Notas

Mons. Gustavo Carrara: “La piedad popular es una mística con gran potencial de santidad y de justicia social”

¿Cómo evalúa la fe de los católicos argentinos, su práctica religiosa en el momento actual?
Me escapa evaluar la fe de todos los católicos argentinos. Sí me animo a acercarme al modo de vivir la fe que tiene mucha gente, el pueblo fiel de Dios, lo que llamamos la piedad o religiosidad popular. Como dice el documento de Aparecida, “es un encuentro real con Jesucristo”. ¿Cómo evaluar esa fe? Escuchando, siendo paciente, leyendo en los registros de los distintos temas que le preocupan al pueblo de Dios que, por ejemplo, va a un santuario. Cuando leemos los cuadernos de intenciones de un santuario como San Cayetano, o Luján, encontramos qué le importa verdaderamente a la gente. Esta mirada de la piedad popular integra la fe y la vida. Dios tiene que ver con la vida concreta y la vida concreta está religada con Dios. No es una fe clericalista, que está pendiente todo el día de qué dicen los obispos o los curas. Tampoco se trata de una fe secularista que dice “Dios es un momento de la semana”, sino que Dios tiene que ver con la vida concreta, con lo que sucede todos los días. La fe y la vida están en diálogo.

¿Cómo advierte la adhesión a la Iglesia como institución, teniendo en cuenta los desafíos que afronta de piedad popular?

El principal desafío en este sentido es la crisis de transmisión cultural: cómo se transmite aquello recibido de los mayores a los niños y adolescentes. Y cómo se transmite en las villas porteñas también aquello que se trae del interior de la Argentina o de los países hermanos. Los valores de la vida y de la fe se transfieren en torno a una mesa, pero ¿cómo se hace cuando no hay una mesa para comer juntos? ¿Cómo se hace cuando la familia está separada porque algunos tiene que ir a un comedor comunitario y el resto, a otro? ¿Cómo ayudamos como Iglesia en esa transmisión? ¿Qué mirada tenemos acerca del pueblo de Dios, que expresa su fe de modo sencillo y heroico? ¿Cómo lo tratamos cuando llega a un santuario? En este sentido, se abren dos perspectivas. Se podría decir “es necesario dar contenido para todo lo que falta para crecer en la fe”. Claramente esta espiritualidad, como otras, tiene que tener un crecimiento. Si nos plantamos desde una perspectiva más ilustrada, que sostiene que “hay que formar mucho a esta gente que no sabe, que es iletrada”, se estaría perdiendo mucho. Desde mi punto de vista, la actitud sería tratar como discípulos-misioneros tanto a aquellos que se acercan a un santuario como aquellos que viven la fe de esta manera en un barrio. Es decir, hacer un anuncio sencillo del kerigma, que sea audible y entendible, para que ellos lo puedan transmitir en su casa, en su barrio. De este modo se puede llegar a lugares que los agentes de pastoral, más calificados, nunca llegarían, porque son ambientes que no aparecen en su radar.

¿Qué modo de presencia debería tener la Iglesia en el ámbito público?
Tomo de Pablo VI: “Nada de lo humano nos es ajeno”. Si para Dios nada de lo humano es ajeno, para la Iglesia nada de lo humano debería serlo. Recordemos las palabras del papa san Juan Pablo II en Redemptor Hominis: “El camino del hombre es el camino de la Iglesia”. Profundiza en lo mismo. Una Iglesia que está alejada de los problemas de la gente no sería la Iglesia de Jesucristo. Por eso no hay que preocuparse tanto por lo que dicen los medios o cómo nos enfocan, sino que es mejor escuchar al pueblo de Dios en concreto, cómo recibe esta cercanía y, evidentemente, esa cercanía no se agota en la cercanía de los obispos, de los presbíteros o de los consagrados, sino que es una cercanía de todos. Esto es central. La Iglesia tiene que tender puentes, invitar al diálogo, escuchar a todos y después pasar a acciones concretas porque nombrar cosas y no hacer nada puede ser peligroso para la vida de la Iglesia.

