueblo, sus angustias, sus peleas, sus sueños, sus luchas, sus preocupaciones, poseen valor hermenéutico que no podemos ignorar si queremos tomar en serio el principio de encarnación. Sus preguntas nos ayudan a preguntarnos, sus cuestionamientos nos cuestionan”(GE 44)

Esta escucha nos lleva a preguntarnos: ¿dónde hay experiencias de salvación comunitaria? ¿Quiénes a contracorriente llevan adelante  proyectos con los descartables de la sociedad? ¿Dónde hay espacios que buscan cuidar a los más frágiles frente al modelo “exitista”, que no le encuentra sentido al invertir para que los lentos, los menos dotados, los más débiles se abran camino en la vida (Cf. EG 209)?

¿Estos no son soplos del Espíritu Santo que nos recuerdan que el Señor, en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo? Es que “No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Nadie se salva solo,como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relacionesinterpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en ladinámica de un pueblo”(GE 6).

Donde el santo pueblo fiel de Dios sufre, donde hay necesidades concretas, allí el Espíritu hace aparecer carismas, carismas muchas veces incontrolables y a veces incómodos. Una Iglesia en salida es una Iglesia que toma riesgos y se puede accidentar, pero no quiere enfermarse de encerramiento.[11]  La Iglesia se abre así “sindemoras, sin asco y sin miedo. La alegría del evangelio es para todo el pueblo”(EG 23). Se pone a la escucha y se pregunta: ¿Dónde ha esparcido el Espíritu Santo semillas de las bienaventuranzas y de Mt. 25, 35-36?

Evidentemente si como Iglesia no estamos cerca del cuerpo roto de Cristo en los pobres, nuestra misión no tendrá toda la fuerza del Espíritu y se oscurecerá dramáticamente nuestra catolicidad.

La Iglesia es enviada a llevar el consuelo del Evangelio a estos sus hijos más pequeños, más pobres. Si se desentiende de ellos pierde la memoria de donde ella ha sido sacada, convocada; ella ha nacido de las capas humildes de la sociedad (Cf. 1Cor 1, 26-28). Esta pérdida de la memoria del propio origen se convierte en un tremendo escándalo. “Entonces apareció la palabra ‘escándalo’ en las páginas de la Iglesia. Escándalo de haber perdido a las masas humildes, en las cuales se ha visto nacer. Escándalo de las páginas sin escribir, del vacío, de la ausencia de la Iglesia.”[12]Probablemente esto no aparecerá en las primeras planas de los diarios, pero claramente tiene resonancias en el cielo.

 

Mons. Gustavo Oscar Carrara

7 de noviembre de 2018

 

 

 

 

[1]  Centesimus Annus, 28. Juan Pablo II.

[2]FRANCISCO. En el campo de Kangemi. Kenia. 27 de noviembre de 2015.

[3]Deus Caritas Est, 23. Benedicto XVI

[4]Cfr. Cardenal Jorge Mario Bergoglio. Charla en el seminario sobre “Las Deudas Sociales”. 30 de setiembre de 2009.

[5]L. Gera, Escritos teológicos pastorales 1. Del Preconcilio a la Conferencia de Puebla (1956-1981), Buenos Aires, 2006, Pág. 113.

[6]FRANCISCO. ENCUENTRO CON LOS SACERDOTES, RELIGIOSOS/AS, CONSAGRADOS/AS Y SEMINARISTAS. Catedral de Santiago. 16 de enero 2018.

[7]FRANCISCO. En el campo grande de Ñu Guazú, Asunción. 12 de julio de 2015.

[8]Antonio Spadaro SJ, Entrevista exclusiva del Director de la Civiltá Cattolica al Papa Francisco: “Busquemos ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos” 19 de agosto de 2013.

[9]FRANCISCO. Homilía del  Jueves Santo 2016. Misa Crismal.

[10]FRANCISCO. ENCUENTRO CON LOS OBISPOS DEL PERU. Lima, 21 de enero de 2018.

[11]  Card. Jorge Bergoglio s.j. Charla en el encuentro arquidiocesano de misioneros. 30 de octubre de 1999.

[12]L. Gera, Escritos teológicos pastorales 1. Del Preconcilio a la Conferencia de Puebla (1956-1981), Buenos Aires, 2006, 111

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Una reflexión sobre las Relaciones Humanizadoras de Pedro Trigo. Por: Oscar Ojea

Una reflexión sobre las Relaciones Humanizadoras de Pedro Trigo

por Oscar Ojea

En la experiencia de quienes trabajamos habitualmente en tareas de servicio social en las parroquias y en distintas reuniones de grupo, aparece con claridad el hecho de ser ganados por el utilitarismo de la cultura que respiramos, convirtiéndose los demás en una ocasión de trabajo con la cual, aun con enorme provecho, cubrimos expectativas laborales; en otros casos lo hacemos por un sentimiento del deber apaciguando la culpa que nos produce el haber nacido en un medio socio cultural diferente a las personas con las que trabajamos. Otras veces nos “armamos” de una necesidad espiritual pero dejamos la tarea en cuanto podemos, como buscando “zafar”, para volver pronto a nuestro medio natural al que vivimos como nuestra auténtica “realidad”.

Hablo de una relación utilitaria porque de alguna manera estamos movidos por un afán de posesión: sea posesión de conocimiento, de experiencia de vida o de búsqueda espiritual personal. En cualquiera de los casos,  “el otro” aparece como un objeto a partir del cual yo obtengo algún beneficio. No niego que este vínculo puede estar acompañado de afecto y de buen trato reportando muchas veces un beneficio para el otro, pero nosotros mantenemos con él una relación “sujeto-objeto”. Nuestros mundos son distantes; nuestras realidades diversas. El modo como experimentamos la violencia o como vivimos el sufrimiento, es tan diferente que muchas veces sentimos que nuestros mundos no se tocan.

¿Cómo hacer para abandonar nuestra carga personal de necesidades previas (trabajo, conocimiento, búsqueda espiritual, trabajo pastoral) y dejarnos conducir a una auténtica relación “sujeto-sujeto” en la que nuestra persona responda solamente a nuestro nombre, sin ningún título previo y sin ninguna misión preestablecida  por la sociedad de dónde procedo?

Si me zambullo en un vínculo en el cual “el otro” toca mi propia realidad; es decir si su pobreza toca mi pobreza; su límite, mi límite; su violencia y sufrimientos, los míos; su alegría, la mía; su necesidad de hacer fiesta, mi profundo deseo de comunión; su necesidad de afecto, mi búsqueda de él; su soledad, la mía; en esta perspectiva, descubro que entre nosotros se puede crear un espacio libre, una atmósfera, un clima en el cual cada uno puede ser único para el otro. Necesitamos ser únicos para los demás. Esto  responde a nuestra primera búsqueda de amor. Así como el niño quiere ser exclusivo para la mamá, nosotros necesitamos esta suerte de exclusividad para los demás. En el bautismo de Jesús se oye la voz del Padre que le confirma su amor y su predilección diciéndole “Tú eres mi hijo único muy querido”. Esta singularidad que tenemos a imagen de Jesús, nos lleva a buscar estos espacios vinculares en los cuales nuestra persona se afirma en aquello que tiene de más propio y en aquello  que lo distingue de todas las demás creaturas.

