Espiritualidad

Santos y Santas, nunca chupa cirios.

Santos y Santas, nunca chupa cirios

Por: Sebastián Ferrero

Este aporte no es verdad revelada, es un intento de aproximación de la exhortación apostólica del Papa

Francisco a la vida de nuestras comunidades, los centros barriales.

Fue pensado desde la simpleza que nos caracteriza, no porque el Papa escriba difícil, sino porque escribe para

la Iglesia toda. Y es necesario pensar sus palabras desde nuestros contextos, nuestra realidad y cotidianidad.

Seguramente habrá muchos otros y otras que podrían haberlo hecho con más certeza, pero ahí vamos. Ojalá sirva para

motivar el diálogo y ponernos a pensar, discernir que será lo que Dios nos está queriendo decir hoy a nosotros.

Exhortación apostólica es un mensaje que escribe el Papa a la comunidad de los católicos, dando indicaciones

concretas de algún tema en particular. El tema de este mensaje es GAUDETE ET EXSULTATE. Está escrito en latín,

porque es la lengua común en toda la Iglesia. Traducido significa: Alégrense y regocíjense. Desde el título me genera

una pregunta ¿De qué podemos alegrarnos y regocijarnos? ¿Hay motivos para alegrarnos? En los tiempos que vivimos,

la verdad que hay pocas razones, o las primero que pienso no son para alegrarse. Cada vez encuentro más gente en

calle; cientos de niños y niñas abandonados; adolescentes y adultos rotos por el alcohol, drogas; mujeres asesinadas,

violentadas; niños y jóvenes abusados, ultrajadas, vendidos, prostituidas… y la lista sigue.

En un negocio vas con unos billetes, y los cambias por otra cosa. Nos han hecho creer que los debemos

cambiar porque necesitamos esas otras cosas. Con Jesús no funciona así. No tenés que alegrarte y regocijarte porque

haya motivos. La alegría procede de una decisión que se hace camino, de un llamado personal, que se vive en

comunidad. Dios nos llama a ser Santos y Santas.

 Las luces de nuestro camino

El Papa dividió el mensaje en cinco capítulos. El primero está centrado en el llamado a la Santidad.

¿Qué implica el llamado a la santidad? No hay protocolos, ni fórmulas mágicas.

Cuando pensamos en santidad, lo que se nos viene a la cabeza es la perfección, la bondad en grado supremo.

Recuerdo de mi niñez la historia de San Lorenzo. Lo quemaron en una parrilla por ser cristiano. La tradición dice que

cuando estaba cocido de un lado, pidió que lo dieran vuelta. Para mí ser santo era un dolor inimaginable que no era

posible alcanzar. Te hacen vuelta y vuelta y ¿no te quejás?

La santidad no es para los perfectos, más parecidos a los héroes de las películas o historietas. Simplemente

porque no existen. El camino de la santidad es para los que se animan a responder, a andar, con las caídas, las heridas,

las miserias, pero dispuestos a construir el proyecto de Dios, dispuestos a ser testigos e iluminar el camino de otros.

Este camino, además, no es individual (¿hay algo que lo sea?). Si bien fue pensado para cada uno, no es para

transitarlo solos, se hace comunitario, se impone vivirlo con otros. No por mandato o por obligación, sino porque fue

soñado de ese modo.

Acompañando la vida de muchos pibes y pibas escuché decir que lo pueden manejar, que si se esfuerzan lo

lograrán, con la voluntad alcanza… y lo cierto es que no es posible. Si Dios nos quiere salvar como pueblo ¿por qué nos

empecinamos en intentar hacerlo solos?

El llamado es personal y es comunitario. La respuesta también tiene esa doble faz y ahí está la riqueza. No hay

distinción en torno a quiénes son los primeros, los mejores, los especializados. Desde todos lados y de diversos modos

Dios nos dice: “Somos todos iguales”. ¿Por qué nos cuesta tanto animarnos a vivirlo? ¿Qué es aquello que nos hace

ponernos en lugares distintos? ¿Nos pone a juzgar, pensar, decidir sobre otros? ¿Cómo no caer en la tentación de no

creer que somos los elegidos, que nuestra manera particular de ver la realidad es la única? Recuerdo a Miguel. Miguel

suele estar en las proximidades de la estación de Llavallol. Tiene olor a meses de falta de agua y jabón. Pero si huele a

Alcohol. Hace unos años lo dejaron literalmente cual bolsa de papas en la puerta del Centro Barrial. Uno de los

muchachos lo baño, lo secó y le ayudó a vestirse. Cenó y se fue a dormir. A la mañana pidió que lo lleváramos a su lugar

en la estación, que él no había pedido que lo trajeran ahí, no pidió que lo bañaran, ni que le dieran de comer. ¿Quién nos

hace pensar que lo que nosotros pensamos que es mejor para alguien, es lo que ese alguien desea?

Será tarea de los equipos de los centro barriales, de nuestras comunidades ser fieles y estar vigilantes para no

caer en las ansiedades personales, en ser orgullosos, en aparecer y parecer aquello que no somos, dominar y no

acompañar. Uno de los grande desafíos es no autoengañarnos y disfrazar lo no santo como si lo fuese.

