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Encuentro 7: La comunidad por Jean Vanier – Fernando Barilatti

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Encuentro 7: La comunidad por Jean Vanier – Fernando Barilatti

Fernando Barilatti

Espero que estas páginas no sean un simple pase de información, sino que puedan reflejar lo que viví, que para mí fue un tiempo de mucha vida y me quisiera poder transmitírselos a lo largo de estos párrafos.

Jean Vanier empezó con la experiencia del ARCA después de una búsqueda larga en su vida: estuvo un tiempo como oficial de la Marina inglesa, después estudió Filosofía, Teología, hizo distintas experiencias de comunidad; pero siempre con un sabor de que algo faltaba y no terminaba de encontrar su lugar.

Vanier es un hombre de muchas inquietudes, eso se puede constatar en la intensidad con que vive la vida. Hay una anécdota que, según él, marcó su vida. Cuenta Jean que su papá era diplomático, una personalidad importante en Canadá. En plena Guerra Mundial, con 13 años, él le dice a su papá que se va a alistar en la Marina inglesa. Esto implicaba cruzar el océano y, en ese momento, uno de cada cinco barcos que cruzaba el océano era hundido por el enemigo. Pero Jean se plantó frente al padre y le dijo: “papá yo quiero esto”. Y el padre, en vez de tener la reacción natural que cualquiera de nosotros hubiera tenido (“no querido vos te quedás acá”), le dijo: “si es lo que tu corazón te indica andá y hacélo”. Jean Vanier cuenta este episodio como si fuera la piedra angular de su existencia, desde donde aprendió a seguir siempre los impulsos del corazón.

Una experiencia fundante que también está presente al momento de fundar el ARCA. En ese entonces, después de hacer un largo camino, por esas cosas de la vida visitó un psiquiátrico ubicado en un pueblo en Francia. Queda desconcertado frente al panorama que aparece ante sus ojos, y no puede dejar de preguntarse: ¿cómo puede existir esto? ¿cómo la sociedad puede avalar lugares así, personas viviendo en condiciones infrahumanas, como si fueran campos de concentración, en el olvido, en un rechazo total de la sociedad, en un lugar apartado, fuera de todo el núcleo urbano donde transcure la vida social; escondidos, lugares escondidos para que nadie los vea, que nadie sepa que existen? Se siente conmovido por el grito de estas personas y a partir de ese momento se ve en la necesidad de hacer algo. Sin meditarlo demasiado decide adoptar a tres de estas personas. De la noche a la mañana se ve viviendo con ellas en una humilde casita en un pueblito de Francia llamado Trosly. Pasa una primera noche bastante conflictiva. Pensemos que eran personas que estaban acostumbradas a estar encerradas en una institución donde vivían en un anonimato total, en condiciones de vida muy lamentables. Finalmente, con una de ellas, fue imposible sostener la convivencia porque no soportó el hecho de volver a estar en una casa familiar, en un mundo de relaciones tan íntimo. Y, entonces, tuvo que volver al psiquiátrico.

Esto para Vanier fue una lección que después se plasmó en lo que sería el ARCA. Jean se dio cuenta de que no todos podían hacer la experiencia del ARCA. Si bien tenía la intención de brindar una experiencia de vida digna a las personas con discapacidad intelectual, si por si alguna razón la persona no tenía la capacidad de convivir con otros, no iba a poder integrar esa comunidad. Fue una lección dura para él, pero también aprendió un límite ahí, quizá el primero en su arrojo hacia el vacío (¡su primer baldazo de agua fría!). En cierto que en esos actos fundacionales “la calculadora” se deja de lado: uno se arroja y lo demás viene después.

La realización, la estructura, los recursos, las cosas que van haciendo todo viable, llegan en un segundo momento. Parece que en esos impulsos más puros del espíritu uno da un saltito al vacío con alguna razonabilidad y después los melones se van acomodando en la marcha.