Cuando empezamos a experimentar en nuestro servicio esta relación que llamo “sujeto-sujeto”, cambia completamente el sentido mediatizado que tiene “el otro” para mí y descubro un nuevo sentido para mi tarea de servicio. Se van revelando mis propias necesidades que aparecen con mucha luz en el diálogo con los hermanos. Veo clara mi necesidad de amistad y de crecimiento en ella, se iluminan también muchas realidades de mi vida que permanecían ocultas, escondidas detrás de la actividad desenfrenada y de la búsqueda “posesiva” de conocimiento y de experiencias interiores individuales. Mi compromiso adquiere un nuevo fundamento que no está puesto sólo en la responsabilidad de un trabajo que debo realizar, sino en una nueva alianza conmigo mismo y con mi verdadera realidad que ya no alcanza plenitud, sin este vínculo “sujeto-sujeto”, experimentando que aquel que veía como diferente y lejano de mi realidad cultural y socio-económica ha tocado mi propia vida en una dimensión nueva que me transforma en hermano; es decir compañero de historia, compañero de camino, sin el cual me resulta dificilísimo seguir adelante. Experimentamos una auténtica conversión a nosotros mismos, a las raíces más hondas que nos hacen personas humanas necesitadas de vínculos auténticos y sólidos que influyan en la comunidad despertando una profunda comunión con los demás, lo  que responde a las exigencias mas profundas de nuestra vida.

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Evangelii Gaudium para la construcción del bien común y la paz social (EG 217-237)

Algunas reflexiones sobre el trabajo de inclusión en la Iglesia

Cuatro principios que el Papa Francisco propone en la Evangelii Gaudium para la construcción del bien común y la paz social (EG 217-237)

A continuación les ofrezco algunas de las respuestas que fuimos encontrando en el Hogar de Cristo. Ustedes saben que el Hogar no es un lugar sino una comunidad, un pueblo que se hace familia en diversos ambientes marginales de nuestro país. Sepan disculparme, las cosas que vamos entendiendo no tienen el orden sistemático de la teoría. Llegan como llega la experiencia, desgranado el tiempo, un poquito acá y otro poco allá, sin ser demasiado lineal, como es el aprendizaje que va respondiendo al ritmo de la pregunta. Aún así, en este espacio intento ordenar un poco el pensamiento para ofrecerles algunos trazos gruesos de lo encontrado. Me valgo para el propósito de los cuatro principios que el Papa Francisco propone en la Evangelii Gaudium para la construcción del bien común y la paz social (EG 217-237).

El tiempo es superior al espacio

El samaritano de la parábola ejemplifica el deber religioso de socorrer al hombre caído. Como vemos, se detuvo a vendar sus heridas, compartió con él el aceite y el vino, la montura, su propio tiempo y el dinero para pagar la posada. Seguramente el hombre estaba apurado, y debió posponer sus planes propios. Sin celular no habría tenido cómo avisar que no llegaba, y es probable que alguno se ofendiera por la demora. Sin embargo, hizo lo que debía hacer, eso está claro. ¿Pero hasta cuándo debía quedarse en la posada? ¿Hasta cuándo seguir posponiendo sus propias actividades familiares y laborales? ¿Cuánto dinero debía dejarle y cuánto debía guardar para su propio viaje?

Si como sabemos, nuestro compromiso social es una respuesta religiosa, entonces no podemos resolver estas preguntas al margen de nuestra relación con Dios. Todos los que de un modo u otro nos comprometemos desde la fe en el trabajo social nos llenamos de preguntas similares. El punto de partida está dicho: hay que comprometerse; pero conocer la medida y la forma de nuestra acción, eso es otro cantar. Es necesario discernir.

San Alberto Hurtado señala que no debemos ir más rápido ni más lento que Dios, porque nuestras obras son suyas, y en esa sujeción a su tiempo se juega nuestra fidelidad.[1]

Priorizar el tiempo es apostar al proceso. El espacio es la imagen de lo realizado, el deseo de plenitud consumado. El proceso en cambio es el recuerdo que para llegar todavía debemos caminar, que no se alcanza la meta con solo desearla. ¡Pero con qué facilidad nos olvidamos del tiempo y qué difícil es transmitir esto! Cuando una mamá llega a nuestros centros pidiendo ayuda para su hijo que se complicó con la droga, es muy común que venga buscando una solución mágica: “Padre intérnemelo” como si con solo internarse al pibe le alcanzara para salir adelante. La solución no está a la vuelta de la esquina, no hay una intervención salvadora que resuelva los problemas complejos. La solución no es un sistema, ni una terapia, ni una espiritualidad aunque todo eso pueda ayudar.

Para instalarnos en el tiempo y aceptar los procesos debemos desarrollar una actitud fundamental, un rostro del amor que es el acompañamiento paciente.

 

La unidad prevalece sobre el conflicto

El conflicto se encuentra casi en la definición de la marginalidad, porque brota como un emergente de la complejidad. Por eso estamos convencidos que cuando una comunidad intenta responder a los desafíos que Dios le propone debe saber de antemano que el conflicto es parte del camino. “Hijo, si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba.” Eclo. 2, 1.

A nadie no le gustan los conflictos, y nuestras comunidades no están exentas de ese rechazo. Queremos las cosas en orden, no nos gusta la violencia, ni que no roben el celular, ni que desestructuren nuestros tiempos, ni que nuestros espacios sagrados estén sucios. Abrir nuestras comunidades a la marginalidad traen esas dificultades y otras. Tal vez porque nos ve titubeantes el Papa Francisco nos propone entrar en el conflicto sin ignorarlo, aunque nos advierte que no debemos quedarnos entrampados en él.

Entrando en el conflicto descubrimos que no hay salida si no lo atravesamos, que muchas veces el momento más doloroso se puede volver una oportunidad privilegiada para reflexionar, cambiar actitudes, o corregir el rumbo. La calle, la cárcel, el hospital, una pelea, una herida, una pérdida se pueden convertir así en la ocasión de un nuevo amanecer. Pero para eso hace falta acompañamiento. Acompañar es entrar de la mano del otro en el conflicto. No hace falta tener la solución al problema, hace falta acompañar con amor, no sacarle el cuerpo a la cruz.[2]

Acompañar de ese modo no se hace de cualquier manera, enseña siempre Jean Vanier. La imagen de Moisés descalzándose para acercarse a la zarza es bien sugerente. Debemos descalzarnos nosotros también, no podemos entrar en el dolor del otro desde la fortaleza de nuestra ciencia o la posición que alcanzamos. Debemos despojarnos de nuestras expectativas y nuestros deseos de ayudar, abandonar nuestras “dignidades”. Un verdadero encuentro nos conecta con nuestra pobreza y fragilidad. En ese lugar nos sabemos hermanos, unidos desde nuestra pequeñez con el otro que sufre. La solidaridad verdadera es saber que somos profundamente iguales, profundamente hermanos, responsables los unos de los otros.

 

La realidad es más importante que la idea

Para los que trabajamos en las trincheras de la marginalidad cualquier teoría nos resulta insuficiente porque las ciencias siempre aportan desde su propia lente y la realidad se manifiesta más compleja, multifocal. Se propone la interdisciplina y la transdisciplina, pero a menudo ese encuentro de saberes termina arrojando diagnósticos y propuestas enrarecidos. Tenemos entonces la tentación de refugiarnos en nuestras prácticas que se legitiman en los aciertos que vamos alcanzando. No nos sentimos cómodos con algunos teoricismos universitarios pero eso no significa que debamos renunciar a la ciencia. El pragmatismo tampoco es para nosotros una señal saludable.

En medio de esa tensión surge un camino posible: el ejercicio de contrastar constante y comunitariamente la realidad, la teoría y las prácticas. Nos encontramos entonces que las distintas ciencias, corrientes y escuelas presentan elementos de las filosofías de la época en que nacieron, y que a veces son contradictorios. Nos surge entonces la pregunta de cómo armonizar todos esos pensamientos, cómo armar un rompecabezas único con tantos fragmentos de la explicación, cómo alcanzar una síntesis que no sea solamente la sumatoria de los distintos saberes, y por supuesto, que no entre en contradicción con la experiencia directa que tenemos de la realidad.[3]

Sin lugar a dudas, el encuentro se va a dar para nosotros en nuestra propia mirada del ser humano y del mundo, es nuestra antropología cristiana la matriz que puede integrar todos esos elementos fragmentados.

