Con un oído en el pueblo y otro en el Evangelio, la comunidad se organiza para dar respuesta”
En primer lugar, quiero darles a todos la bienvenida a éste segundo congreso arquidiocesano de pastoral de adicciones. Es un gusto tenerlos aquí y que sigamos construyendo juntos un camino y una mirada que no pretende competir con otras. Esta mirada, se afirma sobre la base de un trabajo sostenido en el tiempo y en el espacio. Hemos atravesado diversos períodos de nuestra patria y de nuestra Iglesia, creciendo de la mano y en comunión con los hermanos y hermanas más rotos de la Argentina. Hemos desarrollado propuestas concretas en las que se abraza la vida: se la recibe, se la cuida y se la acompaña a lo largo y a lo ancho del territorio argentino. Es decir, tiempo transitado y espacio habitado en familia. Somos comunidad organizada que camina y quiere aportar, a todos,la sabiduría que les es propia. A este propósito nos impulsa el Papa León cuando nos dice en su reciente encíclica sobre los desafíos de la humanidad en tiempos de revolución tecnológica: “A todos los fieles católicos, a todos los cristianos, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad les dirijo un vehemente llamamiento: no temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo. Como Nehemías, oremos, proyectemos con sabiduría, trabajemos con perseverancia, poniendo a Dios en el horizonte de nuestro actuar y al ser humano en el centro de nuestras decisiones.”
El gesto y el vínculo:
Estamos celebrando los 800 años de la muerte de San Francisco de Asís. Hay algunos que caracterizan a Francisco como el “alter cristi”(El otro Cristo). Hay dos abrazos que lo definen, el que se dio con el sultán y el que le dio al leproso en las periferias de Asís. Dos abrazos que ponen de manifiesto su deseo de anunciar la paz y la fraternidad. Son dos gestos cargados de amor, de vida, de evangelio. Sobre él nos dice el Papa León: “Su vida fue un continuodespojarse: del palacio al leproso, de la elocuencia al silencio, de la posesión al don total. Su pobreza era relacional: lo llevaba a hacerse cercano, igual, más aún, menor” (DT 64). Hasta ahí León XIV.
Dicen los estudiosos, que la sociedad de consumo se asienta sobre la base de la alteración de la jerarquía de necesidades. Nos hace creer que un iPhone es esencial en nuestra vida, pero el abrazo de mamá puede no estar. Nos ilusiona con los aromas del éxito, del dinero, de los paraíso virtuales a los que algunos les dedicamos la vida entera y otros ni siquiera llegamos a cubrir las condiciones básicas a la dignidad humana; a todo esto, perdemos contacto con las vidas que nos rodean, con la alteridad, hasta con nosotros mismos. La adicción tiene mucho de eso: estar colonizados, en lo biológico, en lo mental y en lo espiritual, por la idea de que necesitamos algo que no necesitamos (ya sea la sustancia, la apuesta online, etc.), generando en nosotros una dependencia que nos lleva a aislarnos de lo que si necesitamos. En ese sentido, San Francisco de Asís se presenta como un santo que viene a ofrecernos una luz, que nos ayuda a reordenar nuestra jerarquía de necesidades: vacío de toda seguridad material, el alter Cristi se presenta lleno de amor, de relación, de gestos que transforman su vida y la de los demás.
En esa línea, quiero compartiles una anécdota. El año pasado conté aquí, el método que tenía mi madre para diagnosticar si teníamos fiebre o no. Nos ponía la mano en la frente y eso ya le servía para saber si teníamos temperatura fuera de lo normal. Luego de haber comentado eso aquí, en un recreo me agarró mi madre y me recordó algo, me dijo: “hacía eso porque no teníamos termómetro y cuando había alguna duda además de tocar la frente con la mano, les daba un beso en la frente”. Es decir, el método era utilizado de cara a una realidad bien clara: no teníamos termómetro. Por lo tanto, era respuesta que surgía desde la escases. Cuando escases y amor se encuentran, aparecen las respuestas más efectivas. Esen los sectores populares y periféricos en los que se ven las respuestas más creativas y, por otro lado, hay circunstancias que implican más amor, con tocar no alcanza, hay que besar.
