Espiritualidad

Algunas reflexiones sobre el trabajo de inclusión en la Iglesia

Algunas reflexiones sobre el trabajo de inclusión en la Iglesia

 

Cuatro principios que el Papa Francisco propone en la Evangelii Gaudium para la construcción del bien común y la paz social (EG 217-237)

 

A continuación les ofrezco algunas de las respuestas que fuimos encontrando en el Hogar de Cristo. El Hogar no es un lugar sino una comunidad, un pueblo que se hace familia en diversos ambientes marginales de nuestro país. Las cosas que vamos entendiendo no tienen el orden sistemático de la teoría, llegan como llega la experiencia, desgranado el tiempo, un poquito acá y otro poco allá, sin ser demasiado lineal, como es el aprendizaje que va respondiendo al ritmo de la pregunta. Aún así, en este espacio intento ordenar un poco el pensamiento para ofrecerles algunos trazos gruesos de lo encontrado. Me valgo para el propósito de los cuatro principios que el Papa Francisco propone en la Evangelii Gaudium para la construcción del bien común y la paz social (EG 217-237).

 

El tiempo es superior al espacio

El samaritano de la parábola ejemplifica el deber religioso de socorrer al hombre caído. Como vemos, se detuvo a vendar sus heridas, compartió con él el aceite y el vino, la montura, su propio tiempo y el dinero para pagar la posada. Seguramente el hombre estaba apurado, y debió posponer sus planes propios. Sin celular no habría tenido cómo avisar que no llegaba, y es probable que alguno se ofendiera por la demora. Sin embargo, hizo lo que debía hacer, eso está claro. ¿Pero hasta cuándo debía quedarse en la posada? ¿Hasta cuándo seguir posponiendo sus propias actividades familiares y laborales? ¿Cuánto dinero debía dejarle y cuánto debía guardar para su propio viaje?

Si, como sabemos, nuestro compromiso social es una respuesta religiosa, entonces no podemos resolver estas preguntas al margen de nuestra relación con Dios. Todos los que de un modo u otro nos comprometemos desde la fe en el trabajo social nos llenamos de preguntas similares. El punto de partida está claro: hay que comprometerse. Pero, conocer la medida y la forma de nuestra acción, eso es otro cantar. Es necesario discernir.

San Alberto Hurtado señala que no debemos ir más rápido ni más lento que Dios, porque nuestras obras son suyas, y en esa sujeción a su tiempo se juega nuestra fidelidad.[1]Priorizar el tiempo es apostar al proceso. El espacio es la imagen de lo realizado, el deseo de plenitud consumado. El proceso en cambio es el recuerdo que para llegar todavía debemos caminar, que no se alcanza la meta con solo desearla. ¡Pero con qué facilidad nos olvidamos del tiempo y qué difícil es transmitir esto! Cuando una mamá llega a nuestros centros pidiendo ayuda para su hijo que se complicó con la droga, es muy común que venga buscando una solución mágica: “Padre intérnemelo” como si con solo internarse al pibe le alcanzara para salir adelante. La solución no está a la vuelta de la esquina, no hay una intervención salvadora que resuelva los problemas complejos. La solución no es un sistema, ni una terapia, ni una espiritualidad aunque todo eso pueda ayudar.

Para instalarnos en el tiempo y aceptar los procesos debemos desarrollar una actitud fundamental, un rostro del amor que es el acompañamiento paciente.

 

La unidad prevalece sobre el conflicto

El conflicto se encuentra casi en la definición de la marginalidad, porque brota como un emergente de la complejidad. Por eso, estamos convencidos que cuando una comunidad intenta responder a los desafíos que Dios le propone debe saber de antemano que el conflicto es parte del camino. “Hijo, si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba.” Eclo. 2, 1.

A nadie no le gustan los conflictos, y nuestras comunidades no están exentas de ese rechazo. Queremos las cosas en orden, no nos gusta la violencia, ni que no roben el celular, ni que desestructuren nuestros tiempos, ni que nuestros espacios sagrados estén sucios. Abrir nuestras comunidades a la marginalidad traen esas dificultades y otras. Tal vez porque nos ve titubeantes el Papa Francisco nos propone entrar en el conflicto sin ignorarlo, aunque nos advierte que no debemos quedarnos entrampados en él.

Entrando en el conflicto descubrimos que no hay salida si no lo atravesamos, que muchas veces el momento más doloroso se puede volver una oportunidad privilegiada para reflexionar, cambiar actitudes, o corregir el rumbo. La calle, la cárcel, el hospital, una pelea, una herida, una pérdida se pueden convertir así en la ocasión de un nuevo amanecer. Pero para eso hace falta acompañamiento. Acompañar es entrar de la mano del otro en el conflicto. No hace falta tener la solución al problema, hace falta acompañar con amor, no sacarle el cuerpo a la cruz.[2]

Acompañar de ese modo no se hace de cualquier manera, enseña siempre Jean Vanier. La imagen de Moisés descalzándose para acercarse a la zarza es bien sugerente. Debemos descalzarnos nosotros también, no podemos entrar en el dolor del otro desde la fortaleza de nuestra ciencia o la posición que alcanzamos. Debemos despojarnos de nuestras expectativas y nuestros deseos de ayudar, abandonar nuestras “dignidades”. Un verdadero encuentro nos conecta con nuestra pobreza y fragilidad. En ese lugar nos sabemos hermanos, unidos desde nuestra pequeñez con el otro que sufre. La solidaridad verdadera es saber que somos profundamente iguales, profundamente hermanos, responsables los unos de los otros.

