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Encuentro 4: Dra. Emilce Cuda – Laudato Si

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Encuentro 4: Dra. Emilce Cuda – Laudato Si

Encuentro 4

Laudato Si’ y el pueblo pobre trabajador

Dra. Emilce Cuda 

12 de noviembre de 2019

 

 

El tema que nos convoca es el tema del trabajo digno, y la relación entre trabajo y política. Voy a hablar de eso. Soy teóloga, doctora en Moral Social, y dentro del campo de lo social trabajo el campo de lo político. Considero que el trabajo es una clave para organizar el campo de la política.

 

El Papa tiene un principio, uno de los cuatro Principios Bergoglianos: “la realidad es superior a la idea”. Ustedes saben que en la teología latinoamericana seguimos un viejo método que es el de “ver, juzgar y obrar”. A mí me gusta seguir eso cuando vamos a hablar de la política, porque si acordamos con que la realidad es superior a la idea, cualquier discernimiento que hagamos tiene que partir de la realidad y no de los imaginarios, aquellos  imaginarios que construimos nosotros naturalmente, pero que también están muy inducidos por los medios; entonces, sin darnos cuenta, ustedes y yo somos víctimas de esas interpretaciones a partir de las cuales luego juzgamos.

 

Los invito a hacer el ejercicio de mirar la realidad, informarse a través de diversos medios -medios amigos y medios enemigos-, y también a través de los medios de otros países y de otros continentes, porque no se puede entender la realidad separada de un concierto internacional. Nuestro contexto argentino es un contexto particular que se incluye en un contexto latinoamericano que también es muy particular; a su vez Latinoamérica está incluida en un contexto mundial. A veces hay afinidades de contextos entre los países latinoamericanos, africanos y parte de los países asiáticos, y no tanto con contextos norteamericanos y europeos, pero tenemos que conocerlos para poder hacer una buena interpretación de lo que está pasando en nuestra realidad. Entonces los invito a hacer ese ejercicio. El panorama hoy en el mundo, en los últimos días, es bastante crítico. Sin embargo, hay que dar buenas noticias dice el Papa, no hay que ser profetas de calamidades. Vamos a empezar a ver una realidad que es bastante cruda,  pero creo que podemos entenderla y modificarla. Por lo tanto, esto no es una profecía del fin del mundo, sino más bien una interpretación que nos permite hacer una buena lectura de eso.

 

Lo que estamos viendo hoy -si lo tuviéramos que resumir con una frase-, es que el pueblo está en la calle. Lo estamos viendo en Bolivia, lo estamos viendo en Chile, esos son los dos países desde los que más nos llegan noticias en Argentina. Hoy Bolivia opacó lo que está pasando en Chile. Pero tenemos la misma situación en Haití; hoy llegaron las imágenes de Polonia. Entonces la situación es grave y estamos en un escenario nuevo. A veces se comete el error, todos lo cometemos, de utilizar categorías ya conocidas por nosotros -que es donde nos movemos más cómodos-, para interpretar lo que está pasando. Esas categorías, según mi modo ver, son categorías del siglo XX, por eso mismo hoy son insuficientes para entender el escenario político local e internacional. Los saltos tecnológicos en las relaciones de producción hacen que los escenarios se hayan modificado. Entonces, para entender lo que está ocurriendo, no se trata de  desconocer el saber que se ha construido hasta ahora -tanto en la teología, como en la política y en las ciencias sociales-,  pero sí estamos obligados a empezar a pensar esta realidad y construir nuevas categorías para poder intervenir y dar soluciones que no sean violentas, que sean producto del diálogo social.

 

El pueblo está en la calle y, si uno lo lee de una manera simple, lo que están pidiendo es muy poco. Están pidiendo sobrevivir. La gente no está pidiendo tomar los medios de producción, no está pidiendo asaltar las grandes mansiones, no está pidiendo autos de alta gama; está pidiendo comer para sobrevivir hasta mañana. Además, no está pidiendo que le regalen la comida: está pidiendo trabajo para ganarse ese pan. Es algo muy simple. Los pobres son muchos y sólo están pidiendo trabajo para ganarse la comida. Los pobres son muchos más que los ricos. Si salen caminando nos pisan, sin embargo todos les tienen miedo, pero no hacen nada malo. Están padeciendo situaciones terribles y lo único que piden es un trabajo para ganarse el pan, para sobrevivir hasta el día siguiente. Eso es mucho más simple de entender que todas las interpretaciones económicas; y esa es la cara humana de esta realidad -la otra es el rostro inhumano de la economía. El Papa habla de las tres “T”:  Tierra, Techo y Trabajo. Estas tres “T” son clave: buscan un Trabajo para tener un Techo digno donde vivir y una Tierra para trabajarla. La palabra Tierra es clave en Latinoamérica.

 

Vamos a empezar por Techo. Hace años estuve en un seminario internacional que se hizo en Roma, sobre lo que el primer mundo llama “homeless”. Estos son los que viven en la calle y el título de mi ponencia era: “los sin techo”. Entonces los organizadores me dijeron: -“no, usted está equivocada en la traducción.  Acá no los llamamos sin techo. Acá los llamamos homeless”. Insistí que no era un error, sino que se trataba de dos categorías distintas porque responden a dos realidades diferentes. No quedaron muy conformes pero, por suerte, el Cardenal Turkson -quien está a cargo del Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral-, inauguró la conferencia hablando de “los sin techo”. Entonces eso dio un poco de legitimidad a una teóloga que, además de ser latinoamericana, era mujer -saben que empezamos mal en ese orden: por ser teóloga, por ser latinoamericana y, además, por ser mujer.