¿Cómo es posible ello? El Papa nos responde con mucha claridad, “el llamado a la santidad cobra sentido pleno en

Jesús y sólo se entiende desde Él. Sólo desde Jesús comprendemos porque amar con el amor incondicional del Señor, porque Él

comparte su vida con nuestras frágiles vidas: «Su amor no tiene límites y una vez dado nunca se echó atrás. Fue incondicional y

permaneció fiel. Amar así no es fácil porque muchas veces somos tan débiles. Pero precisamente para tratar de amar como Cristo

nos amó, Cristo comparte su propia vida resucitada con nosotros. De esta manera, nuestras vidas demuestran su poder en

acción, incluso en medio de la debilidad humana.”

¿Para qué amar como Jesús nos ama? Podría decirles con exactitud el día que sentí encontrarme

personalmente con Jesús, sentirme amado profundamente y provocado a amar a todos, pero particularmente entre los

pobres. A pesar de ello, necesito volver diariamente a ese encuentro, porque las ganas de quedarme en mi lugar

confortable, no escuchar, no ver, no tocar el dolor del otro es diario también. ¿Cómo se hace para no compadecer?

¿Cómo lograr la “distancia óptima” para acompañar correctamente a alguien? Solo es posible recordando, dejando

pasar cotidianamente por el corazón, aquel amor primero, íntimo, incondicional, misericordioso, amoroso, tierno.

Amar como Jesús nos ama se comprende cuando se hace realidad el REINO. Nuestra misión es inseparable de

la construcción de ese REINO. “Nuestra identificación con Cristo y sus deseos, implica el empeño por construir, con él, ese reino

de amor, justicia y paz para todos. Cristo mismo quiere vivirlo con nosotros, en todos los esfuerzos o renuncias que implique, y

también en las alegrías y en la fecundidad que ofrece.”

Los santos son aquellos que nos iluminan el camino. No por su perfección, sino por su empecinamiento en

andar como pueblo. ¿Cuáles son los santos de nuestra comunidad? ¿Quiénes son ejemplo de camino? ¿Quiénes nos

alientan a seguir caminando? Los pibes, las pibas, los niños, las niñas ¿son rostro vivo de la presencia de Jesús, de su

seguimiento? ¿O sólo son los perfectos, los que mandan, coordinan, los curas o monjas? ¿Quiénes nos guían el camino?

¿Qué lugar tienen los mártires en nuestras comunidades? ¿Quiénes son? ¿Cuáles son nuestras santas? ¿Sólo las puras

y vírgenes? Yo me atreveré a presentarles una. Se llama Belén. Su historia es como muchas de las chicas que pasan por

nuestros centros barriales, como tantas que siguen ocultas, invisibilizadas. Belén está en pareja con Fernando. Es

mamá de Rocío. Belén es una gran amante. Hace que Fernando sea cada día mejor persona, lo potencia, lo impulsa,

hace brotar lo mejor de él. Ama profundamente a Rocío, es tierna, sencilla, atenta, madraza. Belén ilumina los espacios

donde está. Nos invita a compartir lo mejor que somos. Es una santa. Ilumina nuestras vidas, nuestra comunidad.

Un camino difícil

En el segundo capítulo, Francisco nos presenta dos enemigos de la santidad: El Gnosticismo y el Pelagianismo.

El gnosticismo centra la mirada en la razón, en el saber. Un filósofo francés llegó a dudar incluso que existía. Y

pudo saber que existía porque estaba pensando. La frase que lo lanzó al estrellato es: “Pienso, entonces existo”. Los

gnósticos dicen lo mismo de Dios… Si puedo saber de Dios, entonces debe existir.

Cuando la existencia de Dios depende de si puedo conocer, aparece el primer gran enemigo, DESENCARNAR a

Dios. Si Dios se desencarna, se deshumaniza, y si se deshumaniza, sólo es una idea. ¿Cuál es el riesgo que Dios se

deshumanice, sea sólo una idea? Es racionalizar todo. Si nuestra tarea se deshumaniza no duele, no afecta, no inquieta,

no cuestiona. La racionalización objetiva, cosifica.

Con quiénes caminamos no son cosas, no son un depósito de nuestras miradas y creencias. El otro es un

misterio, yo lo soy. Debemos ser cuidadosos en evitar que nos gane la ansiedad de tener todas las respuestas, todos

los caminos, las justificaciones y explicaciones. Amar profundamente al otro, implica no tener razones para amar. Es

alegrarnos que el otro exista. En la inauguración de la capilla de la comunidad Vida Nueva, en Glew, uno de los pibes

que colaboró, compartía que él es anarquista, y que en su concepción la Iglesia no entra, no tiene lugar, pero nadie lo

obligó a creer, pudo ser libre. Eso es posible solamente cuando te sentís amado. No hay condiciones, no hay juicio, hay

humanidad. Porque si no humaniza, no es amor.

Racionalizar el misterio, la sorpresa, la creatividad, la vida, es pretender dominarla. No disponemos del tiempo,

ni el lugar, ni las formas, sólo podemos ESTAR para que el misterio, la vida, se revele. Compartiendo la cena, con

personas en situación de calle, una practicante de la Universidad, me planteaba que la gente era muy reticente a

compartir lo que le pasaba. Mi respuesta fue una pregunta ¿por qué crees que alguien que recién te conoce compartiría

con vos su dolor? ¿Vos lo harías? Sólo podemos estar, permanecer, ser pacientes, acompañar, compartir. No para

esperar que el otro se anime a develar su ser más íntimo, sino para amarnos sin motivos, sin razón, vincularnos,

ligarnos y andar juntos, con nuestras debilidades, heridas.

