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Con la mirada en las niñas y los niños

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Con la mirada en las niñas y los niños

El Hogar de Cristo con la mirada en las niñas y los niños

Comenzando a hilvanar ideas sobre las infancias

 

Este documento es el resultado de un trabajo de relevamiento del Equipo de Niñez de las prácticas, concepciones y opiniones de los equipos de la Familia Grande Hogar de Cristo que,  hasta el momento de su realización, llevaban  trazados diversos recorridos en este tema tan preciado en nuestro sentir, pensar y actuar como comunidad. Fueron participes los equipos de Negro Manuel (Constitución), Madre Teresa (General Rodríguez), Carlos Mujica (Villa 31), Alberto Hurtado (Villa 21/24) y Don Bosco (Villa 1-11-14).

Lo compartimos con la finalidad de plantar unas primeras semillas que nos permitan ir construyendo un sentir común frente a las infancias: proponemos mirar a los niños y niñas  que llegan junto a los adultos y adultas que acompañamos, como sujetos de derechos, personas en crecimiento, y trabajar con ellas, justamente desde allí, desde su identidad de niño o niña en cuya base siempre hay un alto monto de creatividad, capacidad de recuperación en la adversidad o resiliencia, transformación, juego, imaginación,  magia, curiosidad, ternura y alegría.

Más allá de esta posición que parece poética pero es filosófica, ética y hasta metodológica, pretendemos focalizar hacia nuestro hacer cotidiano que con sus ferocidades, inmediateces y urgencias pocas veces nos permite preguntarnos: ¿Qué hacemos? ¿Cómo lo hacemos? ¿Desde qué concepción de niñez y familia? ¿Cómo damos cuenta de la centralidad de los Derechos de niños, niñas y adolescentes? Y, fundamentalmente, haciéndonos cargo de nuestra espiritualidad: ¿Qué significa entre nosotros el desafío que Jesús nos deja en Mateo 19:14 cuando nos dice-Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos?

Vale decir entonces, que nuestra mirada integral de las personas que acompañamos,  incluye considerar todos sus vínculos lo que nos lleva a involucrarnos también con sus hijas e hijos. Por eso queremos pensar juntos sobre nuestra tarea en relación con  estas niñas y niños del Hogar de Cristo y las adultas y adultos que están a cargo de ellos[1].

La primera impronta de nuestro hacer con la niñez es que siempre está derivado de nuestra preocupación por los adultos y adultas que acompañamos, también, en sus roles de padre o madre.  Creemos desde allí, que vale la pena reflexionar sobre nuestro modo diferencial de acompañar, según nuestra especificidad  y las maneras particulares en que podemos hacerlo, dadas las realidades vinculares que viven las familias en los diferentes contextos en que se encuentra el Hogar y sus vidas cotidianas.

Desde su inicio, el Hogar de Cristo necesitó tiempo para poder pensar en las niñas y los niños y  generar dispositivos específicos para ellos. Esta necesidad de tiempo puede ser que se reedite en cada Centro Barrial nuevo. Es decir, es probable que desde su creación cada uno de los Centros Barriales requiera de  un lapso temporal  hasta llegar a estar en condiciones de  poner su mirada también en las niñas y niños.

Es necesario aclarar nuevamente que nuestra intención al compartir este texto es la de poder transmitir la experiencia de unos centros barriales a otros, sin pretender compartir  recetas, porque no las hay; sino más bien, plantearnos: ¿qué es para nosotros acompañar el vínculo de las madres y padres con sus hijas e hijos? ¿Cómo  nos paramos frente a esa  relación? En nuestra tarea cotidiana ¿Buscamos resolver rápidamente las tensiones existentes o fortalecer el vínculo entre ellos? ¿Cuál es el diferencial que nos permite sostener situaciones tan complejas, y  tan cargadas de tensión en nuestros Centros Barriales con miras a fortalecer los vínculos?

Más allá de las cuestiones técnicas que los expertos en infancias pueden aportar, sabemos que, frente a la paternidad o maternidad de nuestros acompañados y acompañadas y, en especial, frente a los niños y niñas que sufren y se expresan de algún modo en nuestros Hogares nuestro corazón se estruja, las seguridades desaparecen y esas ojos pequeños que nos interpelan o huyen nos hacen sentir muchas veces, qué no sabemos qué hacer.