 

Es muy importante entender la diferencia entre las dos categorías, porque: ¿qué es un sin techo? En el caso de ellos -el Norte-, hablan de los homeless como aquellas personas que, por supuesto por causas sociales, están en la calle; causas sociales que los excluyen de la familia, los excluyen del mundo simbólico de la cultura. En general se trata de individuos que están en un estado de mucha desprotección, muy marginados, pero no es nuestra realidad en el Sur. Acá el sin techo es otra cosa. Es una familia completa en la calle. Una familia que no que tiene problemas para entrar en el mundo simbólico de la cultura, sino que tiene negado el acceso. Es una familia que podría entrar perfectamente en ese mundo simbólico de la cultura, sólo que se les cierran las puertas. Esto hace que el mundo hoy esté dividido entre los incluidos y los excluidos. Ya vamos a volver sobre eso, pero quiero dejar en claro que las categorías izquierda o derecha que se manejaban en el siglo XX, o las categorías de arriba y abajo que son también categoría del siglo XIX y XX, hoy ya no sirven para entender este panorama.

 

Volvamos al techo. Es un tema importante por varios motivos. Sin techo no se puede tener privacidad. Lo que pide la gente no solamente es un techo, sino también una puerta. Nunca había escuchado esto: una puerta! Hay gente que vive en una casilla, siete personas, todos juntos en un mismo ambiente, sin una puerta que permita privacidad, que permita intimidad. No tienen un espacio donde estar solos. El adolescente y el niño no tienen un espacio donde estar solos. La pareja no tiene un espacio donde estar sola. Esto es muy agresivo para la dignidad de la persona humana. Es algo de lo que no se habla y lo aprendí en esa reunión sobre homeless en el Vaticano: la importancia de la división interna, de tener una puerta.

 

Un techo no es solamente, como lo sería para una sociedad puramente animal -porque las sociedades también son de animales, la sociedad política es otra cosa y es humana, es el modo social con palabra pública que solo tienen como posibilidad los seres humanos. Un techo no es solamente  para cubrir las inclemencias del tiempo. El techo es lo que me permite una vida digna, es lo que me permite tener una familia, es lo que me permite cobijar una familia, es lo que me permite ser parte de esa familia de manera digna. Además, un techo es lo que me permite criar a mis hijos y cuidar a mis abuelos. Un espacio, una casa, una vivienda que tenga un espacio para nuestros abuelos. Hay muchas construcciones que se hacen en Latinoamérica con créditos, con préstamos, con proyectos internacionales, pero que no son dignas. Son espacios muy pequeños para de una familia numerosa -es como generalmente son las familias de todos los que están pasando necesidades. No tienen intimidad para todos sus hijos, y no tienen un espacio más para cuidar al abuelo, o al tío, o a la tía que está enferma y que no tienen dinero ni cobertura social para ponerlo en un geriátrico o en un asilo.

 

Cuando hablamos de techo es más que un techo para cubrirse del frío y la lluvia. Tiene que ver con la dignidad, tiene que ver con todo el conjunto de la familia. Esto es un problema que no tienen en otros países porque la familia ampliada que tenemos en Latinoamérica no es lo mismo que lo que tienen  en Europa o en Estados Unidos donde las familias están más divididas entre distintas ciudades. Aquí vivimos en Latinoamérica: toda la familia vive en una misma ciudad, en una misma provincia, y no quieren mudarse porque en el nuevo barrio a veces no se los puede  visitar.

 

No es así la realidad en los países nórdicos. Los padres viven en un lugar y los hijos a los 19 años se van a vivir a la otra punta del país para hacer su vida universitaria; solo vuelven a visitar a la familia el día de Acción de Gracias -día en que se venden más pasajes que en cualquier otro día del año. No es nuestra realidad en América Latina. Con este ejemplo del techo estoy explicando que cada pueblo tiene su particularidad y sus problemas. Los problemas están contextuados. No así las causas: las causas están globalizadas.

 

Ahora bien, el tema de la Tierra –antes de entrar en el tema del Trabajo. Ustedes habrán escuchado hablar de un economista joven que hoy es uno de los más importantes en el mundo, que es Thomas Piketty. Él sacó al público un libro sobre las ideologías. Se llama “El capitalismo en el siglo XXI”, es una obra muy linda. Invito a que la lean. Generalmente no se leen los libros de economía porque se supone que son puros números, pero no es verdad. La economía es una disciplina social y ahí Piketty, en un análisis excelente que hace a lo largo de 10 años estudiando la acumulación de la renta, dice que el problema no es la pobreza sino la riqueza. Que la pobreza es una consecuencia de la riqueza. Que el problema es la acumulación de la renta, que de seguir así en pocos años la renta va a estar acumulada en el 10% de la población mundial, es decir que el 90% de la renta va a estar en manos del 10% de la población mundial; es más, estará concentrada en el primer decil.