Sin duda, Jean Vanier toma su decisión primera desde el arrojo, desde el sentirse él con capacidad y generosidad como para recibir a esta gente en ese pequeño hogar. Pero al tiempo, Vanier comienza a sentir que esta gente de a poquito lo empieza a cambiar a él. Ya no era lo que más importaban su generosidad, su genialidad o su fortaleza y todo lo que él podía dar, sino que empieza a tener más peso, en esa convivencia, toda la transformación interior que el va experimentando.

A partir de esa vida cotidiana, sencilla que por ahí no tenía nada de extraordinario, él empieza a sentir que si bajaba las revoluciones y potenciaba su capacidad de escuchar, ponerse a la altura de estas personas (que intelectualmente estaban con una disminución o una discapacidad), estas personas empezaban a convertirse en sus maestros de vida. Jean comprende que se trata de un “encuentro”, y esto no es un ejercicio de poder ni una demostración de generosidad donde se busca hacer bien al otro.

Un encuentro requiere una verdadera humildad y una profunda pobreza. Estar presente en el otro, escucharlo, mirarlo, estar presente en el otro con respeto y atención. Permitir recibir en retorno. Un encuentro es una comunión de los corazones, un don recíproco gratuito. Vanier cuenta: en el curso de mi vida me di cuenta que muchas personas en grandes dificultades eran en realidad demandantes de verdaderos encuentros.

Una asistente de una comunidad del ARCA se había ocupado de personas tomadas por la prostitución. Un día llegó justo a tiempo para tomar en sus brazos cuando estaba por morir de una sobredosis, a un joven que ella conocía, que pertenecía a ese medio. Éste entonces pudo decirle: “nunca me aceptaste como soy, tú siempre quisiste cambiarme”. Esta mujer no había nunca verdaderamente encontrado a este hombre. Esta frase actuó enseguida en ella como un detonante de aquello de lo que se había querido proteger pero que constituía en efecto el centro de su compromiso.

¿Cómo habría podido ella devenir amiga de alguien tomado por la droga y la prostitución? ¿Cómo reconocerlo como una persona profundamente herida? ¿Cómo revelar a este hombre la belleza de su persona escondida detrás de su pobreza humana y su adicción? Es inevitable que frente a determinadas personas uno tenga a priori ideas y sentimientos bastante devastadores, sobre todo si uno viene impregnado de la lógica del mundo que a veces es la del éxito, es la de tener más cosas, es la del poder. Y, estas personas están como en una especie de descarte social. Entonces, es probable que la mirada valorativa no sea la que emerge primero, sino que se cuelan un montón de elementos que uno trae dentro y que van a poner al otro diez pisos bajo tierra.

Esto no nos deja de ocurrir porque estemos necesariamente en un medio de trabajo social. Uno no está libre de estar juzgando con esos criterios del mundo entendido en ese sentido, y que no nos permiten reconocer el valor y la historia sagrada del otro. Hay que cambiar la mirada. Este camino de transformación, dice Jean Vanier, se da dentro de lo que es la comunidad. La comunidad para Jean Vanier es lo central, es el ámbito de crecimiento, es el ámbito de la pertenencia, el ámbito de la relación.

Él dice: “en las relaciones está la verdad, no en otra cosa”. En las relaciones entre las personas descubrimos la verdad. Esto implicaría no dejarse llevar por las ideologías que uno puede tener o la adherencia a las buenas causas. A veces, es impresionante cómo uno se sube enseguida a las buenas causas. Es decir, a todos les gusta estar levantando la bandera de la tolerancia, la inclusión y una cantidad de pancartas más que son muy atractivas, obviamente. Pero qué difícil es a veces poder aceptar la realidad de la presencia del otro, tal como es. Jean Vanier dice algo que lo voy a transcribir exactamente con sus palabras: “a la gente le encanta cuando hablo; todo muy lindo hasta que la gente va al ARCA y siente el olor a popó y ahí se acabó la magia”.