Dice el Papa en el art 42 “Aun cuando la existencia de alguien haya sido un desastre, aun cuando lo veamos destruido

por los vicios o las adicciones, Dios está en su vida”. No hay control, hay vida y disposición para compartirla. No hay

protocolo. La vida fluye y se escapa a todo protocolo. Y cuando ello sucede las respuestas son vertiginosas, porque no

hay respuestas definitivas. Uno de los desafíos constantes es preguntarnos, cuestionarnos los modos, las formas. Para

ello el camino se hace escuchando atenta y amorosamente.

El otro enemigo de la santidad es el pelagianismo. Los pelagianos sólo confían en sus fuerzas y se sienten

superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a esas normas. Muchísimas

veces he escuchado a los pibes y pibas decir que ellos pueden manejar lo que consumen, que manejan sus vidas… yo

me he escuchado decirlo de mi. Y lo que he aprendido es que nada se puede solo. No basta, no alcanza con la sola

voluntad. Todo lo que vivimos, nos acontece e incluso decidimos no es por sola decisión personal, o por el deseo

personal. Vivimos en un contexto social, político, histórico, económico, cultural, vivimos con otros, caminamos con

otros. ¿Por qué pensar que las decisiones, lo que nos pasa se puede resolver por la sola voluntad?

Dice Francisco en el artículo 55 “Así como el supremo mandamiento del amor, esta verdad debería marcar nuestro

estilo de vida, porque bebe del corazón del Evangelio y nos convoca no solo a aceptarla con la mente, sino a convertirla en un

gozo contagioso. Pero no podremos celebrar con gratitud el regalo gratuito de la amistad con el Señor si no reconocemos que aun

nuestra existencia terrena y nuestras capacidades naturales son un regalo. Necesitamos «consentir jubilosamente que nuestra

realidad sea dádiva, y aceptar aun nuestra libertad como gracia”. Si nada de lo que creemos tener nos pertenece… ¿Qué

sentido tiene hacer depender lo que creemos poseer de nuestra voluntad, de nosotros?

“Muchas veces, en contra del impulso del Espíritu, la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en una

posesión de pocos. Esto ocurre cuando algunos grupos cristianos dan excesiva importancia al cumplimiento de determinadas

normas propias, costumbres o estilos” (artículo 58). ¿Cuán rígidas son nuestras normas, la del Centro Barrial? ¿Recibimos

la vida como viene o mediatizamos el ingreso? ¿Cualquiera puede entrar, permanecer? Muchas reuniones de equipo

pasan por pensar, evaluar, repensar las estrategias con todos y con cada uno de los y las pibes y pibas. Nunca las

estrategias son unidireccionales, nunca son acabadas. Es una tarea artesanal, no porque no sea profesional, sino

porque es pensada con cada uno, para cada uno, para todos. Cristian andaba mendigando que alguien lo ame. En el

Centro Barrial es amado, se permite que ello suceda. Pero teniendo una historia de tanto desamor, cuando te aman, la

cabeza nos juega una pasada muy loca, nos provoca a rechazar eso que tanto deseábamos. Cristian se anda

debatiendo entre dejarse amar, amarse y lastimarse. Cuando parece que ya tenemos el modo de ayudarlo, paf, a

pensar de nuevo, a pensar con él. Idas y vueltas, como un subi-baja. Lo que no cabe dudas es que seguimos yendo,

seguimos andando “… en cada hermano, especialmente en el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado, está presente la

imagen misma de Dios. En efecto, el Señor, al final de los tiempos, plasmará su obra de arte con el desecho de esta humanidad

vulnerable. Pues, «¿qué es lo que queda?, ¿qué es lo que tiene valor en la vida?, ¿qué riquezas son las que no desaparecen? Sin

duda, dos: El Señor y el prójimo”.

El mapa a la santidad

En el tercer capítulo empiezan las soluciones, el mapa por donde andar la santidad. El modo de ser santo son

las BIENAVENTURANZAS

Antes de seguir te invito que leas el pasaje de las Bienaventuranzas. Evangelio de Mateo, capítulo 5, 1-12.

Comienza diciendo… «Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». A la Palabra de

Dios se puede hacerle decir aquello que creemos que dice, o lo que es peor, interpretar para que fundamente lo que

pienso. Recuerdo con mucho dolor, una reunión con los hermanos de la congregación a la que pertencía. La discusión

era cuáles eran los pobres. ¿Eran los que estaban en los colegios de clase media, alta? ¿O eran los estaban en las

márgenes, ahí donde como congregación no nos atrevíamos a estar? Hoy puedo decir que era una discusión al estilo de

los gnósticos. Razones había por demás. Pero, nunca pudimos ir y escuchar la Palabra. Ella misma nos da la respuesta

“…¡Vengan los bendecidos por mi Padre! Tomen posesión del reino que ha sido preparado para ustedes desde el

principio del mundo. Porque tuve hambre y ustedes me alimentaron; tuve sed y ustedes me dieron de beber. Pasé

como forastero y ustedes me recibieron en su casa. Anduve sin ropas y me vistieron. Estaba enfermo y fueron a

visitarme. Estuve en la cárcel y me fueron a ver (Mt 25, 34-36)”.