Pues entonces,  el mejor camino es recurrir al amor y  los consejos para asistir a niños y niñas en crisis emocional. El primer paso es buscarles la mirada desde su misma altura, abrazarlos fuertemente de modo que se sienta “sujetado” y, si hay llanto, dejarlo rodar por un minuto, luego repetir –Respira con fuerza y saca el aire por la nariz, tantas veces como sea necesario para terminar la congoja  y allí dar el salto a la imaginación con alguna pregunta que lo haga conectar con algo bello para él o ella: Por dar un ejemplo: -¿El domingo tenés partido en la canchita? ¿Si viniera un mago y te ofreciera llevarte a un lugar que te guste mucho adónde irías? O algo vinculado con festejos o eventos de su vida que se tenga constancia de que fueron a serán gratos para él o ella. Lo importante es dar lugar, alojar y, en lo posible, poner palabras que expliquen lo que pasa en la situación que está viviendo en el momento para que  a su modo experimente “ un comprender”  permita bajar el temor y desconectar emocionalmente de la situación, por lo menos, mientras esté jugando o a nuestro cuidado;  Compartir con él o ella cuentos, juegos, dibujos, bailes o cantos suelen ser sencillas pautas con gran efecto aliviador y que cualquiera puede realizar aunque no sea experto en infancia.

Por otro lado, vale la recomendación de sentido común de siempre que se pueda,  evitar   que presencien situaciones de sus padres que puedan avergonzarlos/as o hacerles sentir miedo., pudor o pena.

 

¿Por qué  y cómo recibimos a las niñas y niños a cargo de las/los adultas/os que acompañamos?

Como Hogar de Cristo nos proponemos “recibir la vida como viene”, la vida de personas que tienen problemas de consumo. Al recibirlas, ponemos en el centro a la persona no al consumo, no trabajamos sobre él. No nos definimos por la temática que trabajamos, sino por la calidad del vínculo que generamos buscando “La comunión real con el otro”[2]. En nuestro acompañamiento vemos integralmentea la persona teniendo en cuenta todas sus dimensiones y todos sus vínculos.

Esa mirada integral se contrapone a una compartimentada, fragmentada de quienes ven solamente el psiquismo –o salud mental-, el cuerpo físico o ciertas problemáticas o causas judiciales. Las características de la exclusión social hacen que se requiera de una respuesta integral. Las distintas instituciones que, en general, están especializadas en una temática, dan respuesta a una necesidad específica[3]. Por eso el Hogar de Cristo entiende que debe mirar a la persona integralmente y ayudar a generar una red entre las distintas instituciones a través del Centro Barrial. No reemplazamos a ninguna de ellas, todo lo contrario, intentamos potenciar su valioso e irremplazable trabajo. Esta red, a medida que pasa el tiempo, comienza a dar paso a una trama de relaciones entre personas, no ya sólo instituciones, y cada una desde su lugar trabaja con miras a la inclusión.  Perseguimos el ideal de posibilitar con nuestro hacer grupos de personas reunidas en la cultura del encuentro.

Porque en el día a día, muchas veces perdemos de vista  que trabajamos permanentemente con personas adultas y niños y niñas que entrelazan su supervivencia en una lucha descarnada y desigual en un juego de fuerzas siempre en tensión que “los pone y saca” en el devenir de la dinámica inclusión – exclusión; fenómeno que se da en  el territorio,  las instituciones, el consumo de bienes y servicios,  los grupos sociales y las propias familias.

Vislumbramos aquí un alerta  hacia nuestro interior porque  esta Cultura que descarta a mansalva a los y las  que “no entren en sus respuestas”, es intrínsecamente un modo de ser la cultura contemporánea y los tipos de vínculos que se establecen en ella.

A nuestro pesar, vemos que ese “modus operandi” se intenta reproducir en cada espacio social porque, lamentablemente, el interjuego inclusión-exclusión pervive amenazante en las sombras de nuestros Hogares y, por qué no decirlo, de nuestros corazones, disfrazado de miedo, principio moral o norma de convivencia.

Una vez más no encontramos recetas pero nos tomamos de la humildad para estar atentos, firmes, apoyados en Dios y en los otros y las otras, para revisar nuestra práctica y seguir peleándola. Y  nosotros y nosotras, seres de esta cultura con mucha esperanza, reflexivamente nos revisamos y volvemos a responder con integración, sosteniendo la integración en todos los aspectos de la vida del Hogar y, en especial,  para el vínculo de los niños, niñas y adolescentes con sus padres, madres o adultos responsables.