Esta frase me parece muy gráfica para ilustrar lo que son nuestras ganas de ser algo y nuestras posibilidades de serlo. No sé si es que nos engañamos o que fácilmente nos endulzamos subiéndonos al querer ser protagonistas de buenas acciones, de buenas misiones, de buenas cosas. Y, sin embargo, lo que más nos cuesta es la persona concreta. Siempre necesitamos una mística, algo que nos inspire, que eleve un poquito la puntería. Sobre todo en el trabajo, que en lo cotidiano es arduo, tiene que haber un proceso de transformación interior importante para poder vivir la verdad de lo que la relación con el otro nos trae.

Jean Vanier siempre dice que la comunidad es lo que más deseamos y, al mismo tiempo, a lo que más miedo le tenemos, porque es una experiencia que si la vivimos en serio nos quedamos como al desnudo. Uno siempre podrá elegir en la vida comunitaria quedarse un poco dentro de la guarida, llegar hasta cierto punto, o exponerse. En general, en las convivencias más tradicionales uno puede elegir. En mi experiencia en el Seminario recuerdo que claramente lo podía elegir: yo elegía hasta qué punto confronto con mi compañero, hasta qué punto me encierro en mi cuarto y me quedo tranquilo ahí. Sin embargo, eso no me pasó en el ARCA. No lo podía elegir porque en el ARCA tenía siempre tres o cuatro personas encima mío y yo no podía medir las distancias, y eso, a veces, es lo arduo.

Pero, por otro lado, es lo que te hace bien porque te arranca del lugar donde vos te quedarías cómodamente estancado. Me imagino que en el Hogar de Cristo será parecido. En el ARCA estás todo el tiempo llamado a ir al centro del round, no podés esquivar eso. Por más careta que te pongas en algún momento te salta lo que hay adentro, el peor monstruo que estaba ahí dormido es inevitable que aparezca. Eso es lo verdaderamente transformador porque hasta que esa verdad no se pone de manifiesto vos no creces.

Esto es lo que Jean Vanier rescata como servicio que a veces nos brindan estas personas que nos dan esa capacidad de ser verdaderos porque en esto de no inhibirse en ellos, de ir al encuentro, de reclamarte hace que te involucres, te vayas al centro del juego y ahí aparece la verdad de lo que uno es, con todo lo bueno y también con lo que uno no quisiera poner a la vista. Él dice que en nuestras sociedades la comunidad es algo muy difícil, incluso en la Iglesia.

Cuando él vino acá a la Argentina, en el año 2003, se realizó un retiro y dio unas charlas en las que dijo muy claro que el gran problema de la Iglesia es que no hay comunidad, hay grupos pero no hay comunidad. ¿Por qué no somos creíbles? Porque no hay comunidad, no tiene mucha vuelta el asunto, ¿por qué frente a los ojos del mundo no despertamos la inquietud de la fe? Porque no hay comunidad.

Decía Jean que para que haya comunidad tenemos que tener la capacidad de poner al pobre en el medio, porque el pobre es el mediador, el que hace posible la creación de la comunidad, es el único que puede convocarnos a relacionarnos desde un lugar verdaderamente profundo y humano.

Mientras seamos todas personas que estemos jugando al jueguito del poder, de querer mostrarnos fuertes y eficientes, inteligentes y toda esa vidriera que tenemos que levantar frente al mundo, mientras estemos en eso nunca va a haber comunidad, a lo sumo habrá una convivencia pacífica o recreativa.

También podría haber rivalidad porque en el fondo estamos todo el tiempo en una competencia salvaje donde el otro inevitablemente termina siendo mi enemigo, más menos. Pero la percepción del otro tiene más un tinte negativo que positivo porque es alguien que me amenaza, me va a sacar mi primacía, porque en eso sabe más que yo, me va a sacar el laburo o me va a dejar mal parado, eso que lamentablemente ya está tan metido en nuestro ADN.