Hace poco, veía imágenes de la película “La Pasión de Cristo” y me volví a sorprender con el gesto de la Verónica. Este acontecimiento, que surge de la piedad popular y la Tradición de la Iglesia, nos habla de ésta mujer que se acercó con amor a Jesús que cargaba con la Cruz. Ella, de en medio de los insultos, de en medio de la multitud enardecida, de en medio de las condenas sociales, de en medio de un sinnúmero de puños cerrados llenos de violencia, fue capaz de brotar con sus manos abiertas y enjugar, con un pedazo de tela, el rostro sufriente de Jesús. Fue capaz de tener un gesto de compasión y alivio con el Señor que cargaba con la cruz de la injusticia, con el peso de nuestros pecados. En medio de tanta mentira, de tantos acomodaticios sin convicción, luego de que el poder sin verdad se lavara las manos y los amigos huyeran llenos de temor, ella con sus manos de mujer humilde reafirmaba, con un gesto simple pero elocuente y valiente, la verdad de la dignidad humana ante cualquier circunstancia. Nos dice Mons. Ojea respecto de otro gesto, pero que vale para éste también, el de la mujer que unge los pies de Jesús: “Era un gesto insignificante, ciertamente, pero quién sufre sabe cuán importante es un pequeño gesto de afecto y cuánto alivio puede causar. La sencillez de ese gesto revela algo grande. Ningún gesto de afecto, ni siquiera el más pequeño, será olvidado, especialmente si está dirigido a quién vive en el dolor, en la soledad o en la necesidad”
Concluyo lo siguiente: el tiempo en el que vivimos, al que podemos denominar de caos, guerra, pobreza (una pobreza inimaginablepara este estadio de la humanidad), desempleo, crecimiento exponencial del narcotráfico y del consumo, violencia como modo de resolver los conflictos, desorientación de las dirigencias, tiempode invasión y dominio de las corporaciones tecnológicas y las mafias, disgregación familiar, soledad, abandonos, deserción escolar creciente, crecimiento de la cantidad de suicidios en todo occidente, etc. etc., éste tiempo demanda más amor. Este tiempo, marcado por la “sed de humanidad”, exige de nosotros un trato lleno de ternura, un acercamiento cargado de cariño que haga posible el encuentro. Esto lo digo, en relación a la actitud, común en nuestros días, de asumir respuestas llenas de odio, de violencia, de eliminación o desaparición del otro. En el decir del padre Ángel: “en algunas épocas se habló de terrorismo de estado, quizá hoy debamos hablar de sadismo de estado”. Sadismo de estado al que muchos se pliegan como furgón de cola de una moda que pasará y los dejará al margen de la historia. Ya lo hemos dicho aquí el año pasado: la negación de los síntomas que ponen de manifiesto la enfermedad del cuerpo social, no hace más que tapar los problemas estructurales que siguen desarrollándose en la vida de nuestra gente, agravando los problemas.
Hace 10 años atrás me tocó llegar a la parroquia Jesucristo Salvador del Mundo, ubicada en la periferia sur de la ciudad. La semana previa a asumir como párroco, el padre Leandro que se iba a otra parroquia, me contaba que en una caminata por las calles del barrio, se había acercado a unos muchachos que estaban tomando y fumando en una esquina, se puso a charlar con ellos, le ofrecieron un trago, a lo que dijo que no, y al ratito uno de los muchachos le dice: “¡sabe padre, cuántas veces, estando aquí en la esquina, hubiéramos querido que alguien se frenara aunque sea a retarnos por lo que estábamos haciendo!”. Esa anécdota, me llevó a descubrir una cuestión esencial y creo una de las claves que pueden servir para comprender lo que se está viviendo en nuestra patria: ¡hambre de familia! Estos jóvenes estaban diciendo, leyendo entre líneas: necesitamos alguien que nos preste atención, que nos haga saber que nos somos anónimos, que no somos un cero a la izquierda, a la vez que, reconocían la necesidad de ser cuidados, de ser retados, de que alguien les ponga un límite que custodie sus vidas.
Le escuché decir al Padre Fabián Belay una expresión que me gustó mucho: “los hogares de Cristo son bastiones de humanidad”. Hace unos años se hizo en el hogar de Cristo, una encuesta con muchachos y muchachas que ya llevaban un tiempo en la familia grande y se les preguntó que los había marcado, qué les había servido. Me contaba el Padre Charly, que estuvo acompañando esa encuesta, que ellos esperaban que la respuesta fuera por el lado deintegralidad: me ayudaron a salir y encontrar trabajo, etc., pero no: el común denominador fue: “porque acá dejé de sentirme sólo, dejé de sentirme sola”. “Encontré una familia”.