 

Piketty dice que el cambio es cultural, como lo dice también el Papa Francisco. El cambio social no es un problema económico, ni un problema político, es un problema cultural. Lo que hay que cambiar es la percepción de la riqueza. Nosotros estamos muy acostumbrados a hablar de la pobreza, se gastan millones de dólares en el mundo para hablar de eso. Ustedes no se imaginan cuántos dólares se gastan en hablar sobre la pobreza, congresos, debates, viajes de un lado para el otro para contar cómo es la pobreza acá y allá. Pero esto es una trampa porque hablar de la pobreza invisibiliza la riqueza. A punto tal invisibiliza la riqueza que cuando uno ve en las revistas Hola o Caras a los ricos exhibiendo su riqueza, nadie lo percibe como un robo, ni como corrupción, ni como un crimen; no se percibe así, se percibe como algo deseable, como algo a alcanzar.

 

Es muy importante ver que, cuando nos muestran a un pobre, siempre nos lo muestran en el delito. Los pobres son noticia cuando cometen delitos, cuando cometen crímenes. Sin embargo, los ricos siempre son noticia cuando alcanzan el éxito. Esto hace que se perciba a unos como virtuosos y a otros como ociosos y criminales. Por eso es importante el planteo de Piketty cuando dice que el cambio debe ser cultural -y no estoy citando una encíclica, ni a un agente religioso, estoy citando a un economista que, además, declara no ser de izquierda, y ser agnóstico.

 

Piketty, a través de sus estudios, desarrolla una idea central: el problema es la percepción de la riqueza. Tenemos que percibir cómo se produce y cómo se acumula esa riqueza. Sostiene que no es la causa de la riqueza acumulada no es la misma en Europa que Latinoamérica. La productividad en Europa es alta, mientras que en Latinoamérica es muy baja. ¿Cuál es el origen de la productividad en Europa que alimenta esta acumulación de la renta? Se trata de una economía industrial avanzada donde la democracia liberal y representativa funciona, dados estos niveles de cultura y distribución de la renta, incluso con todos los problemas que Europa tiene y que son muchos. Sin embargo, él dice que en Latinoamérica el origen de la riqueza es otro, y que tiene que ver con la concentración de la tierra en pocas familias. Siguiendo siempre a Piketty, Latinoamérica es un continente de baja productividad en el sentido industrial, y vive de la exportación de sus recursos naturales, los cuales están concentrados en la tierra. Como decíamos antes, la tierra está concentrada en pocas familias; sumemosle, además, la cuestión del extractivismo. Es muy importante darle relieve a esta percepción. Por esto son tan importantes en Latinoamérica las tres “T”, y sobre todo, verlas en relación.

 

Hablé del techo, hablaré del trabajo, pero no quería descuidar el tema de la tierra. El tema de la tierra es fundamental en las peleas políticas y sociales latinoamericanas. ¿Por qué es fundamental? Porque hoy otra de las evidencias que nos da esta realidad es el peligro que atraviesan los Estados que tan debilitados están en Latinoamérica. El Estado moderno es justamente eso: el control de los bienes y los cuerpos, la concentración de este control de los bienes y los cuerpos. El Estado es el que tiene la legitimidad del uso de la fuerza física, decía Max Weber. Si salimos de Argentina y vamos sobre toda a Centroamérica, veremos dónde está el Estado. En Centroamérica, para ir de un barrio a otro tengo que pagar un peaje, mi cuerpo no es mío. Para salir de Argentina, y lo hago dos veces por semana, tengo que presentar mi pasaporte. No transporto mi cuerpo donde quiero. El Estado tiene autoridad sobre mi cuerpo -no puedo andar libremente cruzando fronteras-, como también lo tiene sobre mis bienes. Tengo hoy un billete que dice 100 pesos y yo diría que es mío. Sin embargo, dice que es del Estado argentino y mañana me puedo levantar y eso puede valer nada, cambió la convertibilidad, cambió la moneda, vale dos patacones, ya sabemos cómo es esto. Entonces: los bienes y los cuerpos son del Estado.

 

Pero, ¿qué pasa cuando el que controla mi cuerpo no es el Estado, la Nación, sino una mara? Las mafias latinoamericanas son las que actualmente tienen poder sobre nuestros cuerpos y además sobre nuestros bienes. El gran problema de estas mafias, que comúnmente llamamos narcotráfico, es que hoy no controlan solamente las drogas, sino también la exportación de los recursos naturales de la región que se están negociando por fuera de los Estados, entonces estos dejan de percibir esas contribuciones. El tema es bastante grave y por eso el Papa habla de las tres “T” porque las tres están relacionadas.

 

Ahora bien, esta situación de las tres “T” que es un clamor, como dice el Papa, que es el clamor del hermano y de la tierra, eso es lo que dice Laudato si’. Laudato si’ es una encíclica que no está pensando objetivos sino que toma como un objetivo dado a esta realidad. Dice: esta realidad es el clamor de los hombres y de la tierra, ambos están siendo explotados; no tengo que pensar ningún objetivo, ni siquiera ya como cristiano, sino como un ser humano de este mundo, el objetivo me es dado.

 

Hay hombres y hay una tierra que está clamando porque está en peligro la vida, la vida de los hombres y la vida en el planeta por dos causas: por el futuro del trabajo que está amenazado y por toda la crisis ambiental. Es por esto que el Papa habla de una crisis ecológica porque es una crisis que amenaza la vida toda y que tiene dos variantes: la crisis ambiental, por un lado, y la crisis social por el otro lado. Estamos muy acostumbrados a que se diluye la importancia de la crisis social porque se habla demasiado de la crisis ambiental. Igual que se habla demasiado de la pobreza y nada de la riqueza, pero la encíclica habla de dos crisis.