Ese ejercicio de contemplación en la acción, de reflexión en la praxis es para nosotros muy importante, sobre todo cuando es comunitario, porque la sistematización hace sustentable en el tiempo el proyecto. Cuando todos sabemos porqué hacemos las cosas como las hacemos, y cuando sabiendo eso participamos en las decisiones, entonces nuestras instituciones ya no dependen de una sola persona. Puede cambiar de parroquia el cura o de trabajo la psicóloga que el proyecto estará sólido, porque el conocimiento está donde debe estar para seguir adelante.

 

El todo es mayor que la parte

El día que empezó el Hogar de Cristo, el entonces Card. Bergoglio nos dijo: “hay que recibir la vida como viene”.

Recibir todas las vidas como vienen era aceptar la diversidad, no poner filtros ni excluir a nadie.

Recibir toda la vida como viene, era la vida íntegra. Por eso nuestro abordaje llega de la persona al tema. Cuando me acerco a Lourdes con sus 14 años, que vive en la calle donde sufre todo tipo de violencias, consume pegamento, no va a la escuela ni ve a su familia vaya uno a saber porqué, yo no puedo decir que el tema de mi interés es la adicción al pegamento. A mi lo que me importa es Lourdes, toda ella: dónde va a vivir, con quién, cómo va a volver a la escuela, qué pasó con su familia, si la tiene, o si tiene sentido buscarla, cómo hacer para que deje la calle, cómo vamos a festejar sus 15 años y muchas otras cosas que para ella son importantes, y también cómo hacer para que supere su adicción al pegamento. Miramos como mira la familia, íntegra e inespecíficamente a la persona.

La fragmentación epistemológica que señalábamos en las ciencias y la fragmentación administrativa de nuestros gobiernos invierten el orden y llegan del tema a la persona, llevando a una respuesta asistencial fragmentada. Alcanza con mirar el organigrama de la administración gubernamental para entenderlo. Los ministerios tienen secretarías, que a su vez se dividen en subsecretarias, direcciones, áreas, programas específicos con presupuestos específicos para el tema específico que deben resolver. Aun cuando muchos trabajadores del Estado son muy comprometidos y con su esfuerzo intentan salvar la fragmentación el problema es estructural.

Es por eso que comprendemos que nuestras acciones no reemplazan a las del Estado, sino que las complementan. Quien mira íntegramente no puede tener todas las respuestas, debe salir a buscarlas, trabajar en red. Y quien mira de modo específico no puede acompañar todos esos recorridos.

Las respuestas de la Iglesia no están tan enfocadas a resolver un problema puntual como a crear comunidad, a hacer familia, porque en la familia se aloja la persona, se estructura y reestructura la personalidad, y se responde a la necesidad más importante que tenemos las personas, para la cual nunca vamos a encontrar un ministerio: la necesidad de amar y ser amados.

  1. Carlos “Charly” Olivero

[1]      San Alberto Hurtado. (2012). UN FUEGO QUE ENCIENDE OTROS FUEGOS, palabras escogidas de San Alberto Hurtado. Santiago de Chile: Centro de Estudios San Alberto Hurtado Pontificia Universidad Católica de Chile.

[2]      “Los verdaderos problemas no se resuelven con pensamiento y acción, sino que se resuelven con contemplación y padecimiento. Jesucristo no rehuye a la cruz, la atraviesa, la redime. Redención no es otra cosa que sufrir con amor.” Pablo D’Ors. (2014). El arte de la meditación: la aventura del silencio interior. 21/06/2016, de Dominicos de España Sitio web: https://www.youtube.com/watch?v=BY5JqRJv5Wk

[3]      Cfr. Francisco Leocata. (2010). FILOSOFÍA Y CIENCIAS HUMANAS, para un nuevo diálogo interdisciplinario. Buenos Aires: EDUCA

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Santos y Santas, nunca chupa cirios.

Santos y Santas, nunca chupa cirios

Por: Sebastián Ferrero

Este aporte no es verdad revelada, es un intento de aproximación de la exhortación apostólica del Papa

Francisco a la vida de nuestras comunidades, los centros barriales.

Fue pensado desde la simpleza que nos caracteriza, no porque el Papa escriba difícil, sino porque escribe para

la Iglesia toda. Y es necesario pensar sus palabras desde nuestros contextos, nuestra realidad y cotidianidad.

Seguramente habrá muchos otros y otras que podrían haberlo hecho con más certeza, pero ahí vamos. Ojalá sirva para

motivar el diálogo y ponernos a pensar, discernir que será lo que Dios nos está queriendo decir hoy a nosotros.

Exhortación apostólica es un mensaje que escribe el Papa a la comunidad de los católicos, dando indicaciones

concretas de algún tema en particular. El tema de este mensaje es GAUDETE ET EXSULTATE. Está escrito en latín,

porque es la lengua común en toda la Iglesia. Traducido significa: Alégrense y regocíjense. Desde el título me genera

una pregunta ¿De qué podemos alegrarnos y regocijarnos? ¿Hay motivos para alegrarnos? En los tiempos que vivimos,

la verdad que hay pocas razones, o las primero que pienso no son para alegrarse. Cada vez encuentro más gente en

calle; cientos de niños y niñas abandonados; adolescentes y adultos rotos por el alcohol, drogas; mujeres asesinadas,

violentadas; niños y jóvenes abusados, ultrajadas, vendidos, prostituidas… y la lista sigue.

En un negocio vas con unos billetes, y los cambias por otra cosa. Nos han hecho creer que los debemos

cambiar porque necesitamos esas otras cosas. Con Jesús no funciona así. No tenés que alegrarte y regocijarte porque

haya motivos. La alegría procede de una decisión que se hace camino, de un llamado personal, que se vive en

comunidad. Dios nos llama a ser Santos y Santas.

 Las luces de nuestro camino

El Papa dividió el mensaje en cinco capítulos. El primero está centrado en el llamado a la Santidad.

¿Qué implica el llamado a la santidad? No hay protocolos, ni fórmulas mágicas.

Cuando pensamos en santidad, lo que se nos viene a la cabeza es la perfección, la bondad en grado supremo.

Recuerdo de mi niñez la historia de San Lorenzo. Lo quemaron en una parrilla por ser cristiano. La tradición dice que

cuando estaba cocido de un lado, pidió que lo dieran vuelta. Para mí ser santo era un dolor inimaginable que no era

posible alcanzar. Te hacen vuelta y vuelta y ¿no te quejás?

La santidad no es para los perfectos, más parecidos a los héroes de las películas o historietas. Simplemente

porque no existen. El camino de la santidad es para los que se animan a responder, a andar, con las caídas, las heridas,

las miserias, pero dispuestos a construir el proyecto de Dios, dispuestos a ser testigos e iluminar el camino de otros.

Este camino, además, no es individual (¿hay algo que lo sea?). Si bien fue pensado para cada uno, no es para

transitarlo solos, se hace comunitario, se impone vivirlo con otros. No por mandato o por obligación, sino porque fue

soñado de ese modo.

Acompañando la vida de muchos pibes y pibas escuché decir que lo pueden manejar, que si se esfuerzan lo

lograrán, con la voluntad alcanza… y lo cierto es que no es posible. Si Dios nos quiere salvar como pueblo ¿por qué nos

empecinamos en intentar hacerlo solos?