En síntesis: necesitamos lugares donde el vínculo sostenga la vidaen el tiempo y el gesto de amor fluya como expresión de la dignidadinalienable de cada uno.
Reflexión y método:
Ahora bien, nos hacemos unas preguntas: ¿Puede ser el amor el que sirva de anclaje para una reflexión que ilumine la toma de decisiones en la Iglesia, en la escuela, en el hospital, en el empresariado, en el estado? ¿Puede el hombre en su condición afectiva inspirar acciones que lo contemplen en su integralidad? ¿Podemos pensar la prevención y la asistencia desde el hambre de familia que tenemos y tienen nuestros niños, adolescentes y jóvenes? Nosotros creemos que sí. Por eso estamos en esté lugar que representa a la academia. Nosdecía el Papa Francisco: “La realidad es más que la idea”. Sólo una mirada de amor puede llevarnos a un diagnóstico verdadero de lo que nos está pasando y sólo el amor puede hacerse cargo de la vida de tantos hermanos que sufren las adicciones. Las ideologías no, de ningún tipo. Porque hay ideologías que, en nombre del orden, proponen sacar el problema de la vista. No buscan resolver el dolor, sino correrlo de lugar. No quieren sanar una herida social, sino proteger la tranquilidad de su propia zona de confort. Pero también hay ideologías que, en nombre del pueblo, terminan romantizando la pobreza. Hablan de los pobres, los nombran, los usan como bandera, pero no asumen la tarea concreta de trabajar con ellos para superar las causas reales de su sufrimiento. Ni una cosa ni la otra. No se trata de esconder la pobreza para que no incomode, ni de convertirla en un relato para tranquilizar la conciencia. Se trata de mirarla de frente, tocarla con las manos, escucharla con el corazón y trabajar junto a los pobres y sufrientes de nuestra tierra para que puedan ponerse de pie. Toda ideología nace, de alguna manera, de una desconexión con el otro. Cuando se pierde el corazón, el otro deja de ser rostro, historia y hermano. Entonces pasa a ser un número, un peligro, un enemigo, una molestia, o apenas alguien aceptable si pertenece a mi pequeño grupo de los que piensan como yo, viven como yo o tienen mi mismo nivel de vida.
Nosotros no queremos mirar la realidad desde una ideología. Queremos mirarla desde el encuentro, desde la fraternidad, desde el Evangelio y desde el compromiso concreto con la vida herida de nuestro pueblo.
A propósito de esto, nos dice el Papa: “En la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor. El verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa.”
Estamos aquí para que el gesto de amor y el vínculo nos iluminen. El gesto y el vínculo, en este congreso se hacen reflexión y buscanmarcar un rumbo estratégico para la Iglesia y para la patria. Los gestos concretos de amor que vivimos en la pastoral de la Iglesia: en el Hogar de Cristo, fazenda, Buen Samaritano, etc. no son aderezos de una respuesta, son el fundamento de la misma. El abrazo, la escucha, la mirada, no son la frutilla de la torta, son los ingredientes indispensables para que la respuesta sea eficaz, porque expresan la realidad y la vocación de fraternidad de la que todos somos portadores. En este congreso, ese amor se hace reflexión y pretende iluminar decisiones que hay que tomar como pueblo y como Iglesia.
El Papa Francisco, nos invitó a vivir una dinámica, que también puede convertirse en un método: nos invitó a ir “de la periferia al centro” y no al revés. En las periferias de la Argentina, lejos de haber “tormentas negras” hay miles de estrellas que iluminan la noche de nuestra patria y del mundo. Suceden miles de abrazos, de miradas, de acciones de cuidado, de realidades de familia, que alimentan una esperanza cierta, fundada en la comunidad que se organizada para dar respuesta. Realidades que nos devuelven a todos la alegría de ser y vivir con otros, la hermosa noticia de que no estamos solos.