Entonces, como comunidad ¿recibieron al forastero, le dieron de comer al hambriento, de beber al sediento,

vistieron al desnudo, visitaron al enfermo, fueron a ver a los presos? Yendo más profundo ¿quiénes se acercan al

centro barrial? ¿Los hambrientos y sedientos? ¿Los forasteros y desnudos? ¿Los enfermos y presos?

¿Pero por qué ellos? En el artículo 68 dice: “Las riquezas no te aseguran nada. Es más: cuando el corazón se siente

rico, está tan satisfecho de sí mismo que no tiene espacio para la Palabra de Dios, para amar a los hermanos ni para gozar de las

cosas más grandes de la vida. Así se priva de los mayores bienes. Por eso Jesús llama felices a los pobres de espíritu, que tienen el

corazón pobre, donde puede entrar el Señor con su constante novedad”.

«Felices los mansos, porque heredarán la tierra». En tiempos donde el orgullo y la vanidad se imponen, donde cada uno

se cree con el derecho de alzarse por encima de los otros, el camino a la felicidad nos invita mirar a los otros con

ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que nadie. Acompañar con paciencia, a la espera de aquello que el otro

pueda, quiera. Erick paso por mil lugares de internación, volvía a la calle, a la casa. Pasaron años, hasta que pudo

empezar a pensarse desde otro lugar, en otro lugar. Se permitió darle lugar a sus hijos, al amor, a divertirse, a disfrutar

y ser feliz…

«Felices los que lloran, porque ellos serán consolados» El mundo nos propone el entretenimiento, el disfrute, la

distracción, la diversión, y nos dice que eso es lo que hace buena la vida. Lo bueno de la vida ¿Sólo son un modo de

tapar el dolor, la angustia? Una cosa no quita la otra. La diversión, el disfrute no son dañinos en si mismos. Ni el

sufrimiento en sí mismo es productivo. Estamos llamados a dejarnos traspasar por el dolor para tocar las

profundidades de la vida, los propios dolores, lo de otros, compadeciéndonos.

«Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados» Hambre y sed son necesidades

primeras, como la justicia. Pero no la justicia mezquina que se ve manipulada siempre por algún tipo de interés, sino

aquella que termina buscando la justicia para los pobres y débiles. En el libro de Isaías dice: «Busquen la justicia,

socorran al oprimido, protejan el derecho del huérfano, defiendan a la viuda» (Is 1,17). Escuchaba un gremialista que en

su gremio, el que más aporta, porque tiene más ingresos, tiene más derechos que el resto de los miembros de su

gremio… Pensaba que si en todos nuestros ámbitos fuese de la misma manera estaríamos como estamos. Habiendo

tantas diferencias, para nosotros justicia, se llama equidad. Ser equitativo es dar a cada uno según le corresponda para

que seamos iguales. Entonces quienes más desprotegidos, serán los que más justicia necesiten. No más represión,

más control, más mano dura. Más derechos, más posibilidades.

«Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». Con los pibes y pibas en calle aprendí que nada es

azaroso. Ellos no nacieron de un repollo, no los pusieron de un día para otro en la calle. Hay una historia, razones,

circunstancias que son personales, pero que por sobre todas las cosas son comunitarias. Lorena no está en la calle

porque no le quedó otra, sino porque la familia no pudo contenerla, no lo pudo hacer el barrio, los vecinos, el estado.

Salís al encuentro y eso implica una primera predisposición, porque comprendés que fallaron un montón de

personas, de estructuras. Acogés al otro y adentrándote en su historia, si te deja hacerlo, comprendés, perdonás en

nombre de todos los ausentes, los que no se animaron, los que les dio miedo.

«Felices los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios» Dice el Papa que “…Esta bienaventuranza se refiere a quienes

tienen un corazón sencillo, puro, sin suciedad.” Muchas veces esto mismo se ha transformado en un arma de doble filo, ha

generado mucho daño y lo sigue haciendo. Está instalado, construido que hay que ayudar a los otros, y eso no está mal.

El problema es cómo lo hacemos, porqué lo hacemos. Con buenas intenciones se hace mucho mal. Pensar que porque

tuvimos otras posibilidades, otros recursos sabemos lo que el otro necesita y debe hacer, es un grave error. Todos

debemos tener la posibilidad de ser felices. Nuestro llamado es a generar las posibilidades, pero sólo desde el amor,

atravesados por amor.

“Es cierto que no hay amor sin obras de amor, pero esta bienaventuranza nos recuerda que el Señor espera una entrega

al hermano que brote del corazón, ya que «si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las

llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría» (1 Co 13,3).

«Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» Los pacíficos son fuente de paz, construyen

paz y amistad social. A esos que se ocupan de sembrar paz en todas partes, Jesús les hace una promesa hermosa: «Ellos serán

llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). Si en alguna ocasión en nuestra comunidad tenemos dudas acerca de lo que hay que hacer,

«procuremos lo que favorece la paz» (Rm 14,19).

No es fácil construir esta paz evangélica que no excluye a nadie sino que integra también a los que son algo extraños, a

las personas difíciles y complicadas, a los que reclaman atención, a los que son diferentes, a quienes están muy golpeados por la

vida, a los que tienen otros intereses. Es duro y requiere una gran amplitud de mente y de corazón, ya que no se trata de «un

consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz»[75], ni de un proyecto «de unos pocos para unos pocos»[76].