El llamado es personal y es comunitario. La respuesta también tiene esa doble faz y ahí está la riqueza. No hay

distinción en torno a quiénes son los primeros, los mejores, los especializados. Desde todos lados y de diversos modos

Dios nos dice: “Somos todos iguales”. ¿Por qué nos cuesta tanto animarnos a vivirlo? ¿Qué es aquello que nos hace

ponernos en lugares distintos? ¿Nos pone a juzgar, pensar, decidir sobre otros? ¿Cómo no caer en la tentación de no

creer que somos los elegidos, que nuestra manera particular de ver la realidad es la única? Recuerdo a Miguel. Miguel

suele estar en las proximidades de la estación de Llavallol. Tiene olor a meses de falta de agua y jabón. Pero si huele a

Alcohol. Hace unos años lo dejaron literalmente cual bolsa de papas en la puerta del Centro Barrial. Uno de los

muchachos lo baño, lo secó y le ayudó a vestirse. Cenó y se fue a dormir. A la mañana pidió que lo lleváramos a su lugar

en la estación, que él no había pedido que lo trajeran ahí, no pidió que lo bañaran, ni que le dieran de comer. ¿Quién nos

hace pensar que lo que nosotros pensamos que es mejor para alguien, es lo que ese alguien desea?

Será tarea de los equipos de los centro barriales, de nuestras comunidades ser fieles y estar vigilantes para no

caer en las ansiedades personales, en ser orgullosos, en aparecer y parecer aquello que no somos, dominar y no

acompañar. Uno de los grande desafíos es no autoengañarnos y disfrazar lo no santo como si lo fuese.

¿Cómo es posible ello? El Papa nos responde con mucha claridad, “el llamado a la santidad cobra sentido pleno en

Jesús y sólo se entiende desde Él. Sólo desde Jesús comprendemos porque amar con el amor incondicional del Señor, porque Él

comparte su vida con nuestras frágiles vidas: «Su amor no tiene límites y una vez dado nunca se echó atrás. Fue incondicional y

permaneció fiel. Amar así no es fácil porque muchas veces somos tan débiles. Pero precisamente para tratar de amar como Cristo

nos amó, Cristo comparte su propia vida resucitada con nosotros. De esta manera, nuestras vidas demuestran su poder en

acción, incluso en medio de la debilidad humana.”

¿Para qué amar como Jesús nos ama? Podría decirles con exactitud el día que sentí encontrarme

personalmente con Jesús, sentirme amado profundamente y provocado a amar a todos, pero particularmente entre los

pobres. A pesar de ello, necesito volver diariamente a ese encuentro, porque las ganas de quedarme en mi lugar

confortable, no escuchar, no ver, no tocar el dolor del otro es diario también. ¿Cómo se hace para no compadecer?

¿Cómo lograr la “distancia óptima” para acompañar correctamente a alguien? Solo es posible recordando, dejando

pasar cotidianamente por el corazón, aquel amor primero, íntimo, incondicional, misericordioso, amoroso, tierno.

Amar como Jesús nos ama se comprende cuando se hace realidad el REINO. Nuestra misión es inseparable de

la construcción de ese REINO. “Nuestra identificación con Cristo y sus deseos, implica el empeño por construir, con él, ese reino

de amor, justicia y paz para todos. Cristo mismo quiere vivirlo con nosotros, en todos los esfuerzos o renuncias que implique, y

también en las alegrías y en la fecundidad que ofrece.”

Los santos son aquellos que nos iluminan el camino. No por su perfección, sino por su empecinamiento en

andar como pueblo. ¿Cuáles son los santos de nuestra comunidad? ¿Quiénes son ejemplo de camino? ¿Quiénes nos

alientan a seguir caminando? Los pibes, las pibas, los niños, las niñas ¿son rostro vivo de la presencia de Jesús, de su

seguimiento? ¿O sólo son los perfectos, los que mandan, coordinan, los curas o monjas? ¿Quiénes nos guían el camino?

¿Qué lugar tienen los mártires en nuestras comunidades? ¿Quiénes son? ¿Cuáles son nuestras santas? ¿Sólo las puras

y vírgenes? Yo me atreveré a presentarles una. Se llama Belén. Su historia es como muchas de las chicas que pasan por

nuestros centros barriales, como tantas que siguen ocultas, invisibilizadas. Belén está en pareja con Fernando. Es

mamá de Rocío. Belén es una gran amante. Hace que Fernando sea cada día mejor persona, lo potencia, lo impulsa,

hace brotar lo mejor de él. Ama profundamente a Rocío, es tierna, sencilla, atenta, madraza. Belén ilumina los espacios

donde está. Nos invita a compartir lo mejor que somos. Es una santa. Ilumina nuestras vidas, nuestra comunidad.

Un camino difícil

En el segundo capítulo, Francisco nos presenta dos enemigos de la santidad: El Gnosticismo y el Pelagianismo.

El gnosticismo centra la mirada en la razón, en el saber. Un filósofo francés llegó a dudar incluso que existía. Y

pudo saber que existía porque estaba pensando. La frase que lo lanzó al estrellato es: “Pienso, entonces existo”. Los

gnósticos dicen lo mismo de Dios… Si puedo saber de Dios, entonces debe existir.

Cuando la existencia de Dios depende de si puedo conocer, aparece el primer gran enemigo, DESENCARNAR a

Dios. Si Dios se desencarna, se deshumaniza, y si se deshumaniza, sólo es una idea. ¿Cuál es el riesgo que Dios se

deshumanice, sea sólo una idea? Es racionalizar todo. Si nuestra tarea se deshumaniza no duele, no afecta, no inquieta,

no cuestiona. La racionalización objetiva, cosifica.

Con quiénes caminamos no son cosas, no son un depósito de nuestras miradas y creencias. El otro es un

misterio, yo lo soy. Debemos ser cuidadosos en evitar que nos gane la ansiedad de tener todas las respuestas, todos

los caminos, las justificaciones y explicaciones. Amar profundamente al otro, implica no tener razones para amar. Es

alegrarnos que el otro exista. En la inauguración de la capilla de la comunidad Vida Nueva, en Glew, uno de los pibes

que colaboró, compartía que él es anarquista, y que en su concepción la Iglesia no entra, no tiene lugar, pero nadie lo

obligó a creer, pudo ser libre. Eso es posible solamente cuando te sentís amado. No hay condiciones, no hay juicio, hay

humanidad. Porque si no humaniza, no es amor.

Racionalizar el misterio, la sorpresa, la creatividad, la vida, es pretender dominarla. No disponemos del tiempo,

ni el lugar, ni las formas, sólo podemos ESTAR para que el misterio, la vida, se revele. Compartiendo la cena, con

personas en situación de calle, una practicante de la Universidad, me planteaba que la gente era muy reticente a

compartir lo que le pasaba. Mi respuesta fue una pregunta ¿por qué crees que alguien que recién te conoce compartiría

con vos su dolor? ¿Vos lo harías? Sólo podemos estar, permanecer, ser pacientes, acompañar, compartir. No para

esperar que el otro se anime a develar su ser más íntimo, sino para amarnos sin motivos, sin razón, vincularnos,

ligarnos y andar juntos, con nuestras debilidades, heridas.

Dice el Papa en el art 42 “Aun cuando la existencia de alguien haya sido un desastre, aun cuando lo veamos destruido

por los vicios o las adicciones, Dios está en su vida”. No hay control, hay vida y disposición para compartirla. No hay

protocolo. La vida fluye y se escapa a todo protocolo. Y cuando ello sucede las respuestas son vertiginosas, porque no

hay respuestas definitivas. Uno de los desafíos constantes es preguntarnos, cuestionarnos los modos, las formas. Para

ello el camino se hace escuchando atenta y amorosamente.