La realidad es más importante que la idea

Para los que trabajamos en las trincheras de la marginalidad cualquier teoría nos resulta insuficiente porque las ciencias siempre aportan desde su propia lente y la realidad se manifiesta más compleja, multifocal. Se propone la interdisciplina y la transdisciplina, pero a menudo ese encuentro de saberes termina arrojando diagnósticos y propuestas enrarecidos. Tenemos entonces la tentación de refugiarnos en nuestras prácticas que se legitiman en los aciertos que vamos alcanzando. No nos sentimos cómodos con algunos teoricismos universitarios pero eso no significa que debamos renunciar a la ciencia. El pragmatismo tampoco es para nosotros una señal saludable.

En medio de esa tensión surge un camino posible: el ejercicio de contrastar constante y comunitariamente la realidad, la teoría y las prácticas. Encontramos, entonces, que las distintas ciencias, corrientes y escuelas presentan elementos de las filosofías de la época en que nacieron, y que a veces son contradictorios. Entonces ¿cómo armonizar todos esos pensamientos? ¿Cómo armar un rompecabezas único con tantos fragmentos de la explicación? ¿Cómo alcanzar una síntesis que no sea solamente la sumatoria de los distintos saberes, y por supuesto, que no entre en contradicción con la experiencia directa que tenemos de la realidad?[3]Sin lugar a dudas, el encuentro se va a dar para nosotros en nuestra propia mirada del ser humano y del mundo, es nuestra antropología cristiana la matriz que puede integrar todos esos elementos fragmentados.

Ese ejercicio de contemplación en la acción, de reflexión en la praxis es para nosotros muy importante, sobre todo cuando es comunitario, porque la sistematización hace sustentable en el tiempo el proyecto. Cuando todos sabemos porqué hacemos las cosas como las hacemos, y cuando sabiendo eso participamos en las decisiones, entonces nuestras instituciones ya no dependen de una sola persona. Puede cambiar de parroquia el cura o de trabajo la psicóloga que el proyecto estará sólido, porque el conocimiento está donde debe estar para seguir adelante.

El todo es mayor que la parte

El día que empezó el Hogar de Cristo, el entonces Card. Bergoglio nos dijo: “hay que recibir la vida como viene”. Recibir todas las vidas como vienen era aceptar la diversidad, no poner filtros ni excluir a nadie. Recibir toda la vida como viene, la vida íntegra. Por eso nuestro abordaje llega de la persona al tema puntual. Por ejemplo, cuando me acerco a Lourdes con sus 14 años, que vive en la calle donde sufre todo tipo de violencias, consume pegamento, no va a la escuela ni ve a su familia; yo no puedo decir que el tema puntual de mi interés es su adicción al pegamento. A mí lo que me importa es Lourdes, toda ella: dónde va a vivir, con quién, cómo va a volver a la escuela, qué pasó con su familia (si la tiene o si tiene sentido buscarla), cómo hacer para que deje la calle, cómo vamos a festejar sus 15 años y muchas otras cosas que para ella son importantes, y también cómo hacer para que supere su adicción al pegamento. Miramos como mira la familia, íntegra e inespecíficamente a la persona.

La fragmentación epistemológica que señalábamos en las ciencias y la fragmentación administrativa de nuestros gobiernos invierten el orden y llegan del tema a la persona, llevando a una respuesta asistencial fragmentada. Alcanza con mirar el organigrama de la administración gubernamental para entenderlo. Los ministerios tienen secretarías, que a su vez se dividen en subsecretarias, direcciones, áreas, programas específicos con presupuestos específicos para el tema específico que deben resolver; aun cuando muchos trabajadores del Estado son muy comprometidos y con su esfuerzo intentan salvar la fragmentación el problema es estructural. Es por eso que comprendemos que nuestras acciones no reemplazan a las del Estado, sino que las complementan. Quien mira íntegramente no puede tener todas las respuestas, debe salir a buscarlas, trabajar en red. Y quien mira de modo específico no puede acompañar todos esos recorridos.

Las respuestas de la Iglesia no están tan enfocadas a resolver un problema puntual como a crear comunidad, a hacer familia, porque en la familia se aloja la persona, se estructura y reestructura la personalidad, y se responde a la necesidad más importante que tenemos las personas, para la cual nunca vamos a encontrar un ministerio: la necesidad de amar y ser amados.

 

[1]      San Alberto Hurtado. (2012). Un Fuego Que Enciende Otros Fuegos, palabras escogidas de San Alberto Hurtado. Santiago de Chile: Centro de Estudios San Alberto Hurtado Pontificia Universidad Católica de Chile.

[2]“Los verdaderos problemas no se resuelven con pensamiento y acción, sino que se resuelven con contemplación y padecimiento. Jesucristo no rehuye a la cruz, la atraviesa, la redime. Redención no es otra cosa que sufrir con amor.” Pablo D’Ors. (2014). El arte de la meditación: la aventura del silencio interior. 21/06/2016, de Dominicos de España Sitio web: https://www.youtube.com/watch?v=BY5JqRJv5Wk

[3]      Cfr. Francisco Leocata. (2010). Filosofía y Ciencias Humanas, para un nuevo diálogo interdisciplinario. Buenos Aires: EDUCA

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