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Encuentro 5: Mons. Gustavo Carrara y Padre Pedro Bayacasal

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Encuentro 5: Mons. Gustavo Carrara y Padre Pedro Bayacasal

Encuentro 5.

LAUDATO SI’.

Monseñor Gustavo Carrara y Padre Pedro Baya Casal.

“Espacios y experiencias de salvación comunitaria”.

Tiene la palabra monseñor Gustavo Carrara.

El encuentro de hoy se titula “Espacios de salvación comunitaria o experiencias de salvación comunitaria”.

Es una expresión que el Papa Francisco  en Laudato si’, en el número 149. Esta expresión,  hace referencia a unas experiencias que él visualiza en las barriadas humildes, en las villas. Resuena para nosotros, la experiencia a partir de la cual surgen los Centros Barriales del Hogar de Cristo que después, evidentemente, trascienden las fronteras de las villas y ya hoy, están casi en todo el territorio de nuestra Argentina.

Es admirable la creatividad y la generosidad de personas y grupos que son capaces de revertir los límites del ambiente, modificando los efectos adversos de los condicionamientos y aprendiendo a orientar su vida en medio del desorden y la precariedad. Por ejemplo, en algunos lugares donde las fachadas de los edificios están muy deterioradas hay personas que cuidan con mucha dignidad el interior de sus viviendas o se sienten cómodas por la cordialidad y la amistad de la gente.

También es cierto que la carencia externa que se vive en algunos ambientes que no poseen armonía, amplitud y posibilidades de integración, facilita la aparición de comportamientos inhumanos y la manipulación de las personas por parte de organizaciones criminales.

Pero para los habitantes de los barrios muy precarios, el paso cotidiano del hacinamiento al anonimato social que se vive en las grandes ciudades puede provocar una sensación de desarraigo que favorece las conductas antisociales y la violencia.

Sin embargo, insiste el Papa Francisco en que el amor puede más. Muchas personas en estas condiciones son capaces de tejer lazos de pertenencia y de convivencia que convierten el hacinamiento en una experiencia comunitaria donde se rompen las barreras del yo y se superan las barreras del egoísmo. Esta experiencia de salvación comunitaria es la que suele provocar reacciones creativas para mejorar un edificio o un barrio. (Cf. LS 149)

Al mismo tiempo, la creatividad debería llevar a integrar los barrios precarios en una ciudad acogedora. Qué hermosas son las ciudades que superan la desconfianza enfermiza e integran a los diferentes y hacen de esta integración un nuevo factor de desarrollo. Qué lindas son las ciudades que, aun en su diseño arquitectónico, están llenas de espacios que conectan, relacionan, favorecen el reconocimiento del otro. (Cf. LS 152)

Estos números son un poquito largos, pero quería invito a leerlos para ver en qué contexto el Papa usa esta expresión de experiencia de salvación comunitaria. Él está mirando las villas o barriadas humildes, lo cita de modo especial en una cita abajo, a pie de página, también está pensando en esos núcleos habitacionales que, por fuera, son muy precarios, están mal, tienen muchas cosas que faltan, pero en esos contextos el Papa dice, aun en esos contextos, el amor puede más y se generan espacios o experiencias de salvación comunitaria.

Vamos con este concepto: experiencias. En primer lugar, el Papa no está hablando de ideas ni de propósitos sino de experiencias que realmente se viven y conviven entre los más pobres, de las cuales él fue testigo en las villas de la ciudad de Buenos Aires. Y también en el Gran Buenos Aires, cuando él era Provincial de los jesuitas en San Miguel. Si uno rastrea un poco su trabajo pastoral en las barriadas, la verdad es que ha sido muy grande y ha generado estas experiencias o espacios de salvación comunitaria, junto con sus compañeros jesuitas y, sobre todo, con las comunidades que fueron acompañando allí. Entonces, se habla de experiencias concretas.

De salvación, ¿en qué sentido salvación? Es que son experiencias de muerte y resurrección, son experiencias donde se ve la acción del Espíritu Santo que suscita vida adonde parece, a primera vista, sólo haber muerte. De alguna manera es traer esa salvación a la historia concreta de muchas personas.  “La verdadera esperanza cristiana, que busca el Reino escatológico, siempre genera historia.” (EG 181)

Y lo comunitario. Esta experiencia de salvación comunitaria, este caminar juntos de los más pequeños y pobres, es un descubrir que solo no se puede y entonces se camina juntos y se apunta a lo esencial. Esto es hacer cultura, cultura es todo lo que un hombre o una mujer en un pueblo hacen en una comunidad que se organiza para escaparle a la muerte, optando por la vida y por la libertad. Y entonces se dan estas experiencias de salvación comunitaria en la historia.