Tampoco pretende ignorar o disimular los conflictos, sino «aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de

un nuevo proceso»[77]. Se trata de ser artesanos de la paz, porque construir la paz es un arte que requiere serenidad, creatividad,

sensibilidad y destreza. Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad. Más cerca de lo que hacemos todos los días, sería

casualidad, pero no lo es.

«Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos» Jesús mismo remarca que

este camino va a contracorriente hasta el punto de convertirnos en seres que cuestionan a la sociedad con su vida,

personas que molestan. Si no queremos sumergirnos en una oscura mediocridad no pretendamos una vida cómoda, porque

«quien quiera salvar su vida la perderá» (Mt 16,25). Hace unos años, en torno a la mesa, en una comunidad religiosa, un

hermano me dijo que yo necesitaba a los pobres, porque sino no sabría que hacer. Fue doloroso y sigue siéndolo,

porque ser rechazado, incomprendido, por los que creía hermanos de comunidad, con los que compartís la vida, con los

que confiar. Una cosa es ser rechazado, otra es ser amenazado, pero el dolor debe ser igual de profundo.

Montones de veces derivan pibes y pibas a nuestras casas, algo así como derivar una llamada de teléfono. No

saben sus nombres, no saben que les pasa, ni porque están ahí parados delante de ellos. Lo que saben es que el

problema es de otro, u otro deberá tener la solución. Y es tan frecuente que hasta dudás del modo en que hacés las

cosas.

El llamado es a seguir amando, siendo justos, compasivos, mansos, pacientes, acogedores, sensibles, tenaces.

¿Tarea fácil? Esa ya no es una pregunta acorde. Lo más cercano es preguntarnos ¿Somos felices?

En el artículo 95 el Papa nos ofrece a través del capítulo 25 del evangelio de Mateo (vv. 31-46), el protocolo

para ser santos, seremos juzgados: «Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, fui

forastero y me hospedaste, estuve desnudo y me vestiste, enfermo y me visitaste, en la cárcel y viniste a ver» (25,35-

36).

Decía san Juan Pablo II que «si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que

saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse»

“Cuando encuentro a una persona durmiendo a la intemperie, en una noche fría, puedo sentir que ese bulto es un

imprevisto que me interrumpe, un delincuente ocioso, un estorbo en mi camino, un aguijón molesto para mi conciencia, un

problema que deben resolver los políticos, y quizá hasta una basura que ensucia el espacio público. O puedo reaccionar desde la

fe y la caridad, y reconocer en él a un ser humano con mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre, a una

imagen de Dios, a un hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos! ¿O acaso puede entenderse la santidad al margen

de este reconocimiento vivo de la dignidad de todo ser humano?”

Esto implica para los cristianos una sana y permanente insatisfacción. Aunque aliviar a una sola persona ya

justificaría todos nuestros esfuerzos, eso no nos basta. Los Obispos de Canadá decían que no se trata solo de realizar

algunas buenas obras sino de buscar un cambio social: «Para que las generaciones posteriores también fueran

liberadas, claramente el objetivo debía ser la restauración de sistemas sociales y económicos justos para que ya no

pudiera haber exclusión».

No podemos plantearnos un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo, donde unos festejan,

gastan alegremente y reducen su vida a las novedades del consumo, al mismo tiempo que otros solo miran desde

afuera mientras su vida pasa y se acaba miserablemente.

Los pingos se ven en la cancha

En el cuarto capítulo se describen cinco grandes manifestaciones del amor a Dios y al prójimo que considera el

Papa de particular importancia.

Aguante, paciencia y mansedumbre. La primera de estas grandes notas es estar centrado, firme en torno a Dios que ama y

que sostiene. Desde esa firmeza interior es posible aguantar, soportar las contrariedades, los vaivenes de la vida, y también las

agresiones de los demás, sus infidelidades y defectos: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (Rm 8,31). Es

la fidelidad del amor, porque quien se apoya en Dios (pistis) también puede ser fiel frente a los hermanos (pistós), no los abandona

en los malos momentos, no se deja llevar por su ansiedad y se mantiene al lado de los demás aun cuando eso no le brinde

satisfacciones inmediatas. Entré a la catedral de Lomas y Santiago (hasta el momento no sabía que se llamaba así) me

dice ¿Vos sos Seba? Tengo que hablar con vos. La pregunta es ¿cómo me conoce? Uno de los curas lo mandó a hablar

conmigo porque él estaba en calle. Desde cáritas le consiguieron el pasaje para volverse a su provincia natal. A todos

les ganó la ansiedad por encontrar una solución, o deshacerse del problema. Al día siguiente Santiago intentó cambiar

el pasaje, desapareció.

En el acompañar vidas tan rotas, tan heridas, se impone aguantar los arrebatos de ira, bronca, ganas de

solución, ganas de que el que está delante mío no está más. Si el otro deja de ser una molestia y se transforma en otro

nos exige paciencia para esperar que pueda animarse a otra cosa, en caso que pueda y quiera, brindando opciones,

alternativas. El dueño de la pelota no soy yo, es el otro. Por eso la paciencia no se entiende sin mansedumbre. Cuando

perdemos la paciencia, soy yo el que se impone, no el otro. Y cuando ello sucede dice Francisco: “No nos hace bien mirar

desde arriba, colocarnos en el lugar de jueces sin piedad, considerar a los otros como indignos y pretender dar lecciones

permanentemente.”