Jean Vanier dice que para arreglar este mundo, de la única manera que lo vamos a hacer, empezando por la iglesia, es por este camino de hacer pequeñas comunidades donde realmente todos sepamos quién es quién. Y esa comunidad se construye con el pobre en el medio. Al pobre, cada uno le puede poner el rostro que quiera: el pobre puede ser un discapacitado, puede ser un chico que vive en un contexto desfavorecido, puede ser algún familiar; pero tiene que estar porque si no la comunidad no se construye.

La comunidad se construye a partir de la debilidad, no de la fuerza. Jean Vanier tiene la siguiente imagen: la debilidad es como el cemento que nos permite pegar los ladrillos para construir la comunidad, lo que nos permite hacer esa casa y lo que va, de alguna manera, a posibilitar que socialmente empecemos a girar la rueda para el otro lado. Vanier es muy trágico, manifiesta que si nosotros seguimos caminando en esta línea, alimentando este estilo social donde lo que prima es el individualismo, la competencia, la rivalidad vamos a terminar mal. Y, según él, esto no sería tan fácil de desarticular, es una especie de bomba prendida que cada vez va acentuándose más.

Todo esto que forma parte de un mismo aire, de una u otra manera, esto se desintegra, se desarticula en la medida en que nosotros podamos crear otros códigos de relación y no hay otro camino que volver a esas personas que van quedando al margen de la sociedad, que son los descartados, los inútiles, los que de alguna manera no tienen lugar en el sistema. Tenemos que volver a mirarlos, volver a animarnos a integrarlos. La paradoja será que aquellos a los que considerábamos descartables serán los que nos traigan la “salvación”. Eso que dice el salmo: eso que descartaron los arquitectos va a ser la piedra angular.

Jean Vanier habla mucho de la tiranía de la normalización, es una idea que tiene mucha fuerza. Desde que empezamos a tener conciencia hay una sociedad que fuertemente nos invita a entrar a una determinada forma de vivir, a responder a un determinado standard, a defender un lugar, un status quo, a acomodarnos a un estilo de vida que no está mal pero tampoco está bien, y va generando este cuerpo social fragmentado donde los débiles o los que no cumplen con ciertos requisitos, con ciertas capacidades o los que no tienen la capacidad de sobrevivir en esto que creamos que es la selva o la jungla urbana, van a quedar afuera. Esto de la tiranía de la normalización implica una norma que nos viene ya impuesta desde afuera y que impide, en el fondo, la emergencia de la conciencia personal.

Hoy, paradójicamente, se habla mucho del individuo, se pone mucho énfasis en fortalecer la libertad individual, en darle prioridad, en la importancia de cada persona. Esta idea está mucho en los discursos, en la defensa de los derechos humanos. Plantean la primacía del sujeto pero a la vez es un sujeto carente de luz interior, de motor propio como para tomar a veces decisiones desde sí mismo o conscientes; es un sujeto que tiene que cumplir con ciertas pautas, o porque tengo que responder a lo que quiere mi papá, mi mamá o lo que me pide la sociedad, de una u otra manera, y es muy difícil romper ese molde. Y si uno se pone a pensar, incluso estando en este medio, cuántos resortes de esos hay adentro de uno y cuánto condicionan nuestra vida y qué difícil es salirse de esa autopista. Esto no quiere decir que tengamos que ser todos francotiradores: no hay que destruir el mundo, no hay que tirar todo abajo ni todo está mal.

Pero ¿cuál es el lugar desde donde emerge lo verdaderamente nuestro y cuándo nuestras decisiones realmente tienen arraigo en nuestra interioridad más pura, en lo que creemos, en lo que somos, en lo que deseamos? Está muy tapado eso, más allá de toda esta vertiginosidad que nos va llevando. Parece que el tiempo pasa cada vez más rápido, y que uno casi no está en el presente, sino que está cada vez más embalado en la perspectiva hacia delante.