¿Cómo se está reaccionando entre los fieles ante el programa FE, recientemente anunciado en la Conferencia Episcopal? ¿Es posible aplicar la lógica FE en los barrios más humildes, como las villas?
Es clave comunicar bien y con claridad sobre qué hace la iglesia, dónde está presente muchas veces de modo silencioso y anónimo. Esto constituye un paso adelante más allá de lo que después económicamente se consiga. Comunicar bien y mostrar hace a la comunión y genera conciencia. A la vez, confiar en la Providencia es inherente a nuestra fe.
En este contexto, quizás no se puede hacer a través de un medio digital. La pandemia ha puesto de manifiesto la desigualdad digital que existe entre los barrios populares y las ciudades. El acceso a Internet se ha palpado en el tema educativo. De todas maneras esta dificultad no significa que no se pueda adaptar a un barrio popular porque, de hecho, a veces se logra.

En estos tiempos, ¿ha mermado la autoridad de los obispos frente a su clero y a los laicos?
Tengo intuiciones, no algo acabado. Estamos caminando hacia una Iglesia sinodal. El próximo sínodo de los obispos que convoca el papa Francisco para el año 2022 tiene como tema “la Iglesia sinodal”. La Iglesia del Tercer Milenio es la Iglesia sinodal, donde se deben escuchar todas las voces, no sólo las de los obispos o de los presbíteros, como marco general. Hablando cristianamente, la autoridad está en el servicio, en el lavatorio de los pies. Ahí se juega la autoridad de cualquiera en la Iglesia, principalmente de los obispos. La contrafigura de la Semana Santa es el lavarse las manos de Poncio Pilatos. Un obispo que es cercano a los problemas de la gente, que escucha, que es prójimo con lo que le pasa al pueblo de Dios de su diócesis, gana autoridad. Lo que dice gana autoridad. No me preocuparía por quién tiene más comunicados de prensa o no, sí me importaría y mucho si no estuviéramos cercanos a los problemas de la gente y si no buscáramos resolverlos en concreto.

La formación en los seminarios, ¿está a la altura de los desafíos que presenta la vida pastoral y la transformación de la cultura actual?
En la Argentina “la ratio” (el camino de formación presbiteral) está en proceso de reflexión. Esa ratio tiene que entrar en diálogo con la Evangelii gaudium del papa Francisco, porque es bueno recordar que se trata de un documento programático para la pastoral, y los seminarios forman para la vida pastoral en sentido amplio. Es clave cómo el Papa une las cosas. En el Nº 177* dice que el kerigma tiene una inmediata consecuencia social. No pondría la expectativa sólo en la formación en el seminario sino en cómo acompañar este proceso de la vida de los sacerdotes. Cuando un hombre sale del seminario y es ordenado sacerdote es como el pan al que le falta un golpe de horno: el encuentro con el pueblo de Dios. Es el pueblo el que modela el corazón del sacerdote. El pueblo tiene olfato: si bien quiere que los sacerdotes estén preparados, no mira cuánta biblioteca tienen, y aclaro que a mí me gustan mucho los libros y las bibliotecas. El pueblo mide, sobre todo, la caridad pastoral, que es el corazón de la vida sacerdotal, es su entrega al pueblo de Dios. El sacerdote aprende del pueblo fiel, especialmente de la fe de los sencillos y pobres. Aquel que está atravesando una periferia existencial tiene un punto de vista a ser escuchado, porque capta cosas de la realidad que otros no ven. Volviendo a la pregunta, diría que la formación en los seminarios es decisiva pero hay que seguir acompañando a los sacerdotes, incluso a los obispos, para seguir creciendo en las distintas dimensiones. El presupuesto teologal es que Jesús llama también jóvenes entre los más pobres para que lo sigan más de cerca en la vocación sacerdotal. ¿Cómo hacemos como Iglesia para ayudar a discernir esa llamada y cómo facilitamos los caminos para el ingreso al seminario? Por otro lado, la formación no tiene que hacer tabula rasa con todo lo previo. Se debe respetar y favorecer el modo de rezar característico de los jóvenes de barrios populares, que han aprendido de sus abuelos y padres, y que se expresa a través de la religiosidad popular. Como enseña el magisterio en Aparecida, la piedad popular es un lugar de encuentro con Cristo, es una mística popular con un gran potencial de santidad y de justicia social. Además, atesora una rica hermenéutica de la realidad: Dios es providente, Dios tiene que ver con la Vida y la Vida tiene que ver con Dios. De esta manera la fe se vincula con la historia de un pueblo. La fe se vive en una cultura. Dios habla en lenguaje humano. La respuesta adecuada a esta Palabra es la fe. La fe también sigue la ley de la encarnación, tiene como tendencia hacerse carne y sangre en la cultura de un pueblo. En este caso estamos hablando de la cultura popular latinoamericana, cuyo corazón se dejó plasmar por la gracia de Dios y abrazó la fe. Los jóvenes de las villas y de los barrios más pobres son hijos de esta cultura. No es extraño pensar que si el Buen Pastor llama al sacerdocio a hombres de esta cultura particular, quiera que no pierdan su lengua materna a la hora de anunciar el Evangelio, esa lengua de su cultura.