No estamos llamados a “sacar” a nadie de ningún lado, ni de la droga, ni de la violencia, ni de la miseria, ni la

pobreza. Si así fuera, bastante mal lo hacemos… basta mirar las estadísticas. “Nuestra tarea no es buscar la seguridad

interior en los éxitos, en los placeres vacíos, en las posesiones, en el dominio sobre los demás o en la imagen social”. El llamado

es a amar, estar, acompañar.

Alegría y sentido del humor. “Lo dicho hasta ahora no implica un espíritu apocado, tristón, agriado, melancólico, o un bajo perfil

sin energía. El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu

positivo y esperanzado.”

¿Hay manera de estar en el centro barrial sin alegría y sin buen humor? ¿Es posible tener alegría en el contexto

que vivimos? ¿Es posible tener buen humor después de escuchar y acompañar la vida de tantos pibes y pibas tan

destruidos? Quizá nos toca aprender de aquellos mismos que acompañamos… acompañando a personas en calle he

aprendido muchas cosas, entre ellas, que a pesar de la vida que te toca vivir, de las circunstancias en las que estás,

siempre hay motivos para celebrar, para estar alegre… el cumpleaños, salir de estar preso, volver a estar con los hijos,

reconciliarte con tu familia, que alguien se tome unos minutos y te pregunte cómo estás, que te den un abrazo sin

motivo, recibir un abrigo cuando la temperatura llega casi a cero. ¿Qué motivos tenés para estar alegre en el centro

barrial?

“No estoy hablando de la alegría consumista e individualista. Me refiero más bien a esa alegría que se vive en comunión,

que se comparte y se reparte, porque «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,35) y «Dios ama al que da con alegría» (2 Co

9,7). El amor fraterno multiplica nuestra capacidad de gozo, ya que nos vuelve capaces de gozar con el bien de los otros.

Audacia y fervor. La santidad es parresía: es audacia, es empuje evangelizador que deja una marca en este mundo. Para que sea

posible, el mismo Jesús viene a nuestro encuentro y nos repite con serenidad y firmeza: «No tengan miedo» (Mc 6,50). Estas

palabras nos permiten caminar y servir con esa actitud llena de coraje que suscitaba el Espíritu Santo en los Apóstoles y los

llevaba a anunciar a Jesucristo. Audacia, entusiasmo, hablar con libertad, fervor apostólico, todo eso se incluye en el vocablo

parresía, palabra con la que la Biblia expresa también la libertad de una existencia que está abierta, porque se encuentra

disponible para Dios y para los demás. Apertura, libertad, coraje, audacia… sin temor. ¿Cuáles son tus miedos? Alguna vez

me pregunté, lo pregunté a los compañeros ¿La vida la tenemos empeñada en el acompañamiento de estos pibes y

pibas? Le di vueltas, busqué atajos, y nada. Jesús nos llamó, respondimos y nos quedamos prendados. No queda

chance a los términos medios. Como he dicho más de una vez… cuando te encontrás con alguien hay dos opciones; o

hacés como que no sucedió o te hacés cargo… no hacerse cargo del otro, sino hacerte cargo que es el otro que nos

impulsa ineludiblemente a AMAR.

El beato Pablo VI mencionaba, entre los obstáculos de la evangelización, precisamente la carencia de parresía: «La falta

de fervor, tanto más grave cuanto que viene de dentro». La comodidad es una gran tentación. Y la comodidad te invita todo

el tiempo a cerrar las puertas, las ventanas de la vida, de las instituciones, del centro barrial. Es más cómodo poner

condiciones para ingresar qué sólo buscan quedarnos con los “más bueno, los más tranquilos”… ¡es más cómodo!

Obvio. ¿Es a donde Jesús nos llama a estar? Pues no, No es que hay que sufrir, hay que estar y caminar con aquellos

que más han sufrido y sufren. ¿Por qué son buenos? No, porque fuimos amados primero.

Miremos a Jesús: su compasión entrañable no era algo que lo ensimismara, no era una compasión paralizante, tímida o

avergonzada como muchas veces nos sucede a nosotros, sino todo lo contrario. Era una compasión que lo movía a salir de sí con

fuerza para anunciar, para enviar en misión, para enviar a sanar y a liberar. Reconozcamos nuestra fragilidad pero dejemos que

Jesús la tome con sus manos y nos lance a la misión. Somos frágiles, pero portadores de un tesoro que nos hace grandes y que

puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban. La audacia y el coraje apostólico son constitutivos de la misión. Somos

frágiles, débiles, estamos heridos y nos encontramos con otros heridos y heridas, para juntos animarnos a construir y

vivir en comunidad, a construir el reino. Somos sanadores heridos, y heridos que necesitan sanación. No hay perfección.

Somos llamados a la santidad, sanando las heridas, dejándonos que nos sanen. La receta… el AMOR.