 

Esta situación es un clamor por la supervivencia no solamente de los pobres sino por la supervivencia de todos los que habitamos este planeta y no solamente los seres humanos sino de todas las especies. Ahora bien, ¿cuál es la solución a eso? La organización política. Estamos en un momento de caos y esto lo están diciendo hoy los principales teóricos de la política internacional. Situación de caos. Puedo citar a la filósofa belga Chantal Mouffe que, en su último libro, dice que estamos en una situación de caos, lo que ella llama el momento populista. Olvidémonos de todos las miles de interpretaciones que hay de los populismos, ella llama momento populista a este estar el pueblo en la calle. Dice que eso es una situación de caos. ¿Por qué? Porque el pueblo está en la calle, politizado y desorganizado. Ahora vamos a ver las causas.

 

Este pueblo en la calle politizado y desorganizado es un caos y al caos alguien lo va a ordenar. Voy a detenerme un minuto e ir al segundo relato del Génesis. Se sabe que en el Génesis hay dos relatos: uno en el que la vida y el mundo se crean de la nada y el segundo relato donde la creación es la ordenación del caos. Dios es aquel que ordena un caos, además de crear de la nada. El problema es qué dios va a organizar este caos -un dios inmanente o un Dios trascendente-, y esa es la amenaza hoy en el mundo. Hay una situación de caos porque no hay organización política; porque durante décadas nos han dicho que la política es algo malo, algo ideológico, algo corrupto.

 

Además, al no haber trabajo, hoy tenemos, según el último informe de la Comisión Mundial de la OIT, trescientos (300) millones de personas en todo el globo que no tienen trabajo y a las que no hay forma de devolverles un empleo asalariado. Igual trabajan pero en situaciones indignas, muchas de ellas para estas mafias que mencioné hace un rato, para las que su vida vale absolutamente nada, donde no hay lugar para una negociación colectiva, ni paritarias, ni nada de todo eso que son los laureles que supimos conseguir en cien años, por lo menos, en Latinoamérica -especialmente en Argentina y Brasil.

 

Entonces, esta situación caótica está generada, por un lado, por este mensaje de politización; por otro lado, por la falta de trabajo porque al no haber trabajo, la gente no se reconoce reunida. Lo que permitieron el trabajo y la modernidad —ojo, que no todo es malo en la modernidad, cuidado con ese discurso también—, es que por primera vez en la historia los de abajo se organizaron políticamente.  Antes de la modernidad, la política era sólo entre dioses, como dice Michel Lowy, era entre sectores de la burguesía; los de abajo ponían el cuerpo en una guerra que no era suya. A partir de la modernidad, con el desarrollo industrial y el surgimiento del obrero, estos de abajo empiezan a estar juntos varios días a la semana ocho horas, y cuando hay muchas personas juntas -como dice Hanna Arendt-, aparece la palabra. Cuando aparece la palabra pública uno empieza a quejarse, luego empieza a buscar soluciones y empieza a organizarse. Esos fueron los primeros sindicatos, y los partidos políticos que surgen de esos sindicatos. Había una política que empezó a pelear sus propios intereses. Los de arriba peleaban por sus intereses, por las ganancias, y los de abajo peleaban sus necesidades, por condiciones de trabajo dignas y salarios justos. ¿Pero qué pasa cuando la masa de gente desempleada empieza a crecer y crecer? Desaparece ese espacio público común para que la palabra, como dice Hanna Arendt, aparezca. Eso es la política.

 

La política no es corrupción; la política es palabra pública. Cuando no se tiene ese espacio de trabajo, la gente deja de tener palabra, se aísla, se deprime, empieza a consumir alcohol, drogas, empieza a no querer estar en contacto con el otro. Estos factores fueron determinantes para que lleguemos al siglo XXI a una situación caótica como la que estamos viviendo. Durante el siglo XX la lucha política era por derechos sociales. Por eso se dice que en el siglo XIX y XX la política era secular: una palabra que también ha adquirido malas interpretaciones. Cuando uno dice secular se escucha secularismo y cuando se escucha secularismo se escucha anticatolicismo. Cuidado con eso. La política debe ser secular. La política es el espacio para la lucha por derechos sociales. Cuando la política deja de ser el espacio para la lucha por derechos sociales, deja de ser política y se convierte en religión, porque la gente en lugar de hablar para organizarse y pelear por derechos sociales, se organiza para defender verdades metafísicas a punto tal que hoy se tiran abajo presidentes que pelearon por derechos sociales en el nombre de una verdad metafísica, la de saber quién robó, quién es corrupto. Esto es complicado.

 

No estoy defendiendo la corrupción, lo que estoy diciendo es que el lenguaje metafísico por buenos y malos desplazó el lenguaje de los derechos sociales y hoy, los trabajadores -porque todo ser humano es un trabajador-, hoy los trabajadores sin trabajo siguen siendo trabajadores; si vivieran de la renta no serían trabajadores. Todos los que para sobrevivir el día siguiente tenemos que trabajar y mantenernos con un salario somos trabajadores, aunque no tengamos trabajo. En todo caso, seremos trabajadores desocupados en el siglo XXI y, como dice el Papa Francisco, descartados, porque dada la estructura del trabajo, no hay forma de emplear esa gente. Después retomaremos esto.