Nuestros Centros Barriales se fundan en lo hogareño, en la familia grande que recibe y hace lugar, que abraza, y que acompaña de modo necesariamente comunitario. La tarea se comparte y se lleva adelante entre todos. Esta respuesta comunitaria se da en una trama de relaciones horizontales, que potencian el trabajo en equipo.

Nuestro acompañamiento no solamente es comunitario sino que también se caracteriza por ser un proceso artesanal; lo que quiere decir que no hay recetas ni cambios inmediatos. Cada uno, cada historia es un camino único que se recorre con estrategias y acciones construidas de modo conjunto con la persona.

Cada cual va manifestando sus deseos y sus tiempos ejerciendo un rol activo en la construcción de su recorrido.

En el acompañamiento de esa trayectoria nos paramos sabiendo que el vínculo amoroso entre nosotros y la persona y de ella con su hijo, va generando un cambio. En ese  lazo  se apuesta a la red comunitaria que sostiene la crianza de los  pequeños y pequeñas. Además, este vínculo que construimos con las madres y padres nos diferencia de otras instituciones que parten con presupuestos de cómo debiera ser el recorrido de cada persona o que existen determinados modelos de relación entre madre e hijas/os, por dar un ejemplo: para nosotros, acompañarlas es escuchar la demanda, valorar su cultura y costumbres, implica considerar que ellas hacen lo mejor que pueden, que tampoco tuvieron una vida fácil. A veces las escuchamos decir “uno no puede dar lo que no recibió”, y también escuchamos decir y decirse que en el Centro Barrial pueden experimentar algo diferente que las mueva a ello y que sí pueden.

Si las madres y los padres experimentan un modo distinto de vincularse pueden comenzar a cambiar sus prácticas de crianza. Probablemente, “desnaturalizar” sus experiencias de infancia colabore para  que puedan vincularse de otro modo con sus hijos.  Con el término naturalizar nos referimos a cambiar pensamientos y acciones aceptadas que  justifican pautas culturales que por repetidas, parecen útiles como por ejemplo, practicar violencia para poner límites, o maltratarse frente a los chicos o chicas, hablar de temas de adultos sin tapujos frente a los niños y niñas, entre otras cosas.

Nuestra mirada radica en que nos acompañamos desde la fragilidad, desde ella nos hermanamos, desde una perspectiva comunitaria con relaciones horizontales y simétricas; construyendo la trama de un espacio comunitario. Claro es que  siempre teniendo en cuenta que la condición de persona en crecimiento y sujeto de derechos de los niños y niñas nos pone a los adultos y adultas en situación de corresponsabilidad frente a ellos que no son seres deficitarios ni incompletos, sino simplemente niños y niñas que están aprendiendo a entender el mundo a  moverse en él y, muchas veces,  se encuentran en situaciones difíciles, que los borran en su especificidad y “se los llevan puestos”.

Reconocer la fragilidad entendida como un modo distinto de expresión del ser, de la necesidad y también del sufrimiento, es la responsabilidad  de los padres pero  nosotros elegimos compartirla para poder transitar junto a las familias las tensiones que se derivan de las situaciones que viven y este permanente interjuego de inclusión- exclusión del que todos somos víctimas con mayor o menor suerte  ¿Desde dónde nos paramos para sostener estas tensiones? En el deseo de construir relaciones “Sujeto-Sujeto”, encuentros entre personas que se tocan y se comprometen mutuamente. “Nosotros, los adultos y adultas anhelamos, vínculos recíprocos reales donde todos compartimos y sanamos nuestras fragilidades, nos reconocemos con nuestras similitudes y diferencias y nos sanamos recíprocamente, compartiendo los dones de cada uno, en comunidad.”[4]

Los vínculos que forjamos se fundan en la libertadque tienen las personas que acompañamos, en este caso en la crianza de sus hijos. Buscamos fortalecer las imprescindibles relaciones entre ellos sin imponer modos específicos, trabajando con las madres y padres el pasaje de la objetivación del niño a la subjetivación, es decir el pasar a entenderlo como un objeto de su propiedad a respetarlo como una persona  independiente de sus padres/madres y los deseos y proyecciones que tengan sobre él o ella, recordar siempre que tienen derechos de niño (a que no les peguen, a que no los hagan trabajar en lugar de ir a la escuela, entre muchos otros).