El otro enemigo de la santidad es el pelagianismo. Los pelagianos sólo confían en sus fuerzas y se sienten

superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a esas normas. Muchísimas

veces he escuchado a los pibes y pibas decir que ellos pueden manejar lo que consumen, que manejan sus vidas… yo

me he escuchado decirlo de mi. Y lo que he aprendido es que nada se puede solo. No basta, no alcanza con la sola

voluntad. Todo lo que vivimos, nos acontece e incluso decidimos no es por sola decisión personal, o por el deseo

personal. Vivimos en un contexto social, político, histórico, económico, cultural, vivimos con otros, caminamos con

otros. ¿Por qué pensar que las decisiones, lo que nos pasa se puede resolver por la sola voluntad?

Dice Francisco en el artículo 55 “Así como el supremo mandamiento del amor, esta verdad debería marcar nuestro

estilo de vida, porque bebe del corazón del Evangelio y nos convoca no solo a aceptarla con la mente, sino a convertirla en un

gozo contagioso. Pero no podremos celebrar con gratitud el regalo gratuito de la amistad con el Señor si no reconocemos que aun

nuestra existencia terrena y nuestras capacidades naturales son un regalo. Necesitamos «consentir jubilosamente que nuestra

realidad sea dádiva, y aceptar aun nuestra libertad como gracia”. Si nada de lo que creemos tener nos pertenece… ¿Qué

sentido tiene hacer depender lo que creemos poseer de nuestra voluntad, de nosotros?

“Muchas veces, en contra del impulso del Espíritu, la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en una

posesión de pocos. Esto ocurre cuando algunos grupos cristianos dan excesiva importancia al cumplimiento de determinadas

normas propias, costumbres o estilos” (artículo 58). ¿Cuán rígidas son nuestras normas, la del Centro Barrial? ¿Recibimos

la vida como viene o mediatizamos el ingreso? ¿Cualquiera puede entrar, permanecer? Muchas reuniones de equipo

pasan por pensar, evaluar, repensar las estrategias con todos y con cada uno de los y las pibes y pibas. Nunca las

estrategias son unidireccionales, nunca son acabadas. Es una tarea artesanal, no porque no sea profesional, sino

porque es pensada con cada uno, para cada uno, para todos. Cristian andaba mendigando que alguien lo ame. En el

Centro Barrial es amado, se permite que ello suceda. Pero teniendo una historia de tanto desamor, cuando te aman, la

cabeza nos juega una pasada muy loca, nos provoca a rechazar eso que tanto deseábamos. Cristian se anda

debatiendo entre dejarse amar, amarse y lastimarse. Cuando parece que ya tenemos el modo de ayudarlo, paf, a

pensar de nuevo, a pensar con él. Idas y vueltas, como un subi-baja. Lo que no cabe dudas es que seguimos yendo,

seguimos andando “… en cada hermano, especialmente en el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado, está presente la

imagen misma de Dios. En efecto, el Señor, al final de los tiempos, plasmará su obra de arte con el desecho de esta humanidad

vulnerable. Pues, «¿qué es lo que queda?, ¿qué es lo que tiene valor en la vida?, ¿qué riquezas son las que no desaparecen? Sin

duda, dos: El Señor y el prójimo”.

El mapa a la santidad

En el tercer capítulo empiezan las soluciones, el mapa por donde andar la santidad. El modo de ser santo son

las BIENAVENTURANZAS

Antes de seguir te invito que leas el pasaje de las Bienaventuranzas. Evangelio de Mateo, capítulo 5, 1-12.

Comienza diciendo… «Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». A la Palabra de

Dios se puede hacerle decir aquello que creemos que dice, o lo que es peor, interpretar para que fundamente lo que

pienso. Recuerdo con mucho dolor, una reunión con los hermanos de la congregación a la que pertencía. La discusión

era cuáles eran los pobres. ¿Eran los que estaban en los colegios de clase media, alta? ¿O eran los estaban en las

márgenes, ahí donde como congregación no nos atrevíamos a estar? Hoy puedo decir que era una discusión al estilo de

los gnósticos. Razones había por demás. Pero, nunca pudimos ir y escuchar la Palabra. Ella misma nos da la respuesta

“…¡Vengan los bendecidos por mi Padre! Tomen posesión del reino que ha sido preparado para ustedes desde el

principio del mundo. Porque tuve hambre y ustedes me alimentaron; tuve sed y ustedes me dieron de beber. Pasé

como forastero y ustedes me recibieron en su casa. Anduve sin ropas y me vistieron. Estaba enfermo y fueron a

visitarme. Estuve en la cárcel y me fueron a ver (Mt 25, 34-36)”.

Entonces, como comunidad ¿recibieron al forastero, le dieron de comer al hambriento, de beber al sediento,

vistieron al desnudo, visitaron al enfermo, fueron a ver a los presos? Yendo más profundo ¿quiénes se acercan al

centro barrial? ¿Los hambrientos y sedientos? ¿Los forasteros y desnudos? ¿Los enfermos y presos?

¿Pero por qué ellos? En el artículo 68 dice: “Las riquezas no te aseguran nada. Es más: cuando el corazón se siente

rico, está tan satisfecho de sí mismo que no tiene espacio para la Palabra de Dios, para amar a los hermanos ni para gozar de las

cosas más grandes de la vida. Así se priva de los mayores bienes. Por eso Jesús llama felices a los pobres de espíritu, que tienen el

corazón pobre, donde puede entrar el Señor con su constante novedad”.

«Felices los mansos, porque heredarán la tierra». En tiempos donde el orgullo y la vanidad se imponen, donde cada uno

se cree con el derecho de alzarse por encima de los otros, el camino a la felicidad nos invita mirar a los otros con

ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que nadie. Acompañar con paciencia, a la espera de aquello que el otro

pueda, quiera. Erick paso por mil lugares de internación, volvía a la calle, a la casa. Pasaron años, hasta que pudo

empezar a pensarse desde otro lugar, en otro lugar. Se permitió darle lugar a sus hijos, al amor, a divertirse, a disfrutar

y ser feliz…

«Felices los que lloran, porque ellos serán consolados» El mundo nos propone el entretenimiento, el disfrute, la

distracción, la diversión, y nos dice que eso es lo que hace buena la vida. Lo bueno de la vida ¿Sólo son un modo de

tapar el dolor, la angustia? Una cosa no quita la otra. La diversión, el disfrute no son dañinos en si mismos. Ni el

sufrimiento en sí mismo es productivo. Estamos llamados a dejarnos traspasar por el dolor para tocar las

profundidades de la vida, los propios dolores, lo de otros, compadeciéndonos.

«Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados» Hambre y sed son necesidades

primeras, como la justicia. Pero no la justicia mezquina que se ve manipulada siempre por algún tipo de interés, sino

aquella que termina buscando la justicia para los pobres y débiles. En el libro de Isaías dice: «Busquen la justicia,

socorran al oprimido, protejan el derecho del huérfano, defiendan a la viuda» (Is 1,17). Escuchaba un gremialista que en

su gremio, el que más aporta, porque tiene más ingresos, tiene más derechos que el resto de los miembros de su

gremio… Pensaba que si en todos nuestros ámbitos fuese de la misma manera estaríamos como estamos. Habiendo

tantas diferencias, para nosotros justicia, se llama equidad. Ser equitativo es dar a cada uno según le corresponda para

que seamos iguales. Entonces quienes más desprotegidos, serán los que más justicia necesiten. No más represión,

más control, más mano dura. Más derechos, más posibilidades.

«Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». Con los pibes y pibas en calle aprendí que nada es

azaroso. Ellos no nacieron de un repollo, no los pusieron de un día para otro en la calle. Hay una historia, razones,

circunstancias que son personales, pero que por sobre todas las cosas son comunitarias. Lorena no está en la calle

porque no le quedó otra, sino porque la familia no pudo contenerla, no lo pudo hacer el barrio, los vecinos, el estado.