Y aquí hay un poco de fantasía, cuando no estás pudiendo pisar bien lo de hoy que es lo único que existe porque mañana no sabemos qué va a pasar. Todo el mundo parece que va en ese tren bala y es difícil bajarse y tomarse las cosas con más calma. Que el presente tenga la densidad que tiene que tener, que uno pueda gozar, que uno pueda disfrutar, no estar todo el tiempo entre la angustia y la ansiedad y la desesperación de lo que no hice, de lo que no tengo, de lo que no llegué. Esto nos pasa incluso trabajando en causas de bien, y ¡ni que hablar ya en otras esferas de la vida social!, pero nos pasa supuestamente en ámbitos donde privilegiamos la relación con el otro.

Tenemos supuestamente una cantidad de valores que nos guían y nos iluminan y así todo es difícil cambiar esta sintonía de la aceleración, y más que la aceleración, la enajenación. Por eso, no es tan raro que después uno busque algunas compensaciones, algunas experiencias que nos den un verdadero sentido o la sensación de estar vivos, como es la experiencia de placer. En esto muchas veces las adicciones, creo que son como una piedra de toque para buscar salir por la tangente y, entre otras cosas, de alguna manera sentirnos vivos en medio de una experiencia que puede ser más o menos oscura o más o menos sufriente.

Vanier se pregunta mucho por la Iglesia en este marco y, en algún momento, tiene como una decepción con la estructura eclesial. De hecho, él funda el ARCA y siendo sumamente apasionado por Jesús, por el Evangelio, por la Iglesia católica también, la funda por fuera de la Iglesia porque siente que las estructuras están un poquito endurecidas. Vanier fundó el ARCA en el año ’64. Recién ahí tuvo lugar el Concilio, imagino que en esa época había alguna rigidez para adaptarse a una comunidad, que además se proponía como ecuménica.

Quienes formamos parte de ella estamos conectados desde una experiencia humana que nos aúna en una especie de territorio tan de todos que en ningún momento uno siente una diferencia marcada a partir de las distintas creencias religiosas. Jean Vanier escribió hace mucho en un libro: “estoy un poquito decepcionado con la Iglesia porque después del Concilio, muchas de esas promesas todavía no llegaron y la Iglesia sigue atada a viejas formas, costumbres, a quedar bien. Las causas que van surgiendo, que a veces son escandalosas, en vez de ser ocasión para humildemente decir ‘sí somos esto’, o para plantarse desde otro lugar, ‘no’. Uno quiere seguir manteniendo el poder, somos la institución poderosa”. Hasta que no nos bajemos de ese caballo la cosa no va a funcionar.

Él se pregunta cómo será la Iglesia del futuro en este panorama. Por eso, yo creo que el verdadero signo de santidad se encuentra en el sacramento del encuentro, la fe no es el anuncio de un ideal de vida sino primero el encuentro con una persona que es Jesús. El sacramento del encuentro como el sacramento del pobre exigen que vivamos en Jesús y que Jesús viva en nosotros, requiere una transparencia, una purificación de nuestras vidas. No estamos aquí para cambiar al otro ni convertirlo. Así está la obra de Jesús pues la fe es un don de Dios y no la expresión de un poder y de una superioridad.

Estamos aquí para encontrar al otro con humildad, respetarlo y revelarle su valor en tanto que persona. El sacramento del encuentro vuelve presente a Jesús. El encuentro sólo se produce entre dos personas que se reconocen iguales, capaces de confiar el uno en el otro y cada uno recibir un don del otro. El encuentro revela al otro su valor e implica una escucha de todo su ser sin que yo renuncie por ello a las verdades que me habitan en mi conciencia interior.