Es así como el tiempo amoroso va tejiendo un fortalecimiento en el que se van intercambiando experiencias en la crianza.  Coincidimos con la médica y pedagoga italiana María Montessori cuando afirma «la esencia de la educación es ayudar al niño en su desarrollo y ayudarlo a adaptarse a cualquier condición que el presente le requiera… siempre tendiendo a su autonomía… porque el primer valor es siempre la libertad.»

También nos paramos en la confianza en que en algún momento las madres y padres podrán experimentar que existe otro modo de vivir, que se pueden vincular con sus hijos de una forma distinta. Un modo que será el que ellos puedan configurar a partir de sus experiencias y de su contexto. La certeza de que en el acompañamiento hay una transformación y contención, que el intercambio de experiencias, el cuerpo a cuerpo, va sembrando otra forma posible de vincularse nos permite trabajar con, y sostener, vínculos de crianza difíciles.

El espacio comunitario involucra a todos los miembros de la familia y los vínculos de las personas adultas que acompañamos. Y, por lo tanto, el espacio comunitario también incluye a las niñas y niños a cargo de ellos.

Esa red que se gesta hace más fácil la crianza de las niñas y niños; con el tiempo las personas adultas que acompañamos se van armando de estrategias que antes no tenían. Por ejemplo, una madre o padre plantea “se me enfermó el chico, ¿qué hago?”. Solos quizás se sienten desorientados, pero en una red comunitaria alguien le dice que lo lleve a la guardia de un hospital y lo acompañan durante las horas de espera. Probablemente solos no lo hubieran hecho, hoy por hoy, si van acompañados quizás sí lo hacen, o si alguien los ayuda a sacar el turno.

Por dar otro ejemplo muy frecuente, a veces, le pedimos a la mamá que busque una vacante para su hijo en una escuela para sala de un año, ella sola probablemente no consiga nada. Entonces, nosotros y nosotras como Hogar podemos armar esa red, acorde a las posibilidades de cada madre siempre pensando en fortalecer, sostener y acompañar con vistas a la autonomía “ Una solita, solita hay muchas cosas que no puede.” Dicen muchas de ellas porque  la sociedad le exige a la madre: ‘si no maternas vos, te sacamos el hijo’ y esa amenaza las carcome y desprotege porque desconoce las condiciones concretas de su maternaje,  que es el ejercicio de las tareas propias de la función de madre. Esa mirada externa las juzga, condena, castiga e invisibiliza las formas desgarradas del amor que, casi siempre, resiste, en  el fondo de la relación madre – hijo.

En esta red comunitaria, la familia ampliada constituye la Red de amparo y sostén y desde allí tiene un lugar muy importante en el acompañar la crianza (abuelos, tíos, primos y demás miembros de la familia biológica u otros vínculos significativos). Parte de esa red comunitaria somos los distintos miembros de la Familia Grande del Hogar de Cristo y quienes conformamos cada uno de sus dispositivos, referentes barriales, personas que transitan a diario en el Centro Barrial.

 

¿Cómo acompañamos a esas niñas y niños? ¿Qué necesitan?

Como con los adultos, acompañamos a los niños y niñas desde una mirada vincular, atendiendo a sus relaciones y concibiéndolos y priorizándolos como niños y como persona de gran vulnerabilidad. Buscando el encuentro con ellos, construyendo relaciones entre personas que se unen en el reconocimiento mutuo. También acompañando y fortaleciendo sus vínculos con las adultas y adultos a su cargo, sus referentes afectivos, su contexto. La relación que tenemos con los padres de esas niñas y niños, y la confianza que trazamos con ellos, hace que podamos acompañar ese vínculo con mayor profundidad y con una autoridad constituida en lugar de impuesta.