 

Volviendo al tema del escenario, estamos en el siglo XXI y sobre el punto coinciden varios autores como, por ejemplo, el filósofo italiano Giacomo Marramao que escribió un libro sobre el tema: a fines del siglo XX entramos en un periodo post secular, un nuevo periodo donde la gente en la calle está saliendo a pelear por verdades religiosas. Tenemos que quitar la palabra evangélicos; no son los evangélicos la causa del caos, porque ahí también vamos a caer en la trampa. Por el contrario, es la política que se está desplazando al campo de lo religioso.

 

Habrán visto en las imágenes que hoy están circulando de Bolivia, pero no solamente en Bolivia. Las de Bolivia son las más fuertes. Hice una gira el año pasado por todas las ciudades grandes de ese país y conozco muy bien lo que está ocurriendo con el tema de la religión. No podemos permitir que el campo de la política sea convertido en un campo religioso. Cuando uno empieza a mezclar la religión con la política aparece la fantasía de que mi religión tiene la verdad absoluta y los principios morales. Pero puede no ser la mía, puede ser la mía malinterpretada, puede ser una falsa religión, como dice el Papa. La religión de este sistema neoliberal es también una religión, porque tiene sus rituales. El consumo es un ritual, es un sistema de fe, creemos en que depositamos el dinero en el banco y está allí, ni hablar de los nuevos billetes electrónicos como el bitcoin que ni siquiera es un banco -esa inversión es un grandioso acto de fe. Entonces estamos en un sistema de fe que, para seguir funcionando, necesita cada vez más de los niveles de creencia.

 

Si seguimos así inmersos en esta vorágine religiosa vamos a terminar todos enredados en una lucha de carácter religioso. Esa lucha religiosa no es funcional al Dios verdadero, es funcional al falso dios, que es un ídolo, que es el dios dinero. Cuando muchos de nosotros creemos que estamos peleando y defendiendo nuestros valores religiosos, en realidad estamos siendo funcionales a una trampa. Una religión que está dividiendo a los pueblos, que está enfrentando países y que está amenazando fuertemente los procesos políticos latinoamericanos. Es importante empezar a informarnos de lo que está pasando realmente antes de condenar a nuestros hermanos que creen que están defendiendo valores religiosos. Es muy importante entender esto, porque vamos a entrar en una guerra de todos contra todos, muy alejada de la política. Entonces, en este campo que es el caos, el momento populista alguien lo va a ordenar.

 

¿Cómo se sale de esta situación? La derecha está más armada que la izquierda. La izquierda está fraccionada, dividida a nivel internacional. Ya no se puede hablar más de derecha o de izquierda, hay que hablar de incluidos y excluidos, y los excluidos se convierten en el antiestablishment (antisistema). ¿Quiénes son hoy los que están en contra? Todos aquellos que van siendo excluidos del sistema, algunos por motivos económicos otros por motivos religiosos, otros por motivos de género. Porque la lucha, diabólicamente, y no simbólicamente, se ha dividido infinitamente en un montón de frentes. Estas palabras “diabólico y simbólico” son importantes, son palabras medievales que cobran actualidad.

 

Seguramente cuando vean este vídeo que va a salir en las redes me van a atacar por esto; pero es importante. Lo simbólico es aquello que es sim-bolón, es decir, la unión de la diferencia, como dice el Papa Francisco. Vamos a buscar una unidad contemplando todas las diferencias: las de distintas religiones, de distintos credos, las distintas posiciones políticas. Lo diabólico es aquello que impide esta unidad. Dia-bólico es lo contrario. La división es multiplicar infinitamente esas diferencias impidiendo la unidad política de un pueblo.

 

Entonces duele hoy que lo que tendría que ser un reclamo político por derechos sociales justos, porque hay millones de personas con necesidad en Latinoamérica, se haya convertido en horas –si miramos en Facebook hoy– en un enfrentamiento religioso. Esto está pasando ahora y están tomando partido. Es muy triste porque esta es una posición diabólica que justamente lo que impide es esta unidad; y la unidad es organización política de los pueblos. Y no hay que tener miedo.

 

¿Esto es contrario al catolicismo? De ninguna manera. A fines del siglo XIX el catolicismo, ante una situación calamitosa y urgente inicia lo que se conoce como Doctrina Social de la Iglesia. Eso es Rerum novarum, la primera encíclica social. La Doctrina Social de la Iglesia irrumpe en la historia en los tiempos modernos. Luego de haber condenado la modernidad se hace cargo de que tiene que haber organización, organización de los trabajadores, que las luchas y los reclamos sean reconocidos por los Estados y generar instituciones que les garanticen una vida digna. Eso fue el sindicalismo, esos fueron los partidos políticos durante el siglo XX.

 

La Doctrina Social de la Iglesia tiene una larga tradición en la organización política y la organización de los trabajadores no es ajena en esto. Ojo: cuando escuchamos que no hay que mezclar religión y política porque eso no es católico. No mezclar religión y política para algunas religiones es importante porque es funcional a un avance que destruye a los hombres y al planeta porque no hay organización. Pero no es eso el catolicismo, tampoco es eso para el judaísmo, tampoco es eso para el protestantismo y tampoco para muchas religiones u organizaciones evangélicas.