Salís al encuentro y eso implica una primera predisposición, porque comprendés que fallaron un montón de

personas, de estructuras. Acogés al otro y adentrándote en su historia, si te deja hacerlo, comprendés, perdonás en

nombre de todos los ausentes, los que no se animaron, los que les dio miedo.

«Felices los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios» Dice el Papa que “…Esta bienaventuranza se refiere a quienes

tienen un corazón sencillo, puro, sin suciedad.” Muchas veces esto mismo se ha transformado en un arma de doble filo, ha

generado mucho daño y lo sigue haciendo. Está instalado, construido que hay que ayudar a los otros, y eso no está mal.

El problema es cómo lo hacemos, porqué lo hacemos. Con buenas intenciones se hace mucho mal. Pensar que porque

tuvimos otras posibilidades, otros recursos sabemos lo que el otro necesita y debe hacer, es un grave error. Todos

debemos tener la posibilidad de ser felices. Nuestro llamado es a generar las posibilidades, pero sólo desde el amor,

atravesados por amor.

“Es cierto que no hay amor sin obras de amor, pero esta bienaventuranza nos recuerda que el Señor espera una entrega

al hermano que brote del corazón, ya que «si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las

llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría» (1 Co 13,3).

«Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» Los pacíficos son fuente de paz, construyen

paz y amistad social. A esos que se ocupan de sembrar paz en todas partes, Jesús les hace una promesa hermosa: «Ellos serán

llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). Si en alguna ocasión en nuestra comunidad tenemos dudas acerca de lo que hay que hacer,

«procuremos lo que favorece la paz» (Rm 14,19).

No es fácil construir esta paz evangélica que no excluye a nadie sino que integra también a los que son algo extraños, a

las personas difíciles y complicadas, a los que reclaman atención, a los que son diferentes, a quienes están muy golpeados por la

vida, a los que tienen otros intereses. Es duro y requiere una gran amplitud de mente y de corazón, ya que no se trata de «un

consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz»[75], ni de un proyecto «de unos pocos para unos pocos»[76].

Tampoco pretende ignorar o disimular los conflictos, sino «aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de

un nuevo proceso»[77]. Se trata de ser artesanos de la paz, porque construir la paz es un arte que requiere serenidad, creatividad,

sensibilidad y destreza. Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad. Más cerca de lo que hacemos todos los días, sería

casualidad, pero no lo es.

«Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos» Jesús mismo remarca que

este camino va a contracorriente hasta el punto de convertirnos en seres que cuestionan a la sociedad con su vida,

personas que molestan. Si no queremos sumergirnos en una oscura mediocridad no pretendamos una vida cómoda, porque

«quien quiera salvar su vida la perderá» (Mt 16,25). Hace unos años, en torno a la mesa, en una comunidad religiosa, un

hermano me dijo que yo necesitaba a los pobres, porque sino no sabría que hacer. Fue doloroso y sigue siéndolo,

porque ser rechazado, incomprendido, por los que creía hermanos de comunidad, con los que compartís la vida, con los

que confiar. Una cosa es ser rechazado, otra es ser amenazado, pero el dolor debe ser igual de profundo.

Montones de veces derivan pibes y pibas a nuestras casas, algo así como derivar una llamada de teléfono. No

saben sus nombres, no saben que les pasa, ni porque están ahí parados delante de ellos. Lo que saben es que el

problema es de otro, u otro deberá tener la solución. Y es tan frecuente que hasta dudás del modo en que hacés las

cosas.

El llamado es a seguir amando, siendo justos, compasivos, mansos, pacientes, acogedores, sensibles, tenaces.

¿Tarea fácil? Esa ya no es una pregunta acorde. Lo más cercano es preguntarnos ¿Somos felices?

En el artículo 95 el Papa nos ofrece a través del capítulo 25 del evangelio de Mateo (vv. 31-46), el protocolo

para ser santos, seremos juzgados: «Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, fui

forastero y me hospedaste, estuve desnudo y me vestiste, enfermo y me visitaste, en la cárcel y viniste a ver» (25,35-

36).

Decía san Juan Pablo II que «si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que

saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse»

“Cuando encuentro a una persona durmiendo a la intemperie, en una noche fría, puedo sentir que ese bulto es un

imprevisto que me interrumpe, un delincuente ocioso, un estorbo en mi camino, un aguijón molesto para mi conciencia, un

problema que deben resolver los políticos, y quizá hasta una basura que ensucia el espacio público. O puedo reaccionar desde la

fe y la caridad, y reconocer en él a un ser humano con mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre, a una

imagen de Dios, a un hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos! ¿O acaso puede entenderse la santidad al margen

de este reconocimiento vivo de la dignidad de todo ser humano?”

Esto implica para los cristianos una sana y permanente insatisfacción. Aunque aliviar a una sola persona ya

justificaría todos nuestros esfuerzos, eso no nos basta. Los Obispos de Canadá decían que no se trata solo de realizar

algunas buenas obras sino de buscar un cambio social: «Para que las generaciones posteriores también fueran

liberadas, claramente el objetivo debía ser la restauración de sistemas sociales y económicos justos para que ya no

pudiera haber exclusión».

No podemos plantearnos un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo, donde unos festejan,

gastan alegremente y reducen su vida a las novedades del consumo, al mismo tiempo que otros solo miran desde

afuera mientras su vida pasa y se acaba miserablemente.

Los pingos se ven en la cancha

En el cuarto capítulo se describen cinco grandes manifestaciones del amor a Dios y al prójimo que considera el

Papa de particular importancia.

Aguante, paciencia y mansedumbre. La primera de estas grandes notas es estar centrado, firme en torno a Dios que ama y

que sostiene. Desde esa firmeza interior es posible aguantar, soportar las contrariedades, los vaivenes de la vida, y también las

agresiones de los demás, sus infidelidades y defectos: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (Rm 8,31). Es

la fidelidad del amor, porque quien se apoya en Dios (pistis) también puede ser fiel frente a los hermanos (pistós), no los abandona

en los malos momentos, no se deja llevar por su ansiedad y se mantiene al lado de los demás aun cuando eso no le brinde

satisfacciones inmediatas. Entré a la catedral de Lomas y Santiago (hasta el momento no sabía que se llamaba así) me

dice ¿Vos sos Seba? Tengo que hablar con vos. La pregunta es ¿cómo me conoce? Uno de los curas lo mandó a hablar

conmigo porque él estaba en calle. Desde cáritas le consiguieron el pasaje para volverse a su provincia natal. A todos

les ganó la ansiedad por encontrar una solución, o deshacerse del problema. Al día siguiente Santiago intentó cambiar

el pasaje, desapareció.

En el acompañar vidas tan rotas, tan heridas, se impone aguantar los arrebatos de ira, bronca, ganas de

solución, ganas de que el que está delante mío no está más. Si el otro deja de ser una molestia y se transforma en otro

nos exige paciencia para esperar que pueda animarse a otra cosa, en caso que pueda y quiera, brindando opciones,

alternativas. El dueño de la pelota no soy yo, es el otro. Por eso la paciencia no se entiende sin mansedumbre. Cuando

perdemos la paciencia, soy yo el que se impone, no el otro. Y cuando ello sucede dice Francisco: “No nos hace bien mirar

desde arriba, colocarnos en el lugar de jueces sin piedad, considerar a los otros como indignos y pretender dar lecciones

permanentemente.”

No estamos llamados a “sacar” a nadie de ningún lado, ni de la droga, ni de la violencia, ni de la miseria, ni la

pobreza. Si así fuera, bastante mal lo hacemos… basta mirar las estadísticas. “Nuestra tarea no es buscar la seguridad

interior en los éxitos, en los placeres vacíos, en las posesiones, en el dominio sobre los demás o en la imagen social”. El llamado

es a amar, estar, acompañar.