Las niñas y los niños requieren una mirada especial que reconozca sus necesidades y su fragilidad particular, que los contenga y que se oriente específicamente a ellos. Los niños necesitan la mirada de un adulto (no necesariamente la madre o el padre) que pueda estar atento a lo que necesita. Y si en el Hogar de Cristo queremos dar respuesta a las demandas de las personas que recibimos,  tenemos que pensar en contar con un equipo[5]destinado especialmente a acompañarlos y acompañarlas incluso desde que son bebés,  para brindarles experiencias de infancia y les permitan otros modos de relacionarse con los otros?  Pensamos en un espacio comunitario destinado a ellos para jugar, recrearse, hacer talleres y actividades adecuadas a su edad que estimulen su desarrollo cognitivo pero, sobre todo, que puedan dar salida a sus emociones mediante la creatividad y reponer, mediante el juego compartido, sus lazos sociales Un equipo que los acompañe cuerpo a cuerpo, con una mirada atenta y focalizada en ellos que pueda fortalecer su autoestima, reconocer sus talentos y fortalecer su autonomía para que su vida, igual que la de cualquier otro niño o niña, tenga las mejores condiciones de educabilidad porque como decimos tantas veces con Eduardo Galeano… “Para eso sirve la utopía, para caminar”…

Para fortalecer y sostener el vínculo entre las niñas y niños y los adultos a cargo de ellos, este equipo específico funcionaría en el mismo Centro Barrial, manteniendo igualmente los espacios y tiempos diferenciados de los niños y adultos. La mirada del Hogar de Cristo es siempre vincular por lo que el espacio de niños no se separa del acompañamiento al grupo familiar. Lograr conciliar ambas instancias en una mirada de familia que es lo que nos permite acompañar integralmente. De otro modo, corremos el riesgo de estar repitiendo el modelo de respuesta fragmentado, en lugar de construir una red comunitaria.

La mirada atenta en el vínculo entre las madres y sus hijas e hijos nos permite ver que tienen necesidades y posibilidades diferentes y que esto a veces genera un desfasaje de tiempos. Las personas adultas y los niños requieren respuestas distintas, las situaciones de riesgo en las que se encuentran son diferentes por eso, nuestra mirada se posa en las adultas y en las niñas y niños individualmente, así como en el vínculo entre ellos.

Un costado de la maternidad y paternidad que pocas veces se hace visible es el de las tensiones y dificultades que conllevan. Como todas las madres y padres, los adultos que concurren a nuestros Centros Barriales también se encuentran con este borde de la relación con sus hijos. En el caso de las madres, además, muchas veces todo recae en la madre sola, que se ve con su hija/o las 24 horas del día durante los primeros años de vida del hijo, potenciando estas tensiones. Es posible que algunas de ellas, no hayan reflexionado sobre su deseo como mujer y como madre hasta que llegan al Hogar de Cristo. La maternidad puede llegar a ser vista como el único proyecto de vida que se pueden plantear. Cuando comienzan su recorrido dentro del Centro Barrial se abre la posibilidad de distintos planteos sobre “…las necesidades del niño y las necesidades de la madre que generan diversas tensiones en su maternar. ¿Hasta dónde puedo, hasta dónde no? ¿Cómo es ese maternar para mí? ¿Cómo se juega mi tiempo como madre y mi tiempo como mujer? ¿Cómo se juega el tiempo de mi hijo? Con el surgimiento de estas tensiones comienza a jugar un papel importante la existencia de un equipo que mire exclusivamente ese vínculo.”[6]No es ni podría ser una elección por uno o por el otro, necesariamente para acompañarlos debemos acompañar a cada uno individualmente y a la trama vincular que los une.

Queremos terminar este apartado sobre cómo acompañamos y qué necesitan las personas adultas y sus hijas e hijos poniendo de relieve que nuestro acompañamiento está trazado por límites que contengan. Todo el tiempo vamos siendo creativos y construyendo límites acordes a esa persona. Como ocurre con una guitarra: para afinarla tiene que haber una tensión justa en las cuerdas, si ajusto mucho se rompen, y si hay poca tensión no suenan. Esa capacidad de ir afinando, lo da justamente el vínculo que se traza con la persona. El límite amoroso, es poder cerrar una puerta para cuidar a la persona, pero dejar abierta otra. Los límites son herramientas que hacen a la libertad interior de la persona.

 

Pensando en el tiempo… Tiempos de los adultos y tiempos del niño y la niña

El tiempo es una dimensión que atraviesa todos los procesos de los que venimos hablando: el recorrido de una persona desde que se acerca al centro barrial, los tiempos de la maternidad y los tiempos de las infancias. En el acompañamiento vamos construyendo un abanico de opciones en relación al tiempo y cada uno de estos procesos vemos las posibilidades del Centro Barrial, de la madre y el padre, las necesidades de la niña/o. Lo que nos diferencia como Hogar de Cristo de cualquier entidad estatal, y lo que nos permite salir de la mirada fragmentada, es que en lugar de ver “la foto: la madre le pega al hijo”, nosotros vemos “la película: el recorrido que hace la madre”. Ese recorrido está compuesto de muchas fotos que nos permiten tener una mirada más integral, más profunda, dotada de más herramientas y que nos otorga la dimensión del proceso de transformaciónque va haciendo esa madre o padre.