 

La política es algo importante, el Papa Francisco lo reivindica y además dice que es la forma más alta de caridad, es la forma más alta de expresar una de las tres virtudes teologales que es la caridad. En este panorama, ¿qué tiene que ver el trabajo? El trabajo es el camino, dice el Papa Francisco. El trabajo es el camino, y uno diría, pero ¿por qué el trabajo? Por todo lo que vengo diciendo. Primero, porque el trabajo permite a una persona manifestar su ser. Eso es la dignidad. La dignidad tiene que ver con el derecho que tenemos naturalmente a sobrevivir en este mundo, y no solamente a sobrevivir, a ser felices, a festejar, a tener nuestras fiestas, a hacer nuestras comidas con amigos. Tenemos derecho a eso. No podemos sentirnos culpables de estar alegres y estar festejando. La gente está muy triste. Es muy importante repetir esto: hay que volver a instalar el derecho a la felicidad y el derecho a la alegría.

 

El trabajo permite que yo pueda tener los medios para vivir dignamente. Estamos acostumbrados a asociar trabajo con empleo y a que el trabajador es solamente el empleado que cobra un salario que solo le alcanza para vivir, sobrevivir y llegar al trabajo hasta el día siguiente. Eso es su salario. Fíjense lo que fue la protesta en Chile. La gente en Chile no salió a pedir tomar los medios de producción, salió a pedir que no le aumenten el boleto con el que tiene que ir a trabajar al día siguiente. Ni siquiera pidió aumento del sueldo sino que no le aumenten aquello con lo que va a ir a producir la acumulación del sistema.

 

Entonces el trabajo está asociado a que tiene que ser duro, que me paguen poco y pasarla mal. Así me decían mis alumnos de la Universidad: profesora, usted no entiende, trabajo no es eso. Trabajo es que me paguen poco, que la pase mal y que no me guste porque, claro, se asoció el concepto de empleo asalariado en condiciones de explotación al concepto de trabajo. Pero cuando la Biblia dice “trabajarás y es un esfuerzo con el sudor de tu frente”, eso no significa explotación. Son dos cosas diferentes.  Todos los que estamos acá, si estamos acá a las seis de la tarde y tenemos dos horas para escuchar esta charla, es porque estamos incluidos. Más  o menos, todos los que estamos acá tenemos trabajo. Algunos tendremos trabajos más creativos, otros menos creativos, pero todos sabemos que -incluso los que estamos haciendo lo que nos gusta, que tenemos la suerte de trabajar en lo que nos gusta-, es mucho esfuerzo. Nos cansamos, dejamos la vida en eso muchas veces, pero no es explotación. Explotación es otra cosa.

 

Estamos acostumbrados a asociar que trabajo es solamente eso y perdemos de vista la verdadera dimensión del trabajo. El trabajo tiene que ver con el modo en que el ser humano puede expresar su humanidad. Eso es la dignidad. ¿Por qué? Porque no solamente Dios es creador. Según nuestro credo, el hombre también es creador: el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios y es co-creador con Dios en esta creación.

 

En síntesis: meterse en política y meterse con el trabajo no es algo que hago en el rato libre, es una obligación porque teológicamente nos han encargado cuidar este planeta y cuidar a nuestros hermanos.

 

Ahora bien, este trabajo es el único modo en que puedo cumplir con ser imagen de Dios porque el trabajo es el lugar donde transformó el mundo para mejor, es donde soy creativo. Cuando soy creativo es cuando me manifiesto en mi ser, cuando me siento feliz de poder estar expresándome y me siento más feliz cuando este trabajo que hago es reconocido por el otro. Eso es el amor. Todo lo demás es romanticismo. El amor es reconocimiento, pero el reconocimiento del otro. Reconocerle la labor que está haciendo, lo bueno que está haciendo para mí en este mundo. Eso se paga. No se dice gracias. Mientras vivamos en el capitalismo se paga con dinero. Es el modo que tenemos de hacerlo porque también han instalado en la cabeza de la gente que es vergonzoso pedir dinero, es vergonzoso hacer trabajo por dinero y nos dicen: “que, lo único que te importa es la plata? Luego, así tenemos, un montón de personas humilladas por ir a pedir, por favor, que le paguen lo justo, apenas un poco más de lo que se les paga, porque no pueden llegar hasta el lugar del trabajo.

 

No caigamos en la trampa de que pedir dinero como modo de reconocimiento es algo malo. En este sistema es el modo de intercambio; entonces el reconocimiento y el amor por el otro, socialmente hablando, es un pago justo. Ese es el modo de reconocimiento en las relaciones de producción, no dar las gracias solamente. En el diálogo social hay desacuerdo, porque hay diálogo cuando hay conflicto. El diálogo social supone el conflicto, de lo contrario no necesitaríamos diálogo social, bastaría con la alabanza. Ese conflicto, el que genera estas situaciones desiguales y se pone de manifiesto en un diálogo, se transforma en una palabra pública reconocida por el Estado, a la que se llega en forma de acuerdo. Ese acuerdo se plasma en una ley. -en la Argentina lo sabemos muy bien porque tenemos reconocido por el derecho laboral el Convenio Colectivo de Trabajo. El diálogo social no es hablar simpáticamente con mis empleados y escucharles sus problemas personales. Se trata de dos partes que no solo están en desacuerdo, sino que están en desigualdad de condiciones por eso hay un conflicto. Se sientan en una mesa a buscar una palabra de acuerdo y esa palabra de acuerdo tiene el reconocimiento del Estado bajo la forma de ley. La ley es lo único que puede garantizar el diálogo social, es lo único que puede garantizar el desequilibrio entre partes que son desiguales.