Como el profeta Jonás, siempre llevamos latente la tentación de huir a un lugar seguro que puede tener muchos

nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas

ya prefijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas. Tal vez nos resistimos a salir de un territorio que nos era

conocido y manejable. Sin embargo, las dificultades pueden ser como la tormenta, la ballena, el gusano que secó el ricino de

Jonás, o el viento y el sol que le quemaron la cabeza; y lo mismo que para él, pueden tener la función de hacernos volver a ese

Dios que es ternura y que quiere llevarnos a una itinerancia constante y renovadora. Durante dos años estuve en una

comunidad donde nunca me sentí acogido, al contrario rechazado. Me ofrecí a ir a compartir la vida a Perú y Brasil,

porque sabía que en esos lugares estaban entre los pobres (no porque no los hubiese en Argentina). El primer año me

dijeron que no. Al año siguiente me dijeron que podía irme a Perú. Tarde una semana en decidirlo. Cuando estaba en el

avión, rumbo a Lima, me decía: ¿Qué hago acá? ¿mejor me vuelvo? Más vale malo conocido que malo por conocer. Lo

cierto era que iba por un año y me quedé cuatro. La novedad da miedo, asusta, hasta que te animás a la aventura.

Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia

las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la

apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida. ¡Dios no

tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no le teme a las periferias. Él mismo se hizo

periferia (cf. Flp 2,6-8; Jn 1,14). Por eso, si nos atrevemos a llegar a las periferias, allí lo encontraremos, él ya estará allí. Jesús nos

primerea en el corazón de aquel hermano, en su carne herida, en su vida oprimida, en su alma oscurecida. Él ya está allí.

La costumbre nos seduce y nos dice que no tiene sentido tratar de cambiar algo, que no podemos hacer nada frente a

esta situación, que siempre ha sido así y que, sin embargo, sobrevivimos. Desafiemos la costumbre, abramos bien los ojos y los

oídos, y sobre todo el corazón, para dejarnos descolocar por lo que sucede a nuestro alrededor y por el grito de la Palabra viva y

eficaz del Resucitado.

Nos moviliza el ejemplo de tantos sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos que se dedican a anunciar y a servir con gran

fidelidad, muchas veces arriesgando sus vidas y ciertamente a costa de su comodidad. Su testimonio nos recuerda que la Iglesia

no necesita tantos burócratas y funcionarios, sino misioneros apasionados, devorados por el entusiasmo de comunicar la

verdadera vida. Los santos sorprenden, desinstalan, porque sus vidas nos invitan a salir de la mediocridad tranquila y

anestesiante.

Desde los Centros Barriales nos atraviesa el “Recibir la vida como viene” mandato amoroso, horizonte y

espolón para seguir andando. Es tan desafiante que no cabe la posibilidad de estancarnos. Por ello se hace

imprescindible estar atentos, vigilantes, en constante discernimiento de que hacemos, cómo lo hacemos, pensando y

repensando nuestras prácticas, probando y desarmando estrategias, para acoger, recibir, abrazar, acompañar y seguir

amando. Escuché montones de veces que la calle no es un lugar para vivir, lo comparto, pero después de tantos años

saliendo al encuentro con las personas que están en calle, descubro que es mi lugar en el mundo. Es contradictorio,

pero es un llamado a desinstalarse continuamente, porque es una vida de interperie, un lugar de paso, no hay dueños,

es de todos y no es de nadie, el espacio público que invita a la corresponsabilidad pero que se plasma en el no mirar, no

involucrarse, naturalizar. Teresa Parodi dice en una de sus canciones “La vida reclama” ¿Qué harás? ¿Respondés al

reclamo, callás, te hacés el sordo/a? ¿Recibimos?

En comunidad

La santificación es un camino comunitario, de dos en dos.

La comunidad está llamada a crear ese «espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor

resucitado». Compartir la Palabra y celebrar juntos la Eucaristía nos hace más hermanos y nos va convirtiendo en comunidad

santa y misionera.

La comunidad que preserva los pequeños detalles del amor[107], donde los miembros se cuidan unos a otros y

constituyen un espacio abierto y evangelizador, es lugar de la presencia del Resucitado que la va santificando según el proyecto

del Padre.

Desde esta estructura donde lo que vale es lo que tenés, lo que podés consumir, tener éxito, salvarte vos y tus

cercanos, pensarnos desde la comunidad no es una posibilidad. Ahora cuando nos pensamos desde otra mirada, hacia

otro horizonte, no cabe la posibilidad de reinserción, porque lo que se impone es un nuevo modo de vivir. Si bien no es

nuevo, la comunidad se hace el modo. No un rejunte, sino más bien una nueva estructura. ¿Estamos disponibles para

ello? ¿Será el salto que debemos dar ahora?

En oración constante

Finalmente, aunque parezca obvio, recordemos que la santidad está hecha de una apertura habitual a la trascendencia,

que se expresa en la oración y en la adoración. El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios.

Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por

Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor.

No obstante, para que esto sea posible, también son necesarios algunos momentos solo para Dios, en soledad con él. Y

yo… ¿Cuándo tengo vida personal?

Francisco nos dice que es obvio el tiempo de oración, que se hace imperioso estar unidos a Dios, comunicados

con él. ¿Pero es un tiempo personal exclusivamente? ¿Es un tiempo particular, de silencio, distancia del “mundo”?

Pensaba en aquellos santos que fueron marcando nuestro modo de mirar, de hacer. Monseñor Angelelli oraba: “Mi vida

fue como el arroyo… anunciar el aleluya a los pobres y pulirse en el interior; canto rodado con el pueblo y silencios de

“encuentros”… contigo… solo… Señor.”. El santo Carlo Mujica también oraba: “Señor: quiero quererlos por ellos y no por

mí. Señor: quiero morir por ellos, ayúdame a vivir para ellos. Señor: quiero estar con ellos a la hora de la luz.»