¿Cómo fue elegir la villa para vivir?
Yo soy del barrio de Lugano, de clase media. Nunca faltó demasiado y nunca sobró demasiado. Antes de llegar a las villas estuve tres años en el santuario de San Cayetano de Liniers; ahí crecí mucho en el conocimiento de la piedad popular, su dimensión social, los valores que se juegan detrás de las devociones, no como valores de un museo o con olor a naftalina sino como algo hacia lo cual caminar. En el pedido del pan hay un pedido de justicia. El pedido del trabajo implica pedir dignidad. Esa experiencia fue mi introducción a las villas. El cardenal Bergoglio me invitó a participar de su iniciativa de crear una nueva parroquia en el Barrio Carrillo y pasé a formar parte del equipo de curas de las villas. Había sacerdotes de la primera generación como el padre Rodolfo Ricciardelli; el padre Pepe Di Paola, de la generación media; y los más jóvenes que nos íbamos incorporando.

¿Cómo es vivir en la villa hoy? Hay conceptos como “salvación comunitaria” que allí adquieren un corpus real pero que por fuera de los barrios humildes no se comprenden.
El concepto de salvación comunitaria pertenece al papa Francisco en su encíclica Laudato si’, en el Nº 149**. Hay comedores comunitarios que han fundado mujeres hace 30 años, en el Bajo Flores, durante la crisis de la hiperinflación en el año 1989. Ellas no sólo querían que comieran sus hijos sino también los hijos de sus vecinos. Esa experiencia de salvación comunitaria no quedó allí sino que se extendió a un Jardín comunitario y hoy en día acompañan también a chicos que están en situación de consumo de sustancias. Algunas de estas mujeres ya fallecieron pero muchas siguen dando de sus recursos y de su tiempo para el bien de los demás. Esa preocupación que nace en la vida comunitaria, de lo que le pasa al otro, es tomado por la vida de la Iglesia. El libro del padre Lucio Gera, Nuestra mirada, que una vez editamos, contiene dos documentos de los curas de las villas: el que aborda el tema de la integración urbana y el que habla de la droga despenalizada de hecho, con el comentario de Gera sobre ambos textos. En el prólogo, dice: “Les damos gracias a los vecinos y vecinas por haberle hecho lugar en sus vidas a estos curas”.