 

Lo que no se puede negar tampoco es el conflicto, porque si lo negamos nunca vamos a poder llegar a establecer la palabra, el acuerdo. El diálogo social supone reconocer la desigualdad y el conflicto. Entonces el trabajo no es solamente aquel que se hace en condiciones de explotación. Lamentablemente, los seres humanos terminamos trabajando en esas condiciones, pero hay que reivindicar la figura del trabajo, porque quien no trabaja -como decía alguien anterior al marxismo que eran Adam Smith-, quien no trabaja está viviendo del trabajo de otro. Entonces hay que volver a instalar la dignidad del trabajo.

 

La gente se avergüenza de decir que trabaja, le da vergüenza decir que viene de una familia de trabajadores. El trabajo se convirtió en algo humillante y hay que volver a reinstalar el valor y la dignidad del trabajo; hay que hablar de lo vergonzoso que es no trabajar y vivir del trabajo de otros. Esto parecen cosas muy simples pero es importante instalarlas en los ambientes en los que nos movemos. Todo este caos que se está produciendo socialmente en Latinoamérica tiene que ver, como dice Thomas Piketty, con un sistema impersonal que logró estos mecanismos de acumulación de la renta; dejó, no ya fuera del trabajo, sino también fuera del empleo aún en condiciones de explotación, a 300 millones de personas en el mundo. Esa es la causa real de esta situación de violencia que vivimos hoy en las calles latinoamericanas. La causa sigue siendo un sistema económico que mata, como dice el Papa; un sistema económico que ha llegado a niveles tales que ha provocado tanto aislamiento entre la gente que hace imposible la organización política.

 

Me parece que es necesario desinstalar que la causa de estos enfrentamientos -que hoy parecería estar llevando a guerras civiles y esperemos que no sea así-, no son problemas de religión. La religión es un enmascaramiento de problemas económicos y sociales reales, como lo era antes de la revolución industrial. Estamos volviendo a esos momentos. Estamos entrando en una etapa post-secular de la política.

 

Es importante recalcar que este sistema es impersonal para entender el problema de la dignidad del trabajo. Porque dentro del sistema uno tiene la fantasía -y nos gustaría que así fuese-, de que hay responsables, que hay diez, veinte, treinta, cien personas responsables. Sin embargo, la última cabeza se cortó en la revolución francesa. Hoy, ¿a quién iríamos a decapitar? Este sistema que se llama capitalismo neoliberal es un sistema de relaciones despersonalizantes que pretende ocupar el lugar de un Dios y, como todo dios falso, es decir impersonal, organizó el caos a su imagen y semejanza que despersonaliza, indigna. Como el sistema no es una persona, lo que genera son seres humanos despersonalizados y pueblos divididos. Esto es importante entenderlo.

Cuando el responsable es una persona es fácil; yo me puedo sentar a hablar, dialogar, cortarle la cabeza, pero no estamos frente a una persona, estamos frente a un sistema sin centro. En África hace un par de meses hubo una catástrofe en una fábrica de producción de ropa en la que murieron mujeres por un desperfecto eléctrico que se hubiese arreglado con unos pocos dólares.  Cualquiera de nosotros pudo haber pagado eso. Sin embargo, nadie lo hizo porque había que pedir una autorización a todo un sistema de administración económico de una empresa. Eso impidió que llegaran unos pocos dólares, lo que hubiese evitado la muerte de todas esas mujeres. La división del trabajo no es un dato menor, es la división que impide la unidad de un pueblo. Esta división del trabajo es división de responsabilidades.

 

¿Por dónde empezamos? ¿Haciendo caridad? Por ejemplo: cada uno de nosotros, al salir ahora de acá, le damos una limosna a toda la gente que acabo de ver durmiendo en la calle, acá a pocos metros, frente a la Plaza de Mayo. Es importante entender que estamos en un sistema, como dice el Papa, que mata, que es un sistema despersonalizado al cual no podemos atacar. Y entonces, ¿qué hacemos?¿Ponemos presos a todos? ¿Por dónde empezamos? El Papa dice que la solución viene de abajo y esto hace mucho ruido.

 

Una de las intervenciones más importantes del Papa en términos políticos fue el discurso que dio en Santa Cruz de la Sierra donde él va a preguntarle a esa gente que está absolutamente excluida del sistema, pero no de la vida, no de la cultura, y no del saber. Están excluidos de este mundo simbólico que armamos, pero tienen su propio saber, su propia comprensión, sus propias necesidades y sus propios anhelos. A esa gente el Papa le fue a preguntar “¿qué hacer?”,  pregunta importante en la política. Ahora, cuando este Papa llega a Europa y dice la solución viene de los de abajo, esto es muy duro, muy difícil de entender porque todos nosotros que estamos incluidos y estamos en el lugar del saber, cómo le vamos a preguntar qué hacer a una persona que ni siquiera puede entrar en este mundo simbólico. Está afuera justamente porque no supo cómo entrar, no conoció los mecanismos de cómo opera el sistema para poder colgarse de algún lado. ¿Cómo esa persona que no pudo entrar a este sistema me va a decir qué hacer?

