Reflexiones

Hogar de Cristo como Respuesta Pastoral II

El Hogar de Cristo como respuesta pastoral II

 

Quiero proponer una línea de lectura que abra nuevos horizontes en nuestra reflexión pastoral sobre el Hogar de Cristo, un nuevo aporte luego del texto en que Gustavo nos invita a leer las prácticas de los Centros Barriales (CB) a la luz del N° 24 de la Evangelii Gaudium. Allí el Papa plantea que la Iglesia en salida primerea, se involucra, acompaña, fructifica y celebra. Y Gustavo nos ayuda a mirar el modo en que los CB responden a la vida de tantos chicos y chicas de nuestros barrios arrasada por el consumo de paco. La comparación está buenísima, hasta parece que el Papa escribió mirando nuestros CB. Estoy convencido que en nuestras prácticas la dimensión personal de la respuesta está más que manifiesta, y que allí se juega nuestra primer fidelidad a la misión que Dios nos da. Sin embargo quiero invitar a que profundicemos la mirada abarcando también la dimensión colectiva de la respuesta, también presente en nuestro Hogar.

 

La importancia de este punto radica en que en nuestros esfuerzos por transformar las instituciones, la comunidad o la cultura son también intentos por cambiar las condiciones que empujaron a las personas que acompañamos a esa situación de desamparo y exclusión. Si el hospital fuera más amigable y abierto, si se animara a salir, probablemente la situación de salud no sería tan crítica en las personas que encontramos en la calle. Si la comunidad fuera más hospitalaria y solidaria, la orfandad de las personas que encontramos no sería tanta. La accesibilidad a los centros de salud y la falta de hospitalidad de las comunidades son parte del problema, pero la solución no está del lado de los usuarios de paco. Un buen camino de recuperación no cambia al hospital. Por lo tanto, es importante para nosotros que no dejemos de considerar la dimensión colectiva de nuestra respuesta.

 

Quisiera valerme para este propósito del texto bíblico en que la hemorroisa «intenta robar» la curación a Jesús, Mc 5, 25-34[1]. El sentido se entiende en el marco de las prescripciones de la pureza del Levítico[2]que señalan que la mujer que padezca flujos de sangre quedará impura, del mismo modo todo aquel que la toque, las cosas que ella toque, o quien toque esas cosas. Es necesario evitar el contacto con la impureza, tomar todas las distancias y recaudos para evitar el contagio. Es la lógica de los leprosarios y la «cuarentena» en época de pestes. Esa impureza tiene tal dimensión religiosa que Lv.15,31 llega a decir:

 

«Ustedes deberán prevenir a los israelitas sobre sus impurezas, a fin de que no mueran a causa de ellas, por haber manchado mi Morada, que está en medio de ellos».

 

Podríamos imaginar entonces una mujer que durante doce años no pudo compartir el lecho con su esposo, ni la mesa con su familia sin contagiar la impureza. Podríamos asomarnos al abismo de su dolor y soledad, sabiéndose contaminada, religiosa y socialmente indigna. Sin embargo, en esta ocasión queremos preguntarnos cómo es posible que una mujer que contagiaba la impureza por el mero contacto, pudiera estar inmersa en esa multitud que se apretujaba en torno a Jesús. ¿Cómo se lo permitían? ¿Nadie la expulsaba? Cafarnaúm no tenía en ese entonces más de 4000 habitantes, es lógico pensar que todos se conocían y sabían de la vida de los demás. ¿Cómo es que no la separaron si se vivían cuidando de la impureza?

 

Nuestra intuición es que en el pueblo no sabían su condición porque la guardaba en secreto como una vergüenza. En un principio habría intentado resolver su problema allí, pero al no hallar solución habría seguramente viajado, recorriendo médicos y gastado sus bienes en el intento, siempre simulando y ocultando su fragilidad. Con esa necesidad de esconderla, la enfermedad en sí no era más que una mínima porción de su dolencia, porque todo el oprobio y la humillación la torturaban. La mirada inquisidora de sus vecinos, la sombra del quedirán, el miedo de ser descubierta, y el peso atroz de estar ofendiendo a quien sondea los corazones.