¿Qué es la Familia Grande del Hogar de Cristo?
En el documento del 2009 “La droga en las villas despenalizada de hecho” describimos una realidad y la denunciamos; pero ese documento también habla de algunas propuestas de acción; fue cuando buscamos un camino para acompañar a chicos y chicas que estaban en la calle y en consumo. En el pasillo de una villa, hay un chico o una chica tirados: ¿Qué vemos? Quizás algo de esto o combinaciones: consumo de paco-tuberculosis-embarazo-no terminó la Primaria-problemas con la justicias-descarte-invisibilización. Miremos más profundamente: orfandad-falta de amor-de familia. Nosotros le pusimos a esta experiencia, que ya es nacional, Familia Grande del Hogar de Cristo. Las palabras “familia” y “hogar” las tomamos de estos chicos; estamos constituidos como familia ampliada. El corazón de la Familia Grande del Hogar de Cristo, si bien tiene granjas, pequeños hospitales, hogares para dormir, cooperativas de trabajo, está en los centros barriales que se plantan en territorios de sufrimiento y de dolor, como una familia dispuesta a recibir la vida como viene y acompañarla cuerpo a cuerpo. Son dos principios que en su momento nos dio Bergoglio. Son estructuras sencillas en las que transmitimos que somos parte de una misma familia-comunidad. Es lo que dice San Pablo en Corintios 12 sobre el cuerpo: a los miembros más frágiles los tratamos con más decoro, con más cuidado. Este es el espíritu que debe animar. Aquel que viene, aquel que se sale a buscar no es un cliente, no es un paciente, no es un asistido sino que es un miembro de la comunidad y esto cambia el eje. Los hacemos protagonistas.

¿Cómo se combina esto con otras acciones de la Iglesia?

Combina muy bien porque, por ejemplo, los chicos del Hogar Santa María iban tres o cuatro veces a misa en la semana, no sólo el domingo. Antes estaban tirados en un pasillo, sin ser bautizados; hoy participan de la eucaristía. Falló el Estado, falló la Iglesia, falló el mundo adulto. Hoy también hacen retiros espirituales, peregrinaciones, misiones. La experiencia de “Las 3 C” (Capilla-Club-Colegio) entra en diálogo con el sistema preventivo de Don Bosco; no inventamos la pólvora. Y así como el Papa habla de “Las 3 T”, Tierra-Techo-Trabajo, como derechos sagrados, nosotros acoplamos “Las 3 C” como modo preventivo para acompañar.

¿Qué reflexión particular surge en este tiempo de pandemia?
Estamos atravesando el peor momento [N. de la R.: esta entrevista fue realizada el 5 de agosto], no sabemos cuándo el pico de contagios quedará atrás. Como lo plantea el Papa, esta pandemia nos habla también de lo ligados que estamos como humanidad. La respuesta tiene que ser la fraternidad. En la Argentina quedó de manifiesto que muchos de sus 4.416 barrios precarios y villas no tienen accesibilidad al agua potable. Y el agua es esencial, nunca nos hemos lavado tanto las manos con agua y jabón como este 2020. Hay hermanos que no acceden al agua y esto propicia los contagios. ¿La nueva normalidad será acostumbrarnos a que haya gente que no tenga agua potable? Estamos hablando de un derecho humano.

* “177. El kerygma tiene un contenido ineludiblemente social: en el corazón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros. El contenido del primer anuncio tiene una inmediata repercusión moral cuyo centro es la caridad.” (Evangelii gaudium, I. Las repercusiones comunitarias y sociales del kerigma)

** “149. También es cierto que la carencia extrema que se vive en algunos ambientes que no poseen armonía, amplitud y posibilidades de integración facilita la aparición de comportamientos inhumanos y la manipulación de las personas por parte de organizaciones criminales. Para los habitantes de barrios muy precarios, el paso cotidiano del hacinamiento al anonimato social que se vive en las grandes ciudades puede provocar una sensación de desarraigo que favorece las conductas antisociales y la violencia. Sin embargo, quiero insistir en que el amor puede más. Muchas personas en estas condiciones son capaces de tejer lazos de pertenencia y de convivencia que convierten el hacinamiento en una experiencia comunitaria donde se rompen las paredes del yo y se superan las barreras del egoísmo. Esta experiencia de salvación comunitaria es lo que suele provocar reacciones creativas para mejorar un edificio o un barrio.” (Laudato si’, III. Ecología de la vida cotidiana)

Ver nota original: https://www.revistacriterio.com.ar/bloginst_new/2020/11/10/mons-gustavo-carrara-la-piedad-popular-es-una-mistica-con-gran-potencial-de-santidad-y-de-justicia-social/