 

Según el Papa Francis, como ese cuerpo justamente no pudo entrar a este sistema, ahí todavía tenemos un nicho virgen que está luchando por la vida y al cual deberíamos escuchar. Pero no solamente eso; empezar por los de abajo implica entender que los grandes cambios en la historia de la humanidad siempre vienen de abajo. La república romana nace así, de un reclamo, una huelga que hacen por la concentración de los granos y obligan al senado a nombrar un tribuno y empezar a encontrar algún acuerdo. Los cambios, los derechos sociales, las ocho horas de trabajo, la educación pública, siempre vinieron desde abajo. Los de abajo son los que empiezan a manifestarse. La manifestación es la epifanía, es el aparecer de la persona. Eso es la dignidad; es cuando la persona aparece, está y habla en el lenguaje que le dejan, que no es el lenguaje de la palabra -porque la palabra pública está prohibida para esos sectores. Es el lenguaje de las manifestaciones públicas, del ruido en la calle, del bombo, de la corneta o tristemente de estos enfrentamientos como se veía hoy en las imágenes de Bolivia, gente corriendo del Alto al Bajo con unos palos en la mano. Se van a enfrentar a armas de fuego, no a cualquier cosa. Eso es una manifestación.

 

Por eso, la pregunta desde la Teología del Pueblo, no es ¿qué es el pueblo? sino ¿dónde está el pueblo?  Y el pueblo está hoy en todos aquellos que son excluidos de un sistema. Por eso no hablamos más de izquierda y derecha. Este pueblo está sufriendo, está en las calles, alguien los está organizando o los pretende organizar a partir de un período post secular diciéndole que está luchando por religiones, por verdades religiosas y no es verdad. Entonces, cuando el Papa dice que el cambio empieza por abajo, significa que los de abajo con sus luchas y con sus modos de hablar -que no es el de la palabra, sino otros modos como el arte o u otras formas de manifestación-, son los que van a presionar para que estos cambios ocurran. Esto es a través de la organización política, y en eso el trabajo es clave, porque el trabajo no solamente me da la posibilidad de ganar el pan para sobrevivir. El trabajo es mucho más que eso. El trabajo no es solamente un medio para sobrevivir hasta el día siguiente; el trabajo es lo que hace que yo esté en contacto con otros todos los días, que tenga un horario para salir de mi casa, que me den ganas de cambiarme, de peinarme, de vestirme, que haga amigos, que consiga mi pareja, que haga deportes, que participe en debates de política, de cine o de música, que arme una banda de música entre los chicos, que participe en obras de teatro. Eso hace el trabajo.

 

El trabajo me permite estar en contacto con otros. Si no tenemos trabajo, no hay forma de organizar a la gente. Entonces me parece que es muy importante desinstalar esta idea de que el trabajo solamente es explotación. El trabajo es el único camino a la dignidad. Hay que desinstalar la idea de que todo lo corrupto, o lo que no me gusta, es populismo. Populismo es algo más importante. Es toda esta gente que está excluida y se está articulando, que está saliendo a la calle, pero está desorientada. Necesita organización, pero que ninguno de nosotros vaya a decirle qué hacer. Como dice el Papa, ellos mismos son los que tienen que encontrar la salida. Pero ante lo que sí tenemos que estar atentos es a que no se convierta en una guerra religiosa,  en una guerra de creencias, porque no es verdad. De esa manera seguimos invisibilizando las verdaderas causas, como señalan, no solamente Laudato si, sino autores que ni siquiera tienen que ver con el credo católico.

 

Me gustaría entonces cerrar con un tema y abrir a las preguntas. Un filósofo que se llama Kant hablaba de los tres trascendentales: lo bueno, lo bello y lo verdadero. Lo bueno, lo bello y lo verdadero van de la mano. Nosotros estamos cada día más bombardeados por ver fealdad en todo aquello que no ha sido incluido en el sistema. Los vemos feos, y como los vemos feos no los vemos buenos. Entonces los criminalizamos. Y como no los vemos ni buenos, ni lindos, tampoco les creemos. Entonces rompemos toda posibilidad de abrir un diálogo social. ¿Cómo empezar a cambiar esta imagen? La estética tiene mucho que ver. ¿Cómo empezar a ver la belleza donde nos dicen que sólo hay fealdad? El lenguaje del arte es muy importante, porque está por fuera de esta palabra hegemónica mediática. Es un lenguaje que me puede mostrar la belleza donde hasta el día de hoy sólo veo feo. Y solamente cuando yo perciba que ahí donde todo es feo hay belleza, entonces voy a verla como buena, y voy a verla como verdadera, y voy a empezar a escucharla.

 

Es muy importante, para todos aquellos que trabajamos con esta gente que ha sido excluida, visibilizar que ellos no solamente provienen de los sectores bajos, sino también de los sectores medios. Eso es muy importante tenerlo en cuenta. Cómo encontrar modos de generar un diálogo y de hablar con ellos. Me parece que el lenguaje de la estética es muy importante, porque es un lenguaje frente al cual todavía no se han levantado defensas mediáticas. Cualquier otra palabra que utilicemos ya tiene otra palabra que la invalida: política igual a corrupto; sindicato igual a corrupto; pobre igual a criminal, ladrón, etc. Pero el lenguaje del arte, todavía, no generó esas barreras y me parece que es un lenguaje con el cual, por ahora, podemos comunicarnos entre los que estamos adentro y los que están afuera. Y creo que es una apuesta para generar estos espacios de diálogo. Gracias.

Comentario(1)

  1. Mariel dice

    Me encanta la claridad con la que habla.
    Las realidades que vivimos y no vemos son muchas. Una gran perspectiva y punto de vista. Hermoso

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