En otro escrito, Vanier plantea cómo se imagina él la evangelización hoy. “El gran medio de evangelización se encuentra hoy en esas pequeñas comunidades en las que personas de diferentes orígenes son felices, contentos de estar juntos y se aman mutuamente. En esas comunidades se puede experimentar acciones sobre la vida personal y sobre la experiencia de fe y la misión de la comunidad. Esta necesidad de pertenencia que todos tenemos podemos ofrecerla a personas diferentes, hombres y mujeres, personas que sufren de la enfermedad de Alzheimer y personas que tienen una discapacidad. La invitación a venir a participar en la comunidad y a vivir tiempo juntos para saborear la alegría nos permite descubrir que en el fondo en el ser humano hay una necesidad de celebrar la vida y de relajarse juntos”.

Personalmente, me gusta mucho esta visión que tiene Jean Vanier que no tiene nada de heroica y tiene mucho de humanidad, de volver a un sentido de vivir humanamente y la evangelización, entonces, ya no es como las cruzadas, la inquisición o sentir que uno tiene que ir a conquistar el mundo o a cambiar o convertir al otro sino que él dice que el desafío es ir al encuentro.

Jean Vanier se pregunta cuál sería el desafío de la comunidad del ARCA hoy después de tantos años. Hay muchas comunidades del ARCA alrededor del mundo, en diferentes países y culturas. El tiempo fundacional ya pasó. Un desafío importante actualmente es no perder la mística, contra lo que hoy es muy fuerte que es la profesionalización del servicio que puede dar una comunidad del ARCA. Esto es muy fuerte también porque lo cambia todo. En este sentido, por ejemplo, viví un tiempo en el Cottolengo y me tocó ver un cambio de paradigma y cambia la idea del lugar. No digo que sea mejor ni peor. Además hace años que no voy y no sé cómo está ahora.

En las comunidades del ARCA esto es un tema porque, por un lado, hay que ir acomodándose a una legislación que está muy normada. Ahora las normativas son cada vez más, en nombre de la protección de las personas, a veces son complicadas de vivir en la realidad y de hacerlas compatibles con un espíritu más fresco. Mucha norma a veces lamentablemente aplasta.

Jean Vanier dice: “ahora para fundar una comunidad del ARCA tengo que sortear una cordillera de papeles y nosotros pensábamos que podíamos tener una cocinita en cada hogar y hacer una comida más familiar y resulta que no, viene bromatología y tenemos que tener una gran de cocina con todo a regla, el acero inoxidable, la cocinera, el médico, la enfermera…”.

¿Cómo mantener esa mística que es como el alma de una organización? Es lo que no se ve pero es lo que sostiene todo. En el momento que perdiste la mística hay que dar por seguro que empezó la muerte, aunque la cosa funcione bien, la mística es como el alimento que va haciendo fuerza desde el fondo. Es un intangible que tiene un gran impacto en la realidad cotidiana. ¿Cómo romper la lógica del asalariado?

Cuando se entra en la profesionalización hay otros intereses y aunque no creo que no todo sea para mal (no es que las personas no tengan que cobrar un salario), el clima cambia cuando en un lugar “todo vale o tiene un precio”. Empieza a emerger un poco el gusto más lucrativo de las cosas y entonces se empieza a perder un poco la gratuidad del encuentro con el otro porque mi tiempo con vos tiene un valor.

¿Cómo hacemos entonces para generar un encuentro auténtico y verdadero si por ahí yo sé que estás pensando que si nos quedamos charlando media hora más te van a tener que pagar eso? En el ARCA esto pasa mucho porque los servicios de discapacidad, en pos de que se fueron profesionalizando para bien, porque la verdad es que la atención hoy es mucho mejor que hace 30 ó 40 años porque hay una conciencia de que esa persona requiere determinada calidad de tratamiento y hay mucha más especificidad y conocimiento en lo que se le da, en lo que necesita.