En esa película, el entramado artesanal de cada acompañamiento se construye pensando en los vínculos con sus hijas e hijos, reconociendo los tiempos diferenciales de unos y otros. El tiempo de las adultas y los adultos con la posibilidad que tienen de pedir ayuda y protegerse de los riesgos de la vida, es distinto al tiempo de los niños que no tienen tanto tiempo, ni las mismas posibilidades de protegerse y pedir ayuda. “Nosotros tenemos que pensarlo y comprometernos lo más posible para ayudar a esos adultos y adultas a modificar ciertas acciones que llevan a cabo. Es muy doloroso porque al acompañar la vida también hay que pensar: ¿cómo miramos a esas niñas, niños y adolescentes? No es lo mismo el modo  de pedir ayuda de un niño pequeño de hasta 5 o 6 años, que el de un adolescente temprano de 12 con su capacidad de autopercepción y expresión verbal desarrollada y  tampoco un adolescente de 14, 15 años que va a sobrevivir a la calle. En cada caso es muy diferente la intervención.”[7]Esta diferencia de tiempos entre el adulto y las niñas y niños, nos lleva a que cualquier intervención o acompañamiento que realicemos comience con las preguntas: ¿Qué es lo que el niño necesita? ¿Qué es lo que lo daña menos? Y considerar que los tiempos de respuesta del Hogar tienen que ser rápidos cuando los chicos están en riesgo, pero más pausados cuando no se vislumbran éstas.

En el proceso de transformación de las madres, vale preguntarnos si en ocasiones no desoímos un “no puedo y no quiero”, qué hacemos con esa escucha durante el acompañamiento. ¿Cómo se la acompaña? ¿Cuánto más se le pide a la mamá? ¿Cómo acompañamos a lo largo de todas las etapas de su recorrido? Podemos caer en responsabilizar a la familia por la historia difícil que ha transitado; pero, la raíz de esta dificultad en la crianza y cuidado de las niñas y niños es la exclusión en la que están inmersas nuestras familias. Las dificultades radican en la falta de oportunidad y en un lazo social muy dañado. Las adultas y adultos que acompañamos hacen lo que pueden en la vulnerabilidad en la que ellos mismos están. Y nosotros hacemos lo que en conciencia y raciocinio mejor podemos porque actuamos en el terreno de lo imprevisible, de lo disruptivo y de la eclosión en la inmediatez.

Dice Maud Mannoni, psicoanalista infantil francesa” El que ahora se construye es un mundo esquizofrénico e inhumano, un mundo donde el valor mercantil, la productividad, se lleva, a su paso, el ser del hombre. En este universo de máquinas, de microcomputadoras, ya no hay lugar para lo imprevisto. Peor aún, lo imprevisto y la fantasía perturban”.

 

Tiempos que atravesamos los centros barriales para mirar al niño

En el proceso de maduración de un Centro Barrial pareciera haber tres tiempos. Al inicio solemos centrarnos en fortalecer solo a la madre (miramos solo a la adulta/o) y todo apunta a ella. En un segundo momento miramos al niño en función de las necesidades del adulto. Y en un tercer tiempo dimensionamos la individualidad del niño, con su vulnerabilidad, que necesita de nosotros y debemos ir dándole herramientas, fortalecerlo y acompañarlo.

En la primera etapa, ¿qué sucede cuando miramos solo al adulto? Podemos correr el riesgo de terminar siendo funcionales a un sistema que le exige todo a la madre, y que mira solo “la foto”. A la madre se le reclama que esté bien, que sea cariñosa, que sea paciente constantemente. Vale la pena detenernos a preguntarnos y reflexionar si se puede fortalecer al niño, recorrer otros caminos, buscar estrategias alternativas. ¿A quién priorizamos? ¿Es posible atender a uno en lugar del otro?