Ese concepto es el que queremos desarrollar hoy. Es la fe que se hace historia, es la fe que tiene encarnadura, es la fe que se hace cultura y, por consiguiente, se hace estilo de vida en un pueblo.

En las villas o barrios populares irrumpe lo que llamamos la piedad popular, la espiritualidad o la mística popular. Esto que vemos en los santuarios tiene una gran dimensión comunitaria. Por ejemplo, cuando los pequeños y pobres visitan los santuarios, llevan una oración bien concreta que se motiva en la vida: el pan y el trabajo, la salud, los nudos imposibles de desatar, las causas urgentes que no pueden esperar. Es una oración bien concreta que se motiva en la vida y que va a ser rezada con cariño y devoción frente a la sagrada imagen de Jesús, de la Virgen, de un determinado Santo, que se descubre como el oído de Dios ante esa necesidad tan concreta.

No es una oración individualista, cerrada en sí misma, sino que es una oración abierta al otro. Al santuario se va, sobre todo, para pedir por el familiar, por el amigo, por el vecino, por el barrio, por la Nación. Se va a pedir y se va a agradecer más por otros que por uno mismo.

Ahora bien, esta fe que uno puede ver en Luján, en San Cayetano, en San Expedito, en distintos santuarios, también se vive en los barrios y es una fe inculturada que se traduce muchas veces en experiencias de salvación comunitaria.

Es ese amor experimentado, ese amor de Cristo que me ama y que me salva, que se traduce en preocupación por el otro y en deseo de comunidad, de trabajar con otros, de hacer con otros. El Kerigma, ese anuncio de Cristo muerto y resucitado, necesariamente pide la preocupación por el otro y la vida comunitaria. (Cf. EG 177)

Estos espacios de salvación comunitaria se dan en contextos muy adversos, como decía el Papa Francisco, y hay que tener la capacidad de verlos. Cómo, por ejemplo, frente al hambre, frente al no tener para los hijos, las madres que son capaces de no comer para que sus hijos coman, y cuando se juntan son las madres de todos los chicos de ese pasillo. Y así lo viven y por eso organizan un comedor comunitario que, pasado un tiempo de dificultad, puede transformarse en un espacio de apoyo escolar, de juegoteca. Puede ir virando al modo de ir acompañando esa vida de sus hijos.

Si se sabe leer cristianamente allí se ve un espacio de salvación comunitaria, se ve encarnada la preocupación por el otro y la vida comunitaria.

No estamos hablando de grandes cosas a los ojos del mundo, estamos hablando de pequeños gestos con gran amor a los que nos tiene acostumbrado a mirar Jesús, que ve la vida y dice: aquí, esta viuda muy pobre dio todo lo que tenía para vivir. Es esa mirada del Señor que, en lo pequeño, ve el paso de la salvación.

Cuando hablamos de una fe inculturada hablamos de una fe que obra por la caridad y así lo dice el Papa: quiero insistir en que el amor es más fuerte. Muchas personas en estas condiciones son capaces de tejer lazos de pertenencia y de convivencia que convierten el hacinamiento en una experiencia comunitaria.

¿Cómo surgen estos barrios precarios, estas villas en torno a las grandes ciudades? Pensemos también que en nuestra Argentina de hoy, las villas y los barrios precarios, según el relevamiento que se ha hecho y que motorizaron, sobre todo, los movimientos populares o movimientos sociales, arrojó que en la Argentina tenemos más de 4400 villas o barrios precarios.

En torno a las grandes ciudades, como Buenos Aires, ¿qué ha hecho que se formaran estos barrios? Un deseo ha puesto en movimiento a miles de mujeres y de hombres, el deseo de progresar, de vivir mejor, de luchar por brindarles un futuro mejor a los hijos.

De alguna manera, las personas que hoy viven en los barrios vienen del interior de la Argentina, de países hermanos y han sufrido una especie de auto-destierro  porque no quedaba otra cosa que hacer, no había trabajo para llevar el pan a la mesa, no había posibilidad de una educación para los hijos, no había posibilidad de cuidar la salud y, como dice la sabiduría popular, cuando falta la salud falta todo.