Sin embargo, la contracara es que toda esa ayuda mucho más especializada y focalizada a veces no se hace desde un espacio vocacional por decirlo así, o más desde una opción desde otro lugar. Y la verdad es que la cosa cambia, no sé dónde está el equilibrio, pero es muy diferente el clima que se va generando en un lugar cuando todavía subsiste este condimento más vocacional que puede ser compatible con un salario (¡de algo tiene que vivir!), pero el asunto es cuándo empieza a pesar una cosa más que la otra y al final no caer en la lógica de que cada minuto vale porque eso termina minando todo tipo de gratuidad del encuentro.

¿Cómo hacemos? Otra vez la salida es la de la comunidad, es crear estos espacios de convivencia donde el centro, la relación tiene que estar mediada por la debilidad: lo único que nos conmueve, es el sufrimiento del inocente, eso es lo único que nos arranca realmente de nosotros mismos. Es contra lo que no podemos, contra lo que nuestro corazón no se va a poder atajar, es lo único que nos va a romper en mil pedazos nuestros esquemas.

En un chico discapacitado a veces es fácil ver el sufrimiento o verlo como inocente porque, en general, no es dañino. Lo que creo que nos conmueve es el sufrimiento del inocente, y a veces en algunos chicos o jóvenes no es tan fácil verlo. Quizás en varias personas que pasan por el Hogar de Cristo uno puede tener, y sobre todo, la sociedad, una cierta mirada donde la inocencia se perdió: ese chico de inocente no tiene nada, y entonces le ponemos el rótulo de culpable y así, de alguna manera, nos atajamos para que esa realidad no nos conmueva.

Y creo que muchas veces la sociedad piensa: “este pibe… por algo será, se lo merece, por algo le pasa lo que le pasa, que se jorobe, que se las arregles solo”. Cuando mirás esa realidad un poquito más de cerca y ves que detrás de esa persona hay toda una historia de dolor y de sufrimiento que lo antecede frente a la cual muchas veces no tuvo opciones, oportunidades, creo que ahí te conectas un poco otra vez con esto del sufrimiento del inocente o del que no tuvo esa posibilidad.

Es ahí, me parece, que viene el enganche, donde uno empieza a comprometerse desde otro lado. Si no visualizas eso probablemente vivas al otro como una amenaza, y no vas a durar mucho en ese compromiso. En el ARCA uno le tiene miedo a la propia violencia y eso sí es real. En la convivencia uno está muchas veces al filo del desborde porque el otro te lleva hasta el extremo y es en un límite muy finito. A veces estar todos los días con alguien que por ahí no para, no para, no para, no entiende.. ahí es donde sale la violencia. Y uno le tiene miedo a la violencia de uno sobre todo cuando tiene puesta la ficha: “bueno, eso a mí no me pasa…”.

Creo que es a las cosas que uno más le tiene miedo en la convivencia. El peor monstruo de uno es que emerja esa ira que uno tiene adentro, que uno la tiene ahí retenida y en una convivencia intensa eso puede pasar. Imagínense qué feo que de repente eso salga frente a un chico que tiene una disminución. Esto Jean Vanier lo repite muchísimo: “necesitamos otra vez de la comunidad porque nosotros podemos ir al encuentro de estas personas rotas si tenemos la red de contención de la comunidad, si no vamos a terminar estrellándonos, vamos a terminar dándole un piñazo o vamos a terminar mal nosotros”.

No se necesitan ni quieren héroes sino personas dispuestas a vivir a pleno su humanidad, confiando en la potencialidad del otro. Cuando le preguntan a Jean Vanier ¿es necesario que alguien crea en Dios para entrar en una comunidad del ARCA? Él dice: “no, no es para nada necesario, lo que sí es necesario es que crea en la persona con discapacidad, que crea en esa vida, en esa capacidad de salir, de florecer hacia algo mejor.

Ese es el único requisito que yo le pido a alguien que va a entrar a convivir en una comunidad del ARCA, que tenga esa visión”. Es algo muy lindo para aplicar un poco en la convivencia con la familia, con nuestros entornos de trabajo. Qué bueno poder tener esa mirada positiva o esa capacidad de ver lo bueno que es o puede ser el otro.

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