 

Nos preguntamos cuánto de ese sufrimiento tendría una causa biológica, y cuánto una cultural. Porque con el tiempo las prescripciones de la pureza habían ido levantando muros invisibles, instalando esas sociedades en el juicio, obligando a las personas a esconder el motivo de su humillación. Cuánto de ese sufrimiento estaba  relacionado con los reclamos de su propia conciencia, con las creencias de la época alojadas en su corazón.

 

Aun cuando estén plenos de amor y manifiesten sus entrañas de misericordia, los milagros de Jesús no se cierran en las personas a las que cura, sino que son signos que simbólicamente se abren a todos para enseñar cómo es Dios y de qué modo debemos vivir los seres humanos.

 

La lógica simbólica de las acciones de Jesús nos ponen en la huella de una acción pastoral que no se agota en el encuentro personal con el sufriente. También se abre a cuestionar la cultura que origina o refuerza el sufrimiento, tanto como las encarnaciones concretas de esa cultura, expresadas en las instituciones[3]y en la vida  de la comunidad.

 

La dimensión institucional

 

«El paco es un rostro nuevo de la exclusión, más sangriento. Entender esto es el principio de la solución. Porque si no lo captamos seguiremos pensando que con las respuestas que tenemos alcanza. No basta con los dispositivos existentes. Nadie que entienda el problema del paco en estos barrios podrá pensar que un tratamiento de recuperación puede solucionar el problema.»[4]

 

Ya en 2010 hablábamos de la necesidad de generar nuevas respuestas e instituciones; y mirando nuestra historia descubrimos muchos esfuerzos por hacer más accesibles las respuestas asistenciales para nuestros pibes[5].

 

Con el entonces Cardenal Bergoglio hablábamos de la necesidad de evangelizar el Estado y las instituciones, como un intento por transformar sus prácticas de modo tal que fueran más inclusivas, que abrazaran a todos, que no dejaran a nadie afuera. Desde entonces, el intento fue siempre el de compartir la mirada compasiva de Jesús a fin de superar las burocracias, trabas y dificultades.

 

En este sentido debemos decir que nuestra Iglesia también fructificó y mucho. Sintiendo en su propio corazón la compasión, y enrolando sus propios trabajos en las acciones organizadas del Hogar de Cristo, muchos trabajadores del Estado se conectaron con la compasión de Dios y abrazaron la fe. Cerca del corazón de Dios, pudieron superar cerrazones ideológicas y el escándalo originado en la misma Iglesia.

 

Estamos convencidos que entonces es necesario pensar la respuesta pastoral del Hogar de Cristo en su relación con las comunidades terapéuticas, los hospitales, paradores, escuelas, ONGs, y fundamentalmente con otros espacios e instituciones de la misma Iglesia y con el Estado. Cuando las prácticas de esas instituciones son parte del problema, es tarea del Hogar luchar por transformarlas.

 

Esto aparece en principio como una dificultad. En muchos lugares de nuestro país el desencuentro entre la Iglesia y los Estados municipal, provincial o nacional es muy grande. Sin embargo más allá de la relación que tengamos en la Iglesia con los distintos gobiernos, nuestro trabajo no es sin el Estado. Necesitamos relacionarnos con él. Esa relación, ese encuentro no significan la aprobación de las políticas ni un cierto tipo de afiliación partidaria (no trabajamos con los partidos sino con el Estado), sino el reconocimiento de que ese Estado es responsable de los derechos de esa persona que estamos acompañando. Cuando ponemos a las personas en el centro el encuentro es posible.

 

“Debemos recibir la vida como viene”- nos decía en la inauguración del Hogar de Cristo el entonces Cardenal Bergoglio. Esa totalidad habla tanto del respeto por la diversidad (recibir todas las vidas como vienen) como de integralidad (recibimos la totalidad de la vida, no una parte). La mirada integral nos lleva a descubrir que no podemos tener todas las respuestas para todas las dificultades en nuestros centros. Por esa razón debemos relacionarnos con todas aquellas instituciones que tienen parte de la respuesta. Así, mirando íntegramente la vida, involucrándose y acompañando, los centros barriales se abren a las relaciones institucionales, a formar una red que solo es posible cuando se mira la vida íntegramente, y con compromiso se acompaña a quienes deben recorrerla.