Pensamiento estratégico
En el año del cincuentenario del martirio de Mons. Angelelli y sus compañeros, nuestra Iglesia diocesana nos ha invitado a vivirlo animados por esa expresión de Angelelli: “Con un oído en el Pueblo y otro en el Evangelio”. En esa síntesis perfecta, que nos alienta a escuchar y discernir los caminos que estamos llamados a transitar, encontramos el fundamento de este congreso. Nos dijo Angelelli en la misa de pentecostés de 1972: “La fidelidad al Señor y al proceso de una liberación integral de todo el hombre y de todos los hombres de nuestro pueblo, nos seguirá señalando el camino y marcando los objetivos a toda nuestra misión pastoral y de toda la diócesis.”Nuestro Pueblo habla y lo hace desde sus heridas, desde sus dolores, desde sus necesidades, desde sus luchas, desde sus respuestas cotidianas, desde su pechar constante hacia circunstancias más propias de su dignidad. Desde tantos santuarios distribuidos en el territorio argentino, desde esa piedad popular simple pero elocuente. La pastoral de la Iglesia, en todas sus expresiones, parafraseando a San Alberto Hurtado, está llamada a ser la obra de caridad que pone de manifiesto que escuchamos al pueblo y sus necesidades; y que lo hacemos desde el Evangelio:“Lo que hicieron con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicieron” (Mateo 25, 40). Nos dijo el Señor.
Los paneles de éste segundo congreso, estarán plagados de periferia, serán reflexiones que surgen desde las parroquias, desde los barrios populares, desde los clubes, desde las cárceles, etc. serán reflexiones que se harán propuesta. Cada panel terminara con al menos una proposición que nos sirva de orientación para la toma de decisiones, ya sean de corto o de largo plazo.
De este modo, queremos que este congreso aporte a la configuración de un pensamiento estratégico con anclaje en las respuestas autóctonas que venimos desplegando como pueblo argentino y como Iglesia. Sobre la base de la escucha queremos seguir aportando objetivos, en el tema que nos convoca, tanto en lo que hace a la prevención como en lo que hace a la asistencia, buscando políticas públicas que sean soporte y horizonte de esos objetivos.
No quiero terminar sin dirigir unas palabras a los hermanos que están atravesando el proceso de salir del mundo de las adicciones. Y digo “mundo” porque eso representan las drogas y las distintas realidades de consumo: un mundo con sus propias lógicas de esclavitud, destrucción y muerte.
Quiero decirles algo con todo el corazón: la pelea diaria que da cada uno de ustedes es también la lucha de todo un pueblo que busca su liberación. La esclavitud que los oprime no es un problema aislado ni meramente individual; es una de las manifestaciones más dolorosas del estado de dependencia, abandono y colonización que atraviesa nuestra patria.
Por eso, los invito a mirar su propio proceso personal como parte de un proceso más grande: el camino de una Argentina que quiere liberarse de todo aquello que la oprime, la divide y le roba la esperanza. No están solos. No es una lucha individual. Es una pelea colectiva que estamos llamados a dar juntos, como hermanos, como comunidad y como pueblo.
Pero esa liberación profunda no se alcanza solamente con nuestras fuerzas. Necesitamos abrir el corazón a Dios, dejarnos mirar por Él, dejarnos tocar por su amor. Dios no viene a condenar nuestras heridas, sino a sanarlas. No se escandaliza de nuestras caídas, sino que se acerca, nos levanta y nos devuelve la dignidad. Por eso, en medio del proceso que cada uno está viviendo, los animo a rezar, a pedir ayuda, a abrirle a Dios la puerta del alma. Allí donde muchas veces hay culpa, cansancio, vergüenza o dolor, Él puede hacer brotar una vida nueva.
Y en ese camino no estamos solos. María, nuestra Madre, camina con nosotros. Ella acompaña en silencio, abraza nuestras fragilidades y recoge nuestros pesares más hondos para llevarlos a Jesús. Como en Caná, María ve lo que falta, intercede por nosotros y nos conduce a su Hijo. A ella podemos confiarle nuestras angustias, nuestras recaídas, nuestros miedos y nuestras esperanzas, sabiendo que es una madre que nunca abandona a sus hijos.
Desde el interior del camino que cada uno está recorriendo, pídanle a Dios la gracia de descubrir que también allí hay un llamado: el llamado a ponerse de pie, a recuperar la dignidad, a luchar por la propia vida y por la liberación de nuestra comunidad, de nuestra patria. Cuando uno descubre que su dolor puede transformarse en misión, se abren nuevas perspectivas para la vida.
Descúbranse hermanos. Reconózcanse parte de un pueblo. Abracen la fuerza que Dios sembró en ustedes. Déjense sanar por Él y caminar de la mano de María. Y verán que esa fuerza, cuando se une a la de otros, se vuelve incontenible.
Desde ya, quiero renovarles la bienvenida y alentarlos a vivir este congreso con la misma alegría y esperanza con la que nosotros lo hemos preparado.
Muchas gracias por estar aquí. Muchas gracias.