Evidentemente no es casual que sus súplicas se centren en lo mismo, la relación con Dios es vínculo, encuentro con el

otro, el pueblo. No se si es herejía y no podría hacerles decir a nuestros santos lo que no han dicho, pero estoy

convencido que la oración es comunitaria. La oración en nuestras casas, en el Centro Barrial es comunitaria,

celebramos en comunidad, oramos en comunidad, imploramos que Dios nos cuide, cuide de los que están en calle, los

que están presos, solos, andan tirados, están hospitalizados, en comunidad.

Si Dios se revela en el pueblo, ¿Por qué deberíamos comunicarnos con Él en la soledad? Si Dios no está ajeno a

la cotidianeidad, ¿Por qué la oración es en el silencio, apartados del “mundo” y no en medio de él? No hay un tiempo

personal de oración, porque la vida toda se hace oración.

Camino discernido

En el capítulo quinto el acento está puesto en aquello que nos impide andar por el camino de la santidad y

cómo hacer para seguir siendo fieles al llamado.

La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y

anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida. El

demonio no es un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea. Él nos envenena con el odio, con la tristeza, con la

envidia, con los vicios. Y así, mientras nosotros bajamos la guardia, él aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias y

nuestras comunidades. La pregunta quizá sea ¿Cuál es nuestro demonio? ¿Cuál es el de nuestra comunidad? Es tan fácil

creer que lo que hacemos y cómo lo hacemos es el mejor modo, que no hay nadie que lo haga mejor. Y es ese el lugar

donde se aprovecha para caer en la tentación y hacer las cosas para rédito personal y no hacer otra cosa más que

seguir dañando a los dañados, sufrientes. Mantenernos fieles, atentos. Desde nuestro espacio estamos convencidos

que el equipo es el que nos salva, pensar juntos, discernir, orar juntos.

¿Por qué el equipo es nuestro lugar de discernimiento? Roberto tiene 32 años. Su vida es de mucho dolor y

para ahogarlo suele utilizar alcohol. Sistemáticamente se encarga, de romper con las normas. Probamos, pensamos

miles de estrategias y él se encarga de romperlas. A veces dura más otras 5 minutos después de acordarlas con él.

Pensamos con él. Pensamos nosotros. Pareciera que nada sirve. Si bien pareciera que no le afecta, el equipo se ve

desmembrado, porque se ponen en juego las ansiedades personales, porque toca los dolores de uno mismo. Entonces

es cuando pensar juntos, discernir, orar es lo que nos anima a seguir acompañando, a seguir forzando los caminos que

a Roberto lo ayudarán a ser feliz y no sea el sentido común lo que prime. Si fuese por eso, Rober estaría colgado en una

plaza (debo confesar que ganas no faltan).

En este camino, el desarrollo de lo bueno, la maduración espiritual y el crecimiento del amor son el mejor contrapeso

ante el mal. Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al

Señor una entrega más bella.

El camino de la santidad es una fuente de paz y de gozo que nos regala el Espíritu, pero al mismo tiempo requiere que

estemos «con las lámparas encendidas» (Lc 12,35) y permanezcamos atentos.

¿Cómo hacer para no equivocarnos? ¿Cómo saber que si es de Dios o no lo es? La respuesta de Francisco es el

Discernimiento. Se hace tan necesario porque las opciones parecen todas buenas. Es buena la novedad, es bueno

seguir haciendo lo que hacíamos siempre, como lo hicimos siempre… San Ignacio decía que es de Dios aquello que nos

genera paz.

El discernimiento no solo es necesario en momentos extraordinarios, o cuando hay que resolver problemas graves, o

cuando hay que tomar una decisión crucial. Es un instrumento de lucha para seguir mejor al Señor. Nos hace falta siempre, para

estar dispuestos a reconocer los tiempos de Dios y de su gracia, para no desperdiciar las inspiraciones del Señor, para no dejar

pasar su invitación a crecer. Muchas veces esto se juega en lo pequeño, en lo que parece irrelevante, porque la magnanimidad se

muestra en lo simple y en lo cotidiano.

El discernimiento nos lleva a reconocer los medios concretos que el Señor predispone en su misterioso plan de amor,

para que no nos quedemos solo en las buenas intenciones. Uno de los mártires palotinos oraba en la intimidad: “Concédeme

el escoger el justo medio. Que tu palabra llegue a todos” (Alfredo Kelly). La tarea para la cual hemos sido llamados no es

fácil, se opone a lo que el sentido común dicta, va contracorriente a lo que la sociedad nos invita. Y cuando todo parece

que está al revés, o nos dicen que está al revés, entramos en duda. ¿Dónde están las certezas? En el llamado, en la paz

que engendra saber que es donde tenemos que estar, porque es nuestro camino de santidad, porque es hacia la

felicidad, la humanización.

El discernimiento orante requiere partir de una disposición a escuchar: al Señor, a los demás, a la realidad misma que

siempre nos desafía de maneras nuevas. Solo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciar a su propio punto

de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas. Escuchar, suspendiendo el juicio, en comunidad,

humanizando y humanizándonos, amando y dejándonos amar, estando, con paciencia, esperanza, por el sólo hecho de

ser felices, ser santos y santas, porque es la respuesta al llamado.

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