 

Así, partiendo de las periferias existenciales en que discurren las vidas de las personas alcanzadas por los CB, el Hogar de Cristo se abre a buscar respuestas en el intento por transformar las prácticas de las instituciones cuando hacen inaccesible la satisfacción de sus necesidades.

 

 

 

La dimensión comunitaria que es central.

 

El desamparo de la calle, la marginalidad y el consumo de paco, en que encontramos a tantas personas recuerdan la lectura que hace Moisés de la historia de la salvación:

 

“La porción del Señor fue su pueblo, Jacob fue el lote de su heredad. Lo encontró en una tierra desierta, en una soledad poblada de aullidos, lo rodeo cuidando de el, lo guardo como a las niñas de sus ojos”[6].

 

El Cántico de Mosiés resuena de un modo especial en el Hogar de Cristo. Habla de un hallazgo y una elección de parte de Dios. De una salvación que consiste en la superación de esa soledad rugiente a través de la conformación de un pueblo, y un pueblo que es la herencia de Dios, lo que Él ama y se reserva para sí.

 

Es una bellísima imagen para describir la identidad profunda del Hogar de Cristo. Frente al abismo de la soledad la respuesta es colectiva: la conformación de una comunidad cristiana. La solidaridad, la hospitalidad, la compasión, la humildad, la benevolencia, la dulzura, soportarse con paciencia, el perdón, el cuidado, el amor[7]… son los hilos que se entretejen en la formación de la comunidad, los lazos que conforman la malla que sostiene nuestros centros barriales. Con la temática familiar (la familia grande del Hogar de Cristo) intentamos señalar la importancia de la conformación de esa comunidad cristiana.

 

Del mismo modo vemos que el miedo, la desconfianza, la venganza, la violencia, el odio, el egoísmo van aislándonos más, rompiendo nuestras comunidades, y dejándonos solos. Sin comunidad estamos indefensos, en soledad somos más frágiles y no encontramos sentido.

 

La conformación de la comunidad del Hogar de Cristo es algo que se da cuando logramos superar los prejuicios y enfrentamos los miedo. Cuando nos disponemos a recibir la vida como viene y confiamos que cada persona es un don para los demás. Cuando reconocemos que todos podemos darnos, pero también que todos somos frágiles, necesitados. En otras palabras, para que haya más comunidad debe haber menos institución. Las instituciones están pensadas a partir de los desafíos que se deben responder, las comunidades a partir de las relaciones. Por esa razón en general, las relaciones que se establecen en un marco institucional son asimétricas, porque unos se desempeñan como asistentes y otros como asistidos. Estos últimos traen su fragilidad y los primeros su capacidad. Cuando en la relación se pone en juego la fragilidad de uno solo, entonces no hay un verdadero encuentro, no se construye comunidad. No es fácil imaginar a un médico compartiendo su angustia con un paciente, pidiéndole acompañamiento, ayuda o contención, mostrándose necesitado; o a un maestro en esa actitud con sus alumnos. Ese médico y ese maestro pueden desear de corazón la amistad de sus alumnos o pacientes, pero el marco institucional es tal que la naturaleza de sus relaciones se dan en el contexto que marcan los objetivos institucionales, en este caso la salud y la educación.

 

Los centros barriales del Hogar de Cristo sufren a diario la tensión entre lo institucional y lo comunitario, porque son respuesta a la situación dramática de las personas que acompañamos, pero a la vez son conscientes de que lo que sostiene a las personas son las relaciones que se dan en la comunidad. Entonces es necesaria una cierta institucionalidad para organizar la comunidad. De otro modo la comunidad no es posible porque las relaciones son propuestas por una cultura individualista que nos empuja más a cuidar lo propio que a mirar al otro, porque el discurso dominante sobre la seguridad prioriza la propiedad sobre la vida y ese orden de prioridades aisla y aliena.

 

Así en los CB del Hogar de Cristo hay quienes se ocupan de la organización comunitaria: pedirle a alguien que visite a otro en un penal, en un hospital, que acompañe en un trámite, que aloje en su casa, que cuide a otra persona. Y los “asistentes” son mejores organizadores de la comunidad en tanto que están en contacto con su propia fragilidad, porque desde ese lugar cuidan como quieren ser cuidados.