En ocasiones miramos al niño a través de las necesidades del adulto o los miramos separadamente. Si miramos solo al niño, corremos el riesgo de sesgar nuestra estrategia de acompañamiento porque el niño es siempre el más frágil y vulnerable. Si nos quedamos solo con “la foto” y nos centramos únicamente en el niño podemos convertirnos en una institución (de las ya existentes) con una mirada fragmentada arriesgando el vínculo de los niños con sus madres y padres u otros adultos responsables por ellos. Nuestra riqueza como hogar, que tiene una mirada compleja sobre las situaciones, las personas y sus vínculos, es poder acompañar a los dos. Los Hogares de Cristo nacen en respuesta a la mirada que tiene el Estado, un Estado ausente, que corta los vínculos, que excluye. No podemos olvidarnos de esa contracara y tener siempre en vista “la película”.

Finalmente, en una tercera etapa, parece que miramos al niño en sí mismo con sus necesidades y derechos. No hay mirada posible que no comience interrogándose: “¿qué es lo que el niño necesita? ¿Qué es lo que lo daña menos?” en el vínculo madre-hijo. Planteándose también ¿qué del niño impacta sobre el adulto y qué del adulto impacta sobre el niño? ¿Qué es lo que necesitan en ese vínculo y qué es lo que daña menos a ambos? ¿Qué estrategia se puede desarrollar?

Mirar la película desde una perspectiva integral y vincular es pensar ese vínculo, ver qué se puede trabajar en función de la relación entre los dos, potencialmente qué puede resultar de ese fortalecimiento. En cada situación habrá que ver qué es lo que particularmente está atravesando cada persona y qué es lo que cada uno necesita. Quizás se trate de necesidades distintas y estrategias distintas. Pero no podemos pensarlos de manera disociada, es preciso pensar integralmente la película para poder ver cuáles son las prioridades y ver de qué hilo tiramos para comenzar a desenrollar el ovillo.

Pero como Hogares de Cristo no nos quedamos en la convicción de que sólo podemos aspirar a fortalecer vínculos y reducir daños y sabemos que cada niño o niña es “ un milagro de amor”, por eso como comunidades y como Iglesia ponemos la vara muy alta para aumentar los niveles de exigibilidad de derechos y proclamamos poéticamente con ´María Teresa Andruetto”ahora que viene el tiempo de los pájaros…ahora que ustedes, niños, conquistan el baldío y construyen refugios y saltan vallas, ahora que en el barrio las mujeres se sientan a la sombra y toman mate y hablan, yo miro a cada instante hacia tu casa para que nunca faltes…”

 

La red comunitaria

 

 

Nuestros Centros Barriales son lugares de puertas abiertas donde se abraza y se recibe a las personas. Y en ello involucramos a toda la comunidad porque necesitamos y queremosuna mirada integral para intentar dar respuesta a la situación de exclusión y vulnerabilidad que viven nuestras familias.

Tejer una red comunitaria en la que haya un vínculo sostenido nos permite que, cuando las madres necesitan apoyarse en otros para la crianza y cuidado de los niños, o tienen una recaída, haya alguien que pueda sostener al niño. Atender a nuestras capacidades y/o recursos de abordaje dentro del Hogar de Cristo para dar una respuesta desde la mirada de familia propia de nuestros Centros Barriales.

En la comunidad del Hogar de Cristo, estamos llamados a dar respuestas a las necesidades de nuestras niñas y niños como comunidad. Pensamos en responsabilidades compartidas, crianzas compartidas. Las diferentes personas que integramos el Hogar de Cristo (referentes barriales, equipo que acompaña, madres, padres, abuelas, tíos, etc.) cada uno desde su lugar, acompañamos la crianza de los hijos de las personas que transitan el Hogar.

 

Por otro lado, también nuestra misión incluye acompañar parejas y es ahí donde nos preguntamos ¿Cuál es el lugar del padre, de la figura paterna? En la medida en que nosotros como Hogar de Cristo reconozcamos esa figura como tal, podremos trabajar con ella. Entre los hombres que asisten a los Centros Barriales hay padres que se hacen cargo de sus hijos, otros que no lo hacen pero sí toman el rol de padres para con los hijos de su pareja. También, en algunos casos cuando los hombres están presentes suelen estar muy conectados o presentes con la paternidad sean sus hijos o los de su pareja.