Alegría y sentido del humor. “Lo dicho hasta ahora no implica un espíritu apocado, tristón, agriado, melancólico, o un bajo perfil

sin energía. El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu

positivo y esperanzado.”

¿Hay manera de estar en el centro barrial sin alegría y sin buen humor? ¿Es posible tener alegría en el contexto

que vivimos? ¿Es posible tener buen humor después de escuchar y acompañar la vida de tantos pibes y pibas tan

destruidos? Quizá nos toca aprender de aquellos mismos que acompañamos… acompañando a personas en calle he

aprendido muchas cosas, entre ellas, que a pesar de la vida que te toca vivir, de las circunstancias en las que estás,

siempre hay motivos para celebrar, para estar alegre… el cumpleaños, salir de estar preso, volver a estar con los hijos,

reconciliarte con tu familia, que alguien se tome unos minutos y te pregunte cómo estás, que te den un abrazo sin

motivo, recibir un abrigo cuando la temperatura llega casi a cero. ¿Qué motivos tenés para estar alegre en el centro

barrial?

“No estoy hablando de la alegría consumista e individualista. Me refiero más bien a esa alegría que se vive en comunión,

que se comparte y se reparte, porque «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,35) y «Dios ama al que da con alegría» (2 Co

9,7). El amor fraterno multiplica nuestra capacidad de gozo, ya que nos vuelve capaces de gozar con el bien de los otros.

Audacia y fervor. La santidad es parresía: es audacia, es empuje evangelizador que deja una marca en este mundo. Para que sea

posible, el mismo Jesús viene a nuestro encuentro y nos repite con serenidad y firmeza: «No tengan miedo» (Mc 6,50). Estas

palabras nos permiten caminar y servir con esa actitud llena de coraje que suscitaba el Espíritu Santo en los Apóstoles y los

llevaba a anunciar a Jesucristo. Audacia, entusiasmo, hablar con libertad, fervor apostólico, todo eso se incluye en el vocablo

parresía, palabra con la que la Biblia expresa también la libertad de una existencia que está abierta, porque se encuentra

disponible para Dios y para los demás. Apertura, libertad, coraje, audacia… sin temor. ¿Cuáles son tus miedos? Alguna vez

me pregunté, lo pregunté a los compañeros ¿La vida la tenemos empeñada en el acompañamiento de estos pibes y

pibas? Le di vueltas, busqué atajos, y nada. Jesús nos llamó, respondimos y nos quedamos prendados. No queda

chance a los términos medios. Como he dicho más de una vez… cuando te encontrás con alguien hay dos opciones; o

hacés como que no sucedió o te hacés cargo… no hacerse cargo del otro, sino hacerte cargo que es el otro que nos

impulsa ineludiblemente a AMAR.

El beato Pablo VI mencionaba, entre los obstáculos de la evangelización, precisamente la carencia de parresía: «La falta

de fervor, tanto más grave cuanto que viene de dentro». La comodidad es una gran tentación. Y la comodidad te invita todo

el tiempo a cerrar las puertas, las ventanas de la vida, de las instituciones, del centro barrial. Es más cómodo poner

condiciones para ingresar qué sólo buscan quedarnos con los “más bueno, los más tranquilos”… ¡es más cómodo!

Obvio. ¿Es a donde Jesús nos llama a estar? Pues no, No es que hay que sufrir, hay que estar y caminar con aquellos

que más han sufrido y sufren. ¿Por qué son buenos? No, porque fuimos amados primero.

Miremos a Jesús: su compasión entrañable no era algo que lo ensimismara, no era una compasión paralizante, tímida o

avergonzada como muchas veces nos sucede a nosotros, sino todo lo contrario. Era una compasión que lo movía a salir de sí con

fuerza para anunciar, para enviar en misión, para enviar a sanar y a liberar. Reconozcamos nuestra fragilidad pero dejemos que

Jesús la tome con sus manos y nos lance a la misión. Somos frágiles, pero portadores de un tesoro que nos hace grandes y que

puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban. La audacia y el coraje apostólico son constitutivos de la misión. Somos

frágiles, débiles, estamos heridos y nos encontramos con otros heridos y heridas, para juntos animarnos a construir y

vivir en comunidad, a construir el reino. Somos sanadores heridos, y heridos que necesitan sanación. No hay perfección.

Somos llamados a la santidad, sanando las heridas, dejándonos que nos sanen. La receta… el AMOR.

Como el profeta Jonás, siempre llevamos latente la tentación de huir a un lugar seguro que puede tener muchos

nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas

ya prefijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas. Tal vez nos resistimos a salir de un territorio que nos era

conocido y manejable. Sin embargo, las dificultades pueden ser como la tormenta, la ballena, el gusano que secó el ricino de

Jonás, o el viento y el sol que le quemaron la cabeza; y lo mismo que para él, pueden tener la función de hacernos volver a ese

Dios que es ternura y que quiere llevarnos a una itinerancia constante y renovadora. Durante dos años estuve en una

comunidad donde nunca me sentí acogido, al contrario rechazado. Me ofrecí a ir a compartir la vida a Perú y Brasil,

porque sabía que en esos lugares estaban entre los pobres (no porque no los hubiese en Argentina). El primer año me

dijeron que no. Al año siguiente me dijeron que podía irme a Perú. Tarde una semana en decidirlo. Cuando estaba en el

avión, rumbo a Lima, me decía: ¿Qué hago acá? ¿mejor me vuelvo? Más vale malo conocido que malo por conocer. Lo

cierto era que iba por un año y me quedé cuatro. La novedad da miedo, asusta, hasta que te animás a la aventura.

Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia

las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la

apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida. ¡Dios no

tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no le teme a las periferias. Él mismo se hizo

periferia (cf. Flp 2,6-8; Jn 1,14). Por eso, si nos atrevemos a llegar a las periferias, allí lo encontraremos, él ya estará allí. Jesús nos

primerea en el corazón de aquel hermano, en su carne herida, en su vida oprimida, en su alma oscurecida. Él ya está allí.

La costumbre nos seduce y nos dice que no tiene sentido tratar de cambiar algo, que no podemos hacer nada frente a

esta situación, que siempre ha sido así y que, sin embargo, sobrevivimos. Desafiemos la costumbre, abramos bien los ojos y los

oídos, y sobre todo el corazón, para dejarnos descolocar por lo que sucede a nuestro alrededor y por el grito de la Palabra viva y

eficaz del Resucitado.

Nos moviliza el ejemplo de tantos sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos que se dedican a anunciar y a servir con gran

fidelidad, muchas veces arriesgando sus vidas y ciertamente a costa de su comodidad. Su testimonio nos recuerda que la Iglesia

no necesita tantos burócratas y funcionarios, sino misioneros apasionados, devorados por el entusiasmo de comunicar la

verdadera vida. Los santos sorprenden, desinstalan, porque sus vidas nos invitan a salir de la mediocridad tranquila y

anestesiante.

Desde los Centros Barriales nos atraviesa el “Recibir la vida como viene” mandato amoroso, horizonte y

espolón para seguir andando. Es tan desafiante que no cabe la posibilidad de estancarnos. Por ello se hace

imprescindible estar atentos, vigilantes, en constante discernimiento de que hacemos, cómo lo hacemos, pensando y

repensando nuestras prácticas, probando y desarmando estrategias, para acoger, recibir, abrazar, acompañar y seguir

amando. Escuché montones de veces que la calle no es un lugar para vivir, lo comparto, pero después de tantos años

saliendo al encuentro con las personas que están en calle, descubro que es mi lugar en el mundo. Es contradictorio,

pero es un llamado a desinstalarse continuamente, porque es una vida de interperie, un lugar de paso, no hay dueños,

es de todos y no es de nadie, el espacio público que invita a la corresponsabilidad pero que se plasma en el no mirar, no

involucrarse, naturalizar. Teresa Parodi dice en una de sus canciones “La vida reclama” ¿Qué harás? ¿Respondés al

reclamo, callás, te hacés el sordo/a? ¿Recibimos?