 

La comunidad no son solo las personas que acompañan y son acompañadas en los centros barriales sino también sus familias, amigos, todo el barrio; la vecina, el kiosquero de la esquina, el que puede dar un trabajo, la misionera de la parroquia… La presencia de un centro barrial produce en el tiempo cambios en la comunidad, en los vecinos, en los hábitos de consumo, en la sensación de desamparo o esperanza de aquellos que aun no se acercaron a buscar ayuda.

 

Por eso, debemos incorporar la dimensión comunitaria a la reflexión sobre nuestra respuesta pastoral. Antes del anuncio explícito de la buena noticia, antes de enviar a su propio Hijo, Dios preparó el terreno para que la semilla de la salvación cayera en buena tierra, formó un pueblo, lo cuidó, lo condujo, lo amó y cuando estuvo preparado envió a su propio Hijo a dar la vida, señalando de ese modo el camino. Del mismo modo, la propuesta del Hogar es invitar a las personas más desoladas y excluidas a la mesa de la Iglesia, hacer con ellas un pueblo, nuestro propio pueblo, el Pueblo que es la herencia de Dios.

 

 

[1]      Mc: 5, 25-34: «Entonces,una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años,y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno,antes bien,yendo a peor,habiendo oído lo que se decía de Jesús,se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto.Pues decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos,me salvaré.» Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal.Al instante Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de él,se volvió entre la gente y decía:«¿Quién me ha tocado los vestidos?» Sus discípulos le contestaron: «Estás viendo que la gente te oprime y preguntas:“¿Quién me ha tocado?”»Pero él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho.Entonces,la mujer,viendo lo que le había sucedido,se acercó atemorizada y temblorosa,se postró ante él y le contó todala verdad. Él le dijo: «Hija,tu fe te ha salvado;vete en paz y queda curada de tu enfermedad.»

[2]      Cfr Lv 15, 19-33

[3]Templo, Sinagoga, Sanedrín, etc.

[4]El Desafío del Paco. Equipo de Sacerdotes para las Villas de emergencia (Arzobispado de Buenos Aires). 24 de junio de 2010

[5]      Quiero recordar algunas de esas transformaciones impulsadas por el Hogar o por el equipo de sacerdotes de las villas:

  • Antes de abrir el Hogar de Cristo, una carta escrita por el equipo de curas de las villas denunciando la inexistencia de espacios de rehabilitación para menores, terminó en el amparo que movilizó la inauguración de Casa Puerto y el convenio del GCABA con 23 comunidades terapéuticas para menores.
  • En la oficina de Asistencia inmediata del GCABA, logramos que a los pibes del hogar les permitieran usar el subsidio habitacional para alquilar en la villa, o que en algunos casos les dieran todo el dinero junto.
  • En la Coordinación de Adicciones del GCABA logramos que aceptaran la modalidad de abordaje «Centro Barrial», y que no le exigieran a nuestros dispositivos los requerimientos terapéuticos de un hospital de día.
  • En el Hospital Penna, y Muñiz logramos que el Tratamiento observado de la TBC fuera mediado por las instituciones comunitarias. Antes de eso era impensable que desde el Hogar pudiéramos llevar la medicación de la TBC a los pibes que están consumiendo en la calle.
  • Nuestro aporte en el cambio de mirada de la Se.Dro.Nar en cuanto al abordaje territorial fue inmenso, y se plasmó en el cambio de la resolución que permitió el financiamiento de los dispositivos de abordaje comunitario y en políticas propias de las Secretaría (CET, CEPLAS, etc)
  • Las adaptaciones de los programas del Ministerio de Trabajo
  • La aceptación de la cooperativa AUPA (cuyos beneficiarios no podrán nunca pagar) en el INAES.
  • Cambios en la Maternidad Sardá, los Centros de Acceso a la Justicia y tantos otros cambios y transformaciones que se fueron logrando desde cada uno de los CB y que no tuvieron otro objetivo que el de facilitar la inclusión de los usuarios de sustancias psicoactivas.

[6]Dt. 32, 9-10

[7]Col. 3, 12-17

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