Ese deseo de querer vivir mejor, de querer progresar ha puesto en marcha a miles de mujeres y de hombres. Y si uno se toma el tiempo para escuchar y para escuchar de corazón a corazón, ve cómo esas personas tienen una historia de dolor y de sufrimiento detrás y, a veces, hay lágrimas que dicen “yo no quisiera estar acá”, “pensé que acá iba a estar mejor y más o menos estoy igual pero ya no vuelvo, no puedo volver atrás”.

Y en perspectiva histórica, los grandes urbanizadores de las villas han sido los vecinos que transformaron basurales o lagunas en barrios obreros.

Las familias de las villas son hijas de la cultura popular latinoamericana. Cultura viene de agricultura, de aquello que hace crecer. Ese optar por la vida y por la libertad suscita estos espacios de salvación comunitaria.

Hay espacios que surgen en torno a las parroquias. Espacios de salvación comunitaria que ponen, con claro protagonismo, a los más pobres y eso es lo más lindo porque aquellos que se empiezan a acompañar no son asistidos de una comunidad sino que son el corazón de la comunidad y protagonistas de esa vida de comunidad. Ese es el horizonte.

Y también es el criterio de discernimiento acerca de otros espacios de salvación comunitaria que no necesariamente tengan una pertenencia confesional, explícita, pero hay signos de que son espacios de salvación comunitaria cuando los más pequeños y pobres están en el corazón de esos proyectos, cuando los más pequeños y pobres son protagonistas de esos proyectos. Al decir del Papa Francisco, los pobres ya no esperan, sino que se organizan, luchan, estudian, trabajan, y al no tener trabajo a veces se inventan el trabajo para, de algún modo, escaparle a la muerte. Porque trabajar, en el fondo, es eso también: es querer vivir con dignidad y es escaparle a todo lo que tiene sabor a muerte.

Entonces miramos nuestra experiencia de la Familia del Hogar de Cristo que surge en el contexto de las villas y surge también porque hay una historia previa, sobre todo de vecinos y vecinas que muestran un modo de ser Iglesia también, que van modelando a la Iglesia en las villas. No es que la Iglesia le haga un lugar a las villas sino que los vecinos y vecinas le hacen un lugar a la Iglesia y configuran el rostro de una Iglesia que, en un determinado momento, suscita un espacio de salvación comunitaria como puede ser la Familia Grande del Hogar de Cristo.Pero también hay que estar atento a cómo el Espíritu Santo suscita en otros lugares estos espacios de salvación.

Tiene la palabra el padre Pedro Baya Casal

Casi sin darnos cuenta empezamos a armar un proyecto que fue creciendo con distinta gente, que fue la construcción de un Salón. Empezamos con un grupo de Pastoral Universitaria, después se sumó una ONG que se llama Ingeniería sin Fronteras que no es confesional; se trata de gente de todos los orígenes, algunos vecinos del barrio y algunas personas que debían cumplir tareas comunitarias –probation- y que también los sumamos a trabajar en la construcción del Salón Ceferino, así lo llamamos.

Lo que empezó como algo muy pequeño se fue haciendo cada vez más grande. Todos los sábados era casi una fiesta, había entre 60 y 70 jóvenes de distintos lugares, con sus distintos dirigentes. Logramos una muy buena coordinación, fue una experiencia lindísima. En noviembre del 2012 vino nuestro Obispo a confirmar, en ese momento era el cardenal Jorge Bergoglio, le dije: “vení que vamos a ver a los chicos que están trabajando”. Fuimos a la obra y yo le iba contando: “este es de Ingeniería sin Fronteras, es comunista y viene acá por sus convicciones; y el otro es judío, es ingeniero y también viene acá y este es el dirigente de Acción Católica…”. Y así con toda la “fauna” que habíamos juntado que era algo muy lindo, muy particular.

Pasó el tiempo, a Bergoglio lo hacen Papa y cuando viajó a Cuba, en el discurso a los jóvenes donde incita a hacer el bien, donde propone el ideal del bien común, cuenta: “yo me acuerdo, cuando estaba en Buenos Aires, en una oportunidad fui a una Parroquia y el párroco me iba diciendo este es de tal lado…”. Nos juntamos con todos los que estaban aludidos y cada uno fue diciendo: “yo era el judío”, “yo era el comunista”, “yo era el dirigente de Acción Católica”.