Estos modos de asumir la paternidad están atravesados por construcciones sociales. En ocasiones hay una actitud de los padres de responsabilizar  a la madre de todo: “mira cómo tiene a mi hijo”. En otras, predomina el estereotipo del “macho proveedor” según el cual hacerse cargo de los hijos es salir a trabajar y pagar por todo. Y, justamente, estos pibes tienen problema con el trabajo. En uno de los Centros Barriales estamos trabajando mucho en que el hacerse cargo es estar con ellos, ver qué necesitan, compartir tiempo. Comenzar a romper con los estereotipos.

Nuestra reflexión permanente sobre lo que hacemos implica también ir formándonos para comprender cada vez más las complejidades de los vínculos humanos y revisar nuestros prejuicios, preconceptos y estereotipos. Quizá “tomar la vida como viene” implique estar abiertos a nuevos modos de ser niño, niña y adolescente y también padre o madre, familia y comunidad.

Quizás sea tiempo de cambiar las preguntas y las señales de alarma. Tal vez tengamos que poner oído al malestar o bienestar de las personas consigo mismas y con los demás sus matrices vinculares  y estrategias de vida. Retumba en nuestro latido la pregunta de si no tendremos que sumar las Convenciones y  tratados de  Derechos del Niño a modo de “nuevos mandamientos”.

 

Y para empezar a ovillar

Entre los miembros de la familia del Hogar de Cristo se encuentran las hijas e hijos de los adultos que acompañamos. Para salir de la lógica fragmentaria que propician los efectores estatales conformamos una red comunitaria que, en el caso de los niños, nos permita dar paso a una crianza compartida, con una visión más comunitaria en el modo de tejer las respuestas.

Hoy en día, luego de diez años, hay hijos de las adultas y adultos que acompañamos que llegaron al Centro Barrial de pequeños y ahora, siendo adolescentes, no consumen ni están en la calle. Después de diez años de acompañamiento a su madre, ellos siguen dentro de la comunidad.

Hay algunos criterios que consideramos importantes tener en cuenta en nuestro acompañamiento a las niñas y niños:

  • Una mirada que no se centre en el niño aisladamente, sino en vínculo con su madre, padre y otros lazos familiares o vínculos significativos.
  • Que el Centro Barrial -tenga o no un equipo dedicado exclusivamente a los niños y niñas- no excluya a los mismos y busque los modos de alojarlos en su singularidad.
  • Apostar al tiempo para poder “ver la película”.

Y para cerrar  esta larga reflexión colectiva que hemos intentado resumir en todas sus facetas, nos pronunciamos a favor de la creación de lazos y redes comunitarias de fortalecimiento familiar  y las maternidades y paternidades sostenidas en comunidad por lo que, lejos nos quedan las opciones más que extremas de judicializar a una niña o niño.  Podemos decir que el corazón de la Familia del Hogar de Cristo es grande y misericordioso como para abrir sus brazos a  los y las que llegan y quizás ello signifique llenarse de pañales, mamaderas, cubos apilables, pelotas de todos los colores, cachetes paspados, caramelos blandos, lápices de colores y todas las familias y casitas dibujadas con mano de niños y niñas que entren en él.

[1]Las personas adultas que acompañamos muchas veces son padres y madres de estos niños, niñas o adolescentes, pero también hay otros referentes significativos como abuelos y/o tíos que concurren al Hogar junto a los niños y niñas.

[2]Vidal, P. “Aprender de la fe como modo de relación”.

[3]Por ejemplo, el Hospital se centra en las enfermedades, el Re.Na.Per en el DNI, la Se.Dro.Nar en brindar tratamiento, etc. Esta especialización, necesaria para responder adecuadamente a cada problema, no deja de brindar respuestas parciales.

[4]Vidal, P. “Aprender de la fe como modo de relación”.

[5]Estos equipos específicos, que acompañen a los niños y nutran la mirada del equipo que acompaña a sus madres y padres, estarían conformados por dos o más personas. Si fuera posible, los equipos podrían contar con profesionales (psicólogas/os, psicopedagogas/os) entre sus miembros. Es deseable que haya por lo menos un profesional con título habilitante, ya que en los casos más extremos quizás sea necesario firmar algún informe o documento legal. Este profesional puede ser parte del equipo o alguien que colabore más externamente –con la mirada del Hogar- pero quien pueda dar respuesta en los casos necesarios.

[6]Pardo, L. en Compartir la mirada en Familia.

[7]Molina, M. L. en “Compartir la mirada en Familia”.

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