En comunidad

La santificación es un camino comunitario, de dos en dos.

La comunidad está llamada a crear ese «espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor

resucitado». Compartir la Palabra y celebrar juntos la Eucaristía nos hace más hermanos y nos va convirtiendo en comunidad

santa y misionera.

La comunidad que preserva los pequeños detalles del amor[107], donde los miembros se cuidan unos a otros y

constituyen un espacio abierto y evangelizador, es lugar de la presencia del Resucitado que la va santificando según el proyecto

del Padre.

Desde esta estructura donde lo que vale es lo que tenés, lo que podés consumir, tener éxito, salvarte vos y tus

cercanos, pensarnos desde la comunidad no es una posibilidad. Ahora cuando nos pensamos desde otra mirada, hacia

otro horizonte, no cabe la posibilidad de reinserción, porque lo que se impone es un nuevo modo de vivir. Si bien no es

nuevo, la comunidad se hace el modo. No un rejunte, sino más bien una nueva estructura. ¿Estamos disponibles para

ello? ¿Será el salto que debemos dar ahora?

En oración constante

Finalmente, aunque parezca obvio, recordemos que la santidad está hecha de una apertura habitual a la trascendencia,

que se expresa en la oración y en la adoración. El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios.

Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por

Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor.

No obstante, para que esto sea posible, también son necesarios algunos momentos solo para Dios, en soledad con él. Y

yo… ¿Cuándo tengo vida personal?

Francisco nos dice que es obvio el tiempo de oración, que se hace imperioso estar unidos a Dios, comunicados

con él. ¿Pero es un tiempo personal exclusivamente? ¿Es un tiempo particular, de silencio, distancia del “mundo”?

Pensaba en aquellos santos que fueron marcando nuestro modo de mirar, de hacer. Monseñor Angelelli oraba: “Mi vida

fue como el arroyo… anunciar el aleluya a los pobres y pulirse en el interior; canto rodado con el pueblo y silencios de

“encuentros”… contigo… solo… Señor.”. El santo Carlo Mujica también oraba: “Señor: quiero quererlos por ellos y no por

mí. Señor: quiero morir por ellos, ayúdame a vivir para ellos. Señor: quiero estar con ellos a la hora de la luz.”

Evidentemente no es casual que sus súplicas se centren en lo mismo, la relación con Dios es vínculo, encuentro con el

otro, el pueblo. No se si es herejía y no podría hacerles decir a nuestros santos lo que no han dicho, pero estoy

convencido que la oración es comunitaria. La oración en nuestras casas, en el Centro Barrial es comunitaria,

celebramos en comunidad, oramos en comunidad, imploramos que Dios nos cuide, cuide de los que están en calle, los

que están presos, solos, andan tirados, están hospitalizados, en comunidad.

Si Dios se revela en el pueblo, ¿Por qué deberíamos comunicarnos con Él en la soledad? Si Dios no está ajeno a

la cotidianeidad, ¿Por qué la oración es en el silencio, apartados del “mundo” y no en medio de él? No hay un tiempo

personal de oración, porque la vida toda se hace oración.

Camino discernido

En el capítulo quinto el acento está puesto en aquello que nos impide andar por el camino de la santidad y

cómo hacer para seguir siendo fieles al llamado.

La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y

anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida. El

demonio no es un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea. Él nos envenena con el odio, con la tristeza, con la

envidia, con los vicios. Y así, mientras nosotros bajamos la guardia, él aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias y

nuestras comunidades. La pregunta quizá sea ¿Cuál es nuestro demonio? ¿Cuál es el de nuestra comunidad? Es tan fácil

creer que lo que hacemos y cómo lo hacemos es el mejor modo, que no hay nadie que lo haga mejor. Y es ese el lugar

donde se aprovecha para caer en la tentación y hacer las cosas para rédito personal y no hacer otra cosa más que

seguir dañando a los dañados, sufrientes. Mantenernos fieles, atentos. Desde nuestro espacio estamos convencidos

que el equipo es el que nos salva, pensar juntos, discernir, orar juntos.

¿Por qué el equipo es nuestro lugar de discernimiento? Roberto tiene 32 años. Su vida es de mucho dolor y

para ahogarlo suele utilizar alcohol. Sistemáticamente se encarga, de romper con las normas. Probamos, pensamos

miles de estrategias y él se encarga de romperlas. A veces dura más otras 5 minutos después de acordarlas con él.

Pensamos con él. Pensamos nosotros. Pareciera que nada sirve. Si bien pareciera que no le afecta, el equipo se ve

desmembrado, porque se ponen en juego las ansiedades personales, porque toca los dolores de uno mismo. Entonces

es cuando pensar juntos, discernir, orar es lo que nos anima a seguir acompañando, a seguir forzando los caminos que

a Roberto lo ayudarán a ser feliz y no sea el sentido común lo que prime. Si fuese por eso, Rober estaría colgado en una

plaza (debo confesar que ganas no faltan).

En este camino, el desarrollo de lo bueno, la maduración espiritual y el crecimiento del amor son el mejor contrapeso

ante el mal. Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al

Señor una entrega más bella.

El camino de la santidad es una fuente de paz y de gozo que nos regala el Espíritu, pero al mismo tiempo requiere que

estemos «con las lámparas encendidas» (Lc 12,35) y permanezcamos atentos.

¿Cómo hacer para no equivocarnos? ¿Cómo saber que si es de Dios o no lo es? La respuesta de Francisco es el

Discernimiento. Se hace tan necesario porque las opciones parecen todas buenas. Es buena la novedad, es bueno

seguir haciendo lo que hacíamos siempre, como lo hicimos siempre… San Ignacio decía que es de Dios aquello que nos

genera paz.

El discernimiento no solo es necesario en momentos extraordinarios, o cuando hay que resolver problemas graves, o

cuando hay que tomar una decisión crucial. Es un instrumento de lucha para seguir mejor al Señor. Nos hace falta siempre, para

estar dispuestos a reconocer los tiempos de Dios y de su gracia, para no desperdiciar las inspiraciones del Señor, para no dejar

pasar su invitación a crecer. Muchas veces esto se juega en lo pequeño, en lo que parece irrelevante, porque la magnanimidad se

muestra en lo simple y en lo cotidiano.

El discernimiento nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor,

para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones. Uno de los mártires palotinos oraba en la intimidad: “Concédeme

el escoger el justo medio. Que tu palabra llegue a todos” (Alfredo Kelly). La tarea para la cual hemos sido llamados no es

fácil, se opone a lo que el sentido común dicta, va contracorriente a lo que la sociedad nos invita. Y cuando todo parece

que está al revés, o nos dicen que está al revés, entramos en duda. ¿Dónde están las certezas? En el llamado, en la paz

que engendra saber que es donde tenemos que estar, porque es nuestro camino de santidad, porque es hacia la

felicidad, la humanización.

El discernimiento orante requiere partir de una disposición a escuchar: al Señor, a los demás, a la realidad misma que

siempre nos desafía de maneras nuevas. Solo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciar a su propio punto

de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas. Escuchar, suspendiendo el juicio, en comunidad,

humanizando y humanizándonos, amando y dejándonos amar, estando, con paciencia, esperanza, por el sólo hecho de

ser felices, ser santos y santas, porque es la respuesta al llamado.

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