Y lo cuento porque me vino a la memoria cómo a todos nos llamó la atención que le haya quedado a Bergoglio la impresión linda de lo que vio ese día con tantos jóvenes que se dedicaban a hacer el bien, más allá de sus creencias. Ese lugar se había transformado también en un espacio de salvación comunitaria, no sólo para nuestros vecinos que, al día de hoy, usan ese lugar para todo lo que se puedan imaginar, sino también para los voluntarios que colaboraron, que venían de distintos lugares, por distintos motivos y encontraron mucho sentido, el gusto por hacer el bien, por el bien común, por un bien común que está por encima de mi bien o de mi beneficio individual.

Terminada la anécdota, de lo que se trata es que los últimos números de la Encíclica Laudato si’ es la propuesta de un cambio que tiene que ver con la educación, con el amor cívico y con los valores.

Podríamos preguntarnos qué tiene que ver una propuesta educativa en una Encíclica cuyo tema es el medio ambiente. Y es como si el Papa hubiera descubierto que no sólo el mundo está contaminado, sino que lo que está contaminado es nuestro interior como humanos y nuestros vínculos, que eso también requiere un cuidado especial para que no se sigan contaminando.

¿Y qué es lo que contamina y destruye este mundo espiritual, este mundo de los vínculos y de los valores? Son términos que también son análogos al mundo de la economía, el consumo, el individualismo que vemos como matriz o como lógica del mercado, que no estamos tan escindidos como para que eso tampoco pase al mundo espiritual, no podemos decir esto sucede en el mercado pero a mí no me toca. No, somos una unidad y un poco lo que pasa adentro pasa afuera o al revés, lo que pasa adentro de los corazones también pasa afuera y es lo que se ve.

Por eso el Papa, entiendo, le da tanta importancia a esta educación ecológica que pasa por tener conciencia del cuidado del planeta, lógicamente, pero también pasa por restaurar, renovar, resucitar a una nueva calidad de vínculos sociales. No solamente educar informando sobre los desastres del cambio climático, por decir así, sino también fomentando y creando, arriesgando nuevos modos de vínculo, nuevos modos de formación de la subjetividad que no estén marcados por el individualismo y el consumo. Es como una propuesta contracorriente de la subjetividad postmoderna. Tampoco es que el Papa quiera restaurar algo del pasado, no se trata de recuperar los valores de la Edad Media, no es esa la propuesta, sino mirar hacia adelante con los valores sin tiempo del Evangelio y buscar nuevos caminos para la formación de los corazones, de los espíritus, de las subjetividades que tengan que ver con una distinta lógica, con una mirada evangélica.

La propuesta del Papa es recuperar el sentido de lo común por sobre lo individual, eso implica una profunda conversión que está despertando en pequeños grupos y promete expandirse.

Fácil de decir “poner lo común sobre lo individual”. Es un esfuerzo enorme a la hora de ponerlo en práctica porque todos estamos de acuerdo en que tenemos que cuidar la casa común, el clima social y la paz social pero cuando eso implica que tengo que trabajar más y dormir menos, o tengo que cobrar menos, o tengo que sacrificar algo en pos de lo común, aparecen algunas dificultades. Pongamos el foco en la educación y cómo formarnos primero nosotros, convencernos de esta prioridad de lo común sobre lo individual y después cómo ponerlo en práctica. Por ahí pasa el desafío.

A mí se me ocurría también en este juego de las analogías, de las palabras que utiliza el Papa, para vincularlo con nuestra experiencia de los Hogares de Cristo, que usamos la misma palabra para referirnos a una realidad económica, el consumo, el consumo interno que es lo que mueve la economía y usamos la misma palabra para referirnos a lo que daña la vida de nuestros chicos y chicas que es el consumo de sustancias, de drogas.

No es casual que el término sea el mismo, es un síntoma. Lo que el Papa pone como diagnóstico al final de la Laudato si’ es que el consumo es una manera de tapar el vacío del corazón. Esto es aplicable a los dos tipos de consumo: el de bienes y el de sustancias.

Los dos esconden atrás un grito que tiene que ver con el sinsentido, con la soledad, con un camino que lleva a la muerte y a la oscuridad, que se disfraza de consumo, que aparece como la salvación, como la salida, como la huida de ese vacío.

También y volviendo al título propuesto para esta tarde, experiencias de salvación comunitaria en los Hogares de Cristo, tiene que ver con esta salvación, con la salvación verdadera, no con la ilusión de salvación que nos ofrecen los consumos sino en poner en primer lugar lo común como algo que me libera de mí mismo, de mi mismo encierro, de mi mismo individualismo.

Muchos de ustedes trabajan o tienen el cotidiano con los Hogares de Cristo y pueden recordar más de una historia de algún chico o de alguna chica que, lentamente, fue descubriendo el valor de lo común, que se pensaba o se concebía a sí mismo como aislado, como perdido, sin vínculos y luchando solo contra el mundo con su dolor y con su vacío y que, en el Hogar de Cristo, pudo ir volviendo a tejer vínculos sociales, pudo dejar su apodo para recuperar su nombre. Me vienen a la memoria tantos que no sabíamos cómo se llamaban y hubo que hacer el trámite, el documento y recuperar su nombre y dejamos de decirle “Chino”, “Negro” para empezar a llamarlo por su nombre.

Eso es una manera también de tener un lugar en la sociedad, de pasar de esa soledad, de esa marginalidad, a formar parte de algo más grande.

Lo que me viene a la memoria es alguien que muchos de ustedes conocen: Miguel. Él vivía en la calle. Una noche de Navidad lo invitamos a compartir la mesa con nosotros. Desde su experiencia de vivir 7 u 8 años en la calle, comía en el piso y el día de Navidad se sentó a la mesa; él mismo dijo: “pensar que todavía se puede comer en una mesa común, con otros”. Estaba sorprendido de volver a descubrir algo que sabía que, de alguna manera, le pertenecía, que tenía que ver con su dignidad pero que lo daba perdido por completo. Y el Hogar de Cristo, al ofrecer este espacio común que también tiene que ver con la mesa compartida, empezó a poner en marcha esta experiencia de resurrección, que es lo que muchas veces vemos en los chicos y las chicas que se acercan a nuestros Hogares. Es algo muy sencillo: darse una ducha, ser bien tratado, comer bien y ahí empieza un camino de resurrección.

Resurrección y salvación aquí los uso como sinónimos, pero quiero también hacer esta pequeña distinción. No es resurrección sólo como volver a vivir, el que estaba muerto vuelve a la vida, sino es resurrección como nacer a una vida nueva, ahí está el desafío. Si la resurrección es solamente volver a vivir para volver a tener mis criterios individualistas, para pensar que no sirvo para nada, para seguir apostando que el consumo de cualquier tipo es lo que me va a sacar, esa resurrección no tiene sentido, es un callejón sin salida. La resurrección es para vivir o está orientada, es el desafío de volver a vivir, vivir una vida nueva, con nuevos valores, con nuevos horizontes también, eso lo ofrece mucho el Hogar de Cristo con todas las propuestas de formación para los chicos, los talleres, el acompañamiento en la salida laboral.

Tengo el recuerdo de chicos que, grandes ya, recuperándose en el Hogar de Cristo, me dijeron: nunca trabajé, no sé lo que es ir a trabajar todos los días porque no pude, no se dio, no tuve la formación.

Resucitar no es volver a ser el tipo que nunca trabajó. Resucitar es volver a ser un hombre que puede pararse sobre sus propios pies y tener la dignidad de contribuir al mundo con su trabajo.

Entonces la salvación como resurrección o como nueva vida, como la experimentamos nosotros en los Hogares de Cristo, tiene que ver con esta nueva forma de estar en el mundo.

Sabemos bien que ninguno de nuestros chicos se salva solo. Todos se salvan cuando aparece el grupo, la comunidad, esa comunidad en la que tienen un lugar.

En definitiva, la experiencia de salvación comunitaria se da cuando hay quién y para quién.  No se puede conceptualizar si no se tiene la experiencia, es muy difícil. Por suerte, muchos de los que están acá, tienen la experiencia del trabajo y de lo que acontece con los chicos y chicas que se acercan a los Hogares de Cristo, de qué manera resucitan. Si voy a dejar de drogarme pero sigo pensando y sintiendo que estoy solo en el mundo y me tengo que salvar como pueda, entonces la experiencia comunitaria aun no terminó de transformarme. Hay que hacer todo el camino.

Con todas esas dificultades y con todo este trabajo es que podemos hablar de experiencia de salvación comunitaria: cuando hay una comunidad concreta que recibe, que aloja, que restaura, que sana, que abre nuevos horizontes.

Otra de nuestras falsas premisas del mundo individualista y consumista es que yo tengo que estar bien para ayudar después a los demás. Entonces cuando yo esté completamente sano y ya haya curado todas mis heridas de la infancia y no tenga más apremios económicos, entonces voy a poder ayudar a los demás. Y eso es nunca.

Y lo que sabemos por experiencia comunitaria de salvación es que nuestros propios chicos, aun estando mal, aun faltándoles miles de cosas, en el hospedar al otro, en el recibir al otro, en el vivir en común, ahí se van sanando, ahí se van curando. No es que “primero estoy bien entonces ahora que estoy bien voy a ayudar a los demás”. No, me voy curando así todo roto como estoy y mientras tanto voy ayudando a los demás. Esto lo vemos, por lo menos, en nuestro Hogar de Cristo Juan Pablo y en el de San Expedito, con la cena solidaria. Los que salen a repartir la comida los jueves no son los mejores chicos sino los que recién están empezando el camino y descubren “ah… pero yo puedo hacer esto, haciendo esto por los demás, aun estando roto, me voy curando, me voy sanando”. Derriba un mito que es: “primero tengo que estar bien yo para después ayudar al otro”.

Entonces lo que vemos es que la experiencia de salvación comunitaria tiene que ver con que, cuando empiezo a abrirme al otro, empiezo a estar mejor. Esa sería un poco la lógica.

Lo que se está haciendo en Marcos Paz, lo de las tres “T” (Tierra, Techo y Trabajo) es claramente un proyecto en el que no sólo son las individualidades las que brillan, sino que se palpita lo que se vive en común, trabajar unos por otros, poner las capacidades al servicio de los demás. Es un poco contracorriente, culturalmente, y también vemos la alegría y el entusiasmo que eso genera.

Hace poquito, hace 15 días estuve en Córdoba, en un Centro Barrial en el que los chicos, con botellas recicladas, hacen ladrillos, donde está el Padre Mariano. Fabrican  ladrillos con botellas recicladas y con eso construyen sus propias casas. Ya van construyendo tres casas. Es una maravilla porque la gente con las cosas que la sociedad de consumo tira edifican un lugar donde nace algo nuevo. Con la gente y las cosas desechadas y descartadas está empezando una nueva manera de vivir, una nueva manera de construir. Y subrayo: una nueva manera de vivir y no solamente por tener cuatro paredes y un techo sino por saber que ellos hicieron con lo que otros descartan la casa donde ahora viven, donde viven como comunidad.

Ese tipo de salvación a una nueva vida, comunitaria, con lo que la sociedad de consumo descarta, es parte de esta educación ecológica de la que nos habla el Papa Francisco. El cuidar también la ecología de los vínculos y la ecología de la sociedad.

Lo que salva de las experiencias comunitarias es la comunidad por sobre la soledad, la comunión y la familia por sobre el anonimato y la marginación. También la propuesta pastoral de las tres “C” (Capilla, Colegio, Club) tiene mucho de esto.

Y se me ocurría compartir con ustedes algunas imágenes evangélicas que hablan de esto. La cita de Efesios 2, 14 que dice que Jesús, con su muerte en la cruz, derribó el muro que separaba a los judíos de los paganos. Derribar el muro con la fuerza de la cruz, de la muerte y la resurrección tiene que ver con este salir de la soledad para empezar a vivir y a apostar por la comunión. Dejar el individualismo de la propia identidad, judíos y paganos, para entrar en la dinámica de la comunión propia de la nueva vida de los resucitados, en donde ya no hay, dice San Pablo, judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, todos somos hijos, todos somos hermanos.

Lo que parece una propuesta solamente espiritual o de educación también va a ser parte de la propuesta de la Economía de Francisco. Volvemos a la analogía entre los términos de la economía y los términos de la vida espiritual o de la educación.

En septiembre, cuando fuimos al Encuentro Nacional, recuerdo la charla tan linda que nos dio la doctora Cecilia Avenatti sobre la hospitalidad. Se explayó sobre lo que aparece primero, esa tensión entre el que recibe y el que es recibido, cierta dureza o cierta dificultad que puede haber en este acto de hospitalidad y cómo esa hospitalidad asimétrica tiene que volverse reciprocidad para luego producir la chispa de un encuentro humano que nos transforme a todos. ¿Se acuerdan más o menos el itinerario que proponía Cecilia?

Cuando digo hospitalidad me refiero a los Hogares de Cristo como lugar de encuentro y de salvación comunitaria; también Gustavo [Carrara] habló de los migrantes: nuestra ciudad también tendría que ser, en ese sentido, hospitalaria, capaz de recibir al extranjero no solo asimétricamente como el anfitrión, sino volvernos hermanos. Y esa dinámica o esa alquimia es un poco la que se vive en los Barrios. Es muy lindo.

Hace poquito estuve de retiro espiritual en una casa que se llama Santa Marta y la figura de Marta en el Evangelio me parece que ilustra un poco esto que queremos decir con lo de la hospitalidad y con la experiencia de la salvación.

Les voy a contar rápidamente. Marta es la amiga de Jesús que vivía en Betania, con sus hermanos María y Lázaro. El Evangelio nos cuenta que la primera vez que reciben a Jesús, María estaba muy contenta escuchándolo y Marta trabajando; un poco se enoja con Jesús que era su huésped y le dice: “no te importa que mi hermana no haga nada” y Jesús le dice que ella eligió la mejor parte. Hay una fricción entre la hospedera y el huésped. Más adelante, cuando su hermano Lázaro muere, Jesús llega uno o dos días más tarde y cuando llega a la casa de Marta, ella le dice: “si hubieras estado acá mi hermano no habría muerto”. Lo recibe y no le dice “qué suerte que viniste” sino que tiene un reproche.

Esa característica de Marta me hace acordar a esto que decía Cecilia sobre el huésped que, muchas veces, puede ser el enemigo o que el huésped puede ser incómodo para el que hospeda; hay que hacer lugar y se exige al que hospeda una apertura, una disponibilidad y un aceptar ser modificado de alguna manera.

Eso lo veía reflejado en Marta y en nuestros Hogares de Cristo. Es muy linda la tarea que hacemos pero cuando cae uno a último momento y hay que buscarle el lugar para que duerma, o no tenés dónde mandarlo y llamás a Bajo Flores a ver si tienen un lugarcito, a veces también la hospitalidad o ese Jesús que viene en el huésped, también para nosotros como para Marta, genera cierta incomodidad.

También es cierto, como dice en los Hebreos y la historia de Abraham, el que recibe al huésped siempre recibe una bendición. Entonces, ¿cuál es la bendición que recibe Marta? Jesús le resucita a su hermano, es mucho más lo que después ella recibe que esa incomodidad. Es como que la relación de Marta y Jesús refleja esta dinámica de la hospitalidad.

Pero, en la imagen de Santa Marta en el retiro, estaba representada con un dragón que tenía en la boca las piernas de una persona, como que se la había comido. ¿Qué será este dragón? Me puse a investigar un poquito y ahí viene la parte de la leyenda medieval. Parece que los tres hermanos, las dos hermanas y el resucitado, se van a vivir a Francia. En el pueblo, según la leyenda medieval, había un dragón que tenía a todos atemorizados y se comía a la gente. Marta, ¿qué es lo que hace? Se hace amiga del dragón y lo domestica. Por eso en las imágenes medievales aparece Marta con el dragón, a veces como si fuera un perro, con una correa con la que ella lo lleva y se vuelve su amigo.

Me pareció figurativo de la dinámica de la hospitalidad y de la experiencia de la salvación. El enemigo, el que mete miedo, es una leyenda medieval pero tiene su sabiduría. El huésped, en tanto enemigo, termina siendo el mejor amigo, termina habiendo reciprocidad y encuentro humano.

Y esa experiencia también es una experiencia de salvación. El que estaba afuera empieza a formar parte, el que era extranjero es reconocido como hermano, el que no tenía nombre recupera su nombre, su lugar, su dignidad.

Es un poco la experiencia comunitaria de salvación que tenemos en los Hogares de Cristo.

Los Hogares de Cristo empezaron hace 10 años como una tentativa, como una experiencia y hoy creció una barbaridad. Adonde vayas hay Hogares de Cristo, se fue contagiando este espíritu, empezó como algo muy pequeño pero descubrimos que ahí hay un gran secreto que tiene que ver con la vida y con la salvación y que tiene que ver también con recuperar la salud. Es sanar nuestros vínculos sociales, tiene que ver con la belleza del Evangelio que es siempre nueva y que se nos presenta a nosotros también como experiencia y como desafío para el futuro